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Dulce cabildeo

PORTALES TERRESTRES USADOS POR EXTRATERRESTRES.
El mito de Osiris
EXTERMINAN EN SILENCIO A LA MAYOR NACIÓN INDÍGENA DE COLOMBIA

es.sott.net/image/s10/211251/large/SugarPoison.jpg” width=”616″ height=”390″ border=”0″> Cada año se producen unas 160 millones de toneladas de azúcar por un valor de 51.000 millones de euros, según la FAO. La producción aumentará hasta las 207 millones de toneladas a pesar de los estudios que asocian su consumo con distintas enfermedades relacionadas con la el sobrepeso. En Amarga Dulzura, las periodistas Laura Villadiego y Nazaret Castro atribuyen este aumento al llamado lobby del azúcar. Los representantes políticos tanto en el plano nacional como en el internacional han cedido a la presión política de los productores de azúcar y de la industria alimenticia. Hace diez años, la OMS publicaba un informe preliminar que recomendaba limitar la ingesta total de azúcares. Pero la industria del azúcar encabezó una campaña, apoyada por el Secretario de Salud, para difamar a la OMS y cuestionar la veracidad de los datos arrojados. La presión consiguió que Estados Unidos redujera sus aportaciones a Naciones Unidas. The Sugar Association aportó otros estudios que elevaban la ingesta de azúcar recomendada al 25% del total de las calorías. Hace un año, la OMS volvía a la carga con unos nuevos “Principios rectores para el consumo de azúcar”, además de definir la obesidad como pandemia global. Una vez más, recomendaba que la ingesta de azúcar no superara el 10% del total de energía consumida a diario, aunque incluso recomienda mantenerla debajo del 5%. La industria del azúcar no se da por vencida y contraataca. En su página web, The Sugar Association acusa a la OMS de falta de objetividad y transparencia. Ceñirse a las recomendaciones de la OMS resulta cada vez más difícil con modelos alimenticios que se basan en el consumo de azúcares. No se trata sólo de los refrescos, bollería, chocolates y alimentos azucarados. También abundan los llamados azúcares invisibles que se añaden a productos salados como las pastas congeladas, salsas como el ketchup y la mayonesa, hojaldres y otros productos que, juntos, alcanzan hasta el 80% de nuestra ingesta calórica total. El ajetreo de la vida en la ciudad fomenta la comida rápida, tanto en locales baratos con pocos controles sanitarios como en la compra de productos que sólo hace falta colocar un par de minutos en el microondas. Por otro lado, la etiquetación ininteligible de los productos del supermercado provocan que hasta personas con algo de conocimientos pasen por alto que sustancias como la dextrosa, el dextrano o el jugo de caña evaporado son azúcares. En 2010, el Parlamento Europeo rechazó una propuesta que buscaba simplificar las etiquetas con un código tricolor, de forma que cualquiera pudiera detectar con una simple ojeada el nivel de azúcares de los alimentos de la cesta. Varios eurodiputados reconocieron haber recibido fuertes presiones de la industria alimentaria e incluso instrucciones para votar de determinada manera, como denuncian en La Marea Laura Villadiego y Nazaret Castro. Esa presión es aún mayor en Estados Unidos, uno de los epicentros mundiales de la industria alimenticia y de distribución. Entre 2007 y 2008, el lobby azucarero aumentó su presupuesto para presionar a congresistas y a otros políticos de 4,5 millones de dólares a 8 millones. La publicidad todavía juega un papel fundamental en los hábitos alimenticios. Distintas marcas realizan campañas agresivas para enganchar a los niños, uno de los “nichos” de publicidad más jugosos en el panorama de consumo actual. Cereales que favorecen el crecimiento, bebidas azucaradas con calcio para fortalecer los huesos, niños felices que no se cansan y que juegan distintos deportes… En la realidad, se trata muchas veces de alimentos hipercalóricos que, combinados con el sedentarismo, provocan que España y México tengan dos de las tasas más altas de obesidad infantil en el mundo. Eso se traduce en diabetes tempranas, en obesidad y en un alto riesgo de desarrollar más adelante enfermedades coronarias, de los huesos, además de las secuelas psicológicas que constituye ser “el gordo” o “la gorda” de la clase. Si somos lo que comemos, la salud de miles de millones de personas está en manos de las cada vez más poderosos cadenas de producción y de distribución de alimentos. De ahí la necesidad de contrarrestar esos peligrosos lobbies con campañas para informar a las personas de los peligros que corre su vida.

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