La Maldición Del Reloj De Güigüe

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El antiguo reloj del pueblo de Güigüe, no lejos del Lago de Valencia, municipio Carlos Arvelo del estado Carabobo, se alza misterioso en la acera frente a la casa parroquial de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, llevando en su cima su penacho metálico que incluye un termómetro, un barómetro y una veleta. Algunos dicen que como las pirámides, no le teme al tiempo, pues él mismo es como Saturno, el dios romano del tiempo humano .
Cuentan que el general Antonio Guzmán Blanco encargó el reloj en Europa para llevarle el tiempo de trabajo a sus peones que recogían café en las haciendas sureñas de Copetón, Santa Efigenia y Las Palmas. Posteriormente, Juan Vicente Gómez lo hizo trasladar a la hacienda El Trompillo, una de las tantas posesiones de Gómez y de Don Antonio Pimentel.
Al morir el llamado benemérito, el reloj fue nuevamente movido y llevado a la Plaza Ávila de Güigüe, pero ya su mecanismo no funcionaba. Muchos relojeros intentaron repararlo, pero no había forma ni manera; era como si el artefacto se negara a marcar el tiempo y se lo cortaba a quien intentara hacerlo echar andar.
Obsesionado por la historia del reloj maldito
Todas esas historias que se tejían alrededor del misterioso aparato entre finales del siglo XIX e inicios del XX, obsesionaron a un exitoso relojero suizo de nombre Crónida Piaget, de 47 años, quien a comienzos de enero de 2013, comenzó a realizar viajes al pueblo de Güigüe para observar, analizar y tratar de arrancarle los secretos al reloj, pues supuestamente tenía en mente, hacer una solicitud al ayuntamiento para repararlo con sus propias manos.
Crónida, hombre de negocios, vivía solo en Caracas, puesto que sus hijos y su mujer, quienes vivían en Berna, no habían querido acompañarle en su loco viaje a Sudamérica, así que abandonó el país de los Alpes y los cucús y aterrizó en Maiquetía.
Cuentan algunas personas que Crónida, quien estaba hospedado en un hotel de Valencia, estado Carabobo, prefería visitar el reloj en horas de la tarde-noche, cuando las tinieblas empezaban a apoderarse de la tierra. Algunas veces pasaba horas y horas observando el monolítico reloj, con sus cuatro caras circulares, cuyos fondo blanco mostraba sus romanos números como si fueran Jano (el dios romano de los comienzos y los finales), pero con cuatro rostros, en vez de dos.
Crónida, quien hablaba un fluido español, leía una y otra vez hasta que le ardían los ojos, las dos placas que rezaban: Hacienda El Trompillo, General J.V. Gómez y El Trompillo, altura sobre el nivel del mar 472 metros, distancia a Maracay 58Kms .
Crónida trataba de buscar en esa lectura un indicio, una pista o una prueba de algo que le condujera a resolver la causa por las que aquel reloj asesinaba a quien quería arreglarlo. Debía hacerlo si pretendía él mismo entrarle para hacerlo echar a andar después de tantos años.
Era como si Crónida estuviera enamorando al reloj. Este relojero del siglo XXI, tenía recopiladas historias que decían que luego que el reloj fue trasladado donde se encontraba ahora, fue reparado y que esa persona murió a los pocos días de manera inexplicable, pues aparentemente gozaba de buena salud. Era la primera víctima de la supuesta maldición del reloj de Güigüe, cuyo nombre se perdió en la bruma de los tiempos.
Posteriormente, un italiano de nombre Salvatore Consoli, pudo arreglarlo y se quedó en Güigüe como operador del reloj. Un día, a inicios de los años 40 en plena Segunda Guerra Mundial, el italiano se empeñó en regresar a su tierra natal, pero según cuentan, fue asesinado no más poner pie en su tierra natal durante un bombardeo aliado al sur de su país.
Güigüe y el croar de las ranas
Las noches del primer trimestre del año 2013 en que el señor Crónida visitaba el reloj casi a diario, le llegaban ecos lejanos, como voces de gentes ya muertas en aquellas antiguas tierras. Voces tan legendarias como el croar de las ranas, una onomatopeya más o menos así: Uí, ué, uí, ué mismas que supuestamente fueron escuchadas por los españoles e interpretada como Güígüé, que finalmente se convertiría en el nombre del pueblo de Güigüe.
La leyenda decía que después de la muerte del italiano, un señor de nombre Andrés Mijares, a quien todos llamaban Chipia , quiso mantenerlo en funcionamiento en memoria del italiano que era su amigo y para beneficio del pueblo. Desgraciadamente, las manillas del reloj solo avanzaron por espacio de 24 horas, y al final, marcó la hora de la muerte del mismo Chipia Mijares.
El caso más reciente fue el de un señor de nombre Juan Lorenzo que desestimó la maldición y arregló el reloj. Su vida duró poco tiempo; murió en Valencia a los pocos días a la hora en que el reloj dejó de funcionar nuevamente.
Crónida conocía todas esas historias y parecía que todas las noches que iba a Güigüe, las hablaba con el artefacto, como pidiéndole explicaciones o permiso para que dejara que él lo reparara. Sabía ciertamente que el último trabajo que se le hizo fue en 2001, cuando fue remozado (pero sin tocar su mecanismo ni intentar echarlo a andar) y trasladarlo desde el frente de la iglesia hasta la acera frente a la casa parroquial.
El obsesionado relojero no quería ser uno más de la lista de víctimas del reloj, pero por eso quería desentrañar su misterio antes de ofrecerse para repararlo. Crónida también se había enterado que la maldición fue supuestamente echada por el mismo Juan Vicente Gómez, quien sabiendo que la hacienda El Trompillo sería desmantelada, maldijo el reloj antes de morir y éste se paró justo a la hora de su deceso.
El reloj marcó la hora de su muerte
El suizo no estaba muy convencido de la maldición, pero sabía que algo había de extraño en todo eso. Analizó la situación científicamente y llegó a la conclusión de que el mecanismo del reloj tenía un material tóxico en su interior que fue usado al momento de ser construido por los antiguos relojeros europeos del siglo XIX. Llegó a la conclusión de que sería necesario desmantelarlo y analizar todos sus componentes. Dudaba que la municipalidad se lo permitiera, pero valía la pena solicitar el permiso de arreglar definitivamente el reloj y acabar con la maldición.
Justamente el día en que pensaba dirigirse a la alcaldía para hacer la solicitud formal como maestro relojero que era, llegó una llamada telefónica urgente de Berna: su esposa estaba muy enferma y debía regresar de inmediato. Crónida se fue a Caracas sin siquiera tocar el reloj, pero se marchó muy contento. Luego de arreglar sus asuntos familiares, volvería e intentaría lo que a todos aterrorizaba: ¡Arreglar el reloj de Güigüe para siempre!
Por alguna razón desconocida, antes de ir a Suiza con su familia, Crónida tomó en Maiquetía un avión hasta Madrid, España. La Guardia Civil reportó que a las 03:01p.m. (justo a la hora que marcaba el reloj del lejano pueblo de Güigüe en la lejana Venezuela), consiguieron el cadáver del ciudadano suizo Crónida Piaget, tirado en la cama de su habitación de hotel.
El departamento de patología forense de Madrid, dijo que la muerte fue de carácter natural. El cadáver fue repatriado a Suiza donde Crónida fue sepultado en el cementerio de Weggis, cantón de Luzerna, llevándose con él a su tumba la escalofriante historia de cómo el reloj de Güigüe lo persiguió hasta el viejo continente para finalmente asesinarlo en la misma tierra europea donde supuestamente construyeron el enigmático aparato artesanos cuyos nombres también se perdieron en la noche de los tiempos

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