Las infecciones y el contagio milagroso por Andreas Moritz

Las infecciones y el contagio milagroso por Andreas Moritz

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La siguiente frase resume el mito de la infección: “Afirmar que las bacterias y los virus son la causa de toda enfermedad sería tanto como decir que las moscas producen toda la basura». Lo cierto es que los microbios ayudan realmente a curar la enfermedad, o al menos a evitar que se agrave. La infección … Sigue leyendo Las infecciones y el contagio milagroso por Andreas Moritz

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La siguiente frase resume el mito de la infección: “Afirmar que las bacterias y los virus son la causa de toda enfermedad sería tanto como decir que las moscas producen toda la basura».

Lo cierto es que los microbios ayudan realmente a curar la enfermedad, o al menos a evitar que se agrave. La infección representa uno de los procesos de autodefensa más extraordinarios del cuerpo. Durante esta misión de rescate, el sistema inmunológico lucha contra las bacterias o virus invasores, “invitados» por la condición de anfitrión que tiene un cuerpo debilitado y por la presencia de materiales de desecho nocivos. Este combate del sistema inmunológico por medio de una infección es fundamental para restablecer las funciones del organismo. Aunque estos dos fenómenos parezcan contradictorios, no lo son. Ambos son necesarios para que se produzca la curación.

Los gérmenes descomponen las células debilitadas, dañadas o muertas y los detritos que el cuerpo congestionado ya no es capaz de eliminar, y el sistema inmunológico hace frente a las toxinas que producen esos gérmenes mientras hacen su tarea. El sistema inmune es, asimismo, imprescindible para mantener controlada la actividad de los gérmenes y para eliminar esos microbios cuando ya no va a necesitarlos más.

Los médicos suelen combatir las infecciones bacterianas con antibióticos químicos. Creen que las bacterias implicadas en una infección son dañinas, pero este punto de vista es parcial y potencialmente peligroso. Los gérmenes están al “acecho» de que aparezca un órgano debilitado o partes del cuerpo lesionadas cuando se han desbordado los sistemas de autodepuración y de salud del cuerpo.

Las bacterias infecciosas o los virus evitan de modo natural las zonas limpias y saludables, pues son lugares donde no pueden prosperar. Por esta razón, los gérmenes por sí solos no pueden ser responsables de una dolencia. Esta sencilla verdad se confirma por el hecho de que si cien personas se exponen al mismo virus del resfriado o de la gripe, por ejemplo, sólo una parte de ellas enferma. La investigación medica actual nunca ha puesto de relieve ni tratado de entender que hace que una persona sea inmune a determinado virus y otra no. De otro modo, todos sabríamos desde hace mucho tiempo cómo mantenernos sanos o cómo recuperarnos cuando estamos enfermos.

La teoría del origen microbiano de las enfermedades en que se basa el moderno sistema médico fue postulada por el químico francés Louis Pasteur a finales del siglo xix. Si bien en su lecho de muerte Pasteur admitió que su teoría era errónea, ya todo el mundo la había aceptado y había empezado a perpetuarse el mito. Finalmente, Pasteur se dio cuenta de que los microbios no pueden causar una infección sin que exista una razón subyacente. Reconoció que es más bien el entorno o medio celular el que determina los tipos y la cantidad de gérmenes que se adherirán a las células de la materia orgánica. Esto fue lo que Antoine Beauchamp, coetáneo de Pasteur, descubrió y propagó mucho antes de que este último llegara a la misma conclusión al final de su vida. Beauchamp pensó que la ecología de la sangre y de los tejidos desempeñaba un papel decisivo a la hora de determinar si la enfermedad llegaba a manifestarse o no.

En 1883, Beauchamp declaró sin rodeos: “La causa primordial de una enfermedad está en nosotros, siempre está en nosotros». Iodos estamos expuestos a los microbios durante las 24 horas del día, a lo largo de toda la vida, De hecho, tenemos en nuestro cuerpo más microorganismos que células.

Muchos dependen del oxígeno, y otros no. Básicamente, algunos microorganismos nos ayudan a digerir los alimentos y a elaborar sustancias importantes como la vitamina B12, mientras que otros ayudan a descomponer los desechos, como la materia fecal. Sin ellos nos quedaríamos “ahogados” en una balsa de detritos. Naturalmente, para sobrevivir necesitamos ambos tipos de microorganismos, y nuestro cuerpo los produce. El trabajo de Beauchamp demostró que si el equilibrio ácido-alcalino (pH) del cuerpo tiende a la acidez, el organismo produce más “alimento» para los microorganismos destructivos, y el riesgo de enfermar aumenta.

En estos experimentos, Beauchamp probó la existencia de pLeomorfismo, microbios primitivos que existen en las células y en la sangre de todos los individuos. Pueden cambiar de forma y aparecer como gérmenes diferentes. De ahí que los microbios primitivos inocuos vivan en un pH alcalino sano y fuerte, pero se transformen en bacterias cuando el pH deviene ligeramente ácido. Estas bacterias, a su vez, se transforman en hongos cuando el pH aumenta hasta un grado medio de acidez. Finalmente, los hongos se transforman en virus cuando se exponen a un pH muy ácido. El pH del cuerpo cambia de alcalino a ácido cuando los residuos ácidos del metabolismo, las células muertas, las proteínas sanguíneas y las toxinas quedan atrapadas y se acumulan en los fluidos y tejidos del cuerpo. El resultado de una crisis de toxicidad no es otra cosa que el intento del cuerpo de volver a un estado más alcalino.

La infección es uno de los medios más efectivos del cuerpo para superar un proceso tóxico, a menos que el sistema inmunológico esté ya tan deteriorado que no tenga remedio, como ocurría a menudo en la Edad Media, cuando la peste mataba a millones de personas mal alimentadas e inmunodeficientes. Los microbios se descontrolan cuando el nivel de toxicidad del cuerpo es extremadamente alto. En este caso, una intervención urgente estaría justificada, pero el tratamiento debería ir acompañado de un proceso de depuración de toxinas y desechos. Eliminar una infección con fármacos puede tener graves consecuencias, que a veces se manifiestan años después en forma de ataques cardíacos, reumatismo, diabetes o cáncer. Esto también es aplicable a los analgésicos, el medicamento más utilizado hoy día en el mundo.

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