Alienígenas en la cultura Egipcia, Inca y Azteca. Las evidencias aquí.


En un universo conocido con trillones de estrellas, literalmente, las posibilidades de que exista un planeta con condiciones similares a las de la Tierra capaces de albergar vida son más que altas. Sin embargo, el hecho de que la vida tal y como la conocemos se haya desarrollado en otros lugares, no quiere decir que esta sea inteligente (tampoco que en el nuestro la haya), pero yo soy de los que cree que no somos los únicos en el universo. Ahora bien, que una de esas razas extraterrestres nos haya visitado, como afirman muchas personas, es algo más difícil de comprobar. Dicho esto, algunos de ellos dicen haber encontrado la evidencia de visitas alienígenasa culturas de la antigüedad en objetos artísticos y religiosos, además de afirmar que muchas de las grandes construcciones de estos pueblos milenarios no pudieron haber sido levantados sin la ayuda de una civilización superior. Revisemos los hechos y las creencias.


Los Griegos.



Probablemente los primeros en hablar de entes fuera de este mundo fueron los antiguos griegos. El filósofo Anaxágoras, maestro del político Pericles y del dramaturgo Eurípides, sugirió que la vida se inició con “semillas” repartidas por todo el universo. La idea no está tan alejada de algunas de las teorías actuales que proponen la llegada de la vida a la Tierra desde el espacio, nada fantasioso si consideramos que toda la materia contenida en nuestro planeta algún día llegó de otros rincones del universo. Anaxarco, alumno de Diógenes y amigo de Alejandro Magno, creía que el número de mundos era infinito y, Epicuro, creador del atomismo, pensaba que había vida en muchos planetas en la inmensidad del universo. No obstante, a ninguno de estos personajes se le ocurrió decir que los extraterrestres nos habían visitado.

Edad Contemporánea.


Dando un salto de dos milenios, al siglo XIX, nos encontramos con Helena Blavatsky, una “clarividente” de origen alemán, nacida en Ucrania, que junto con el Coronel H.S. Olcott fundó en 1875 la Sociedad Teosófica, una doctrina mitad religiosa, mitad mística cuyos seguidores creen estar iluminadas por la divinidad. Blavatsky, en su libro La Doctrina Secreta, que mencionaba a las especulaciones de los griegos sobre la vida en el espacio, añadía la idea de que seres de otros mundos habían contribuido a la aparición de la vida en la Tierra y que aún tienen cierta influencia o control sobre nosotros. En un párrafo de su libro explica:

“La primera raza de hombres fue, simplemente las imágenes, los dobles astrales de sus padres, quienes fueron los pioneros de los Entes más desarrollados desde una esfera precedente, aunque más baja, cuyo cascarón es ahora nuestra Luna. Pero aún este cascarón es poderoso, por haber generado la Tierra, es el fantasma de la Luna que, atraída por afinidad magnética, buscó crear sus primeros habitantes, los monstruos pre-humanos.”


Posteriormente, un discípulo de Blavtsky, W.Scott Elliot, propuso en su libro La Lemuria Perdida que, en realidad, nuestros antepasados, habiendo alcanzado un grado de desarrollo “divino”, vinieron desde Venus para regalarnos el trigo y el fuego, y enseñarnos “las artes de la civilización”. No me lo estoy inventando, y hay gente que aún cree en ello.


A principios del siglo XX las ideas de Blavatsky y Elliot gozaban de mucha popularidad. En la localidad de Providence, Rhode Island, Estados Unidos, el hijo de una familia aristócrata venida a menos descubrió su placer por el terror y la ficción a través de los cuentos góticos que su abuelo le contaba y las novelas de Edgar Allan Poe. H.P. Lovecraft también leyó La Lemuria Perdida de Elliot y el Libro de los Malditos, de Charles Fort, ambos sobre el origen extraterrestre de la vida en la Tierra. Dichas influencias son
innegables en la obra del propio Lovecraft, La Llamada de Cthulhu, donde un gigantesco ser parte humano, parte dragón y parte pulpo es una divinidad llegada “al joven mundo desde el firmamento”. La extensa lista de cuentos y novelas de Lovecraft, desafortunadamente, no tuvo tanto éxito en vida del autor, que murió joven y pobre, pero su legado reviviría en el periodo de la posguerra cuando la ciencia ficción gozó de su época de gloria. Justo cuando ciudadanos de buena parte del mundo comenzaron a ver Objetos Voladores No Identificados y, a pesar de que nunca se ha podido comprobar la autenticidad de ninguno de los supuestos avistamientos, la creencia en seres extraterrestres hizo mella en el imaginario popular.

Regreso a las Estrellas.


Entra escena Erich von Däniken. En 1968, este suizo trabajador de hostelería con un largo historial de fraude y falsificación de documentos, publicó en el periódico Der Nordwesten un artículo titulado ¿Nuestros antepasados fueron visitados desde el espacio exterior? En él, Däniken sugería que la explicación a ciertas dudas y lagunas en la arqueología, venía de la mano de civilizaciones extraterrestres.

Uno de sus muy notables argumentos esgrimía que algunas piezas arqueológicas, especialmente en América, representaban a visitantes del espacio, a quienes también atribuía la construcción de algunas de las grandes obras de la antigüedad. Un buen ejemplo de sus hipótesis la encontramos en una serie de objetos preincaicos de oro, que para los expertos no son más que representaciones artísticas de insectos, pero que para Däniken son artilugios de naves espaciales como asientos de piloto y estabilizadores.


Otra célebre referencia es la del sarcófago del rey maya k’inich janaab’ pakal, encontrado en la Zona Arqueológica de Palenque, México, en 1952. En la lápida de la tumba, Däniken, y otros, creen ver la representación de un astronauta con la mano en los controles de una nave espacial propulsada por cohetes. La realidad es que el gesto de la mano es un saludo tradicional maya, repetido en otras figuras; los cohetes son dos serpientes cuyas cabezas se unen en la parte baja y cuyas barbas serían las “llamas”. El supuesto motor no es más que la representación de la cara de un ser monstruoso. Eso sí, como en las nubes, cada quien ve lo que quiere ver. Cabe decir que el mismo von Däniken ha confesado haberse inventado algunas de las “pruebas” que presenta en sus numerosos libros, “para crear más interés”, lo que no ha evitado que sea un autor de gran éxito que le ha permitido abrir un parte temático en Suiza.


También Däniken se ha referido a la construcción de las pirámides de Egipto, la única de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo aún en pie. Según él, los habitantes de aquella civilización no contaban con los conocimientos astronómicos para alinear sus pirámides con las estrellas, y mucho menos para mover los enormes bloques de piedra que las componen. Däniken simplemente, y sin pruebas, atribuye su construcción a seres extraterrestres con tecnologías más avanzadas ya que, según él nuevamente, la arqueología no ha podido demostrar lo contrario. Pero Däniken, aparte de menospreciar las civilizaciones antiguas, se equivoca una vez más. Es verdad que en un principio la construcción de las pirámides puso a prueba el raciocinio de los arqueólogos, pero en las últimas décadas se han hecho descubrimientos que aclaran el presunto misterio de su construcción, como lo son restos de grúas mecánicas, de los trineos con los que probablemente se trasladaron los bloques y de las pistas sobre las que estos se movían.


El problema de Däniken y de sus defensores es que intentan explicar lo que ellos no entienden con teorías que no pasan de eso. Lo único cierto es que nunca se ha encontrado ninguna herramienta o máquina extraterrestre en las zonas que habitaron las civilizaciones antiguas; nunca se ha encontrado un escrito arcaico que describa ni a los alienígenas ni a sus supuestas tecnologías. Todo se basa en especulaciones, en conjeturas sin base científica, en la manipulación de extractos. No niego que haya vida en otros planetas, ni lo niegan los científicos, pero no hay evidencia alguna de que hayan visitado la Tierra, ni ahora ni en el pasado, y mucho menos de que hayan ayudado a construir nuestra civilización. Desgraciadamente, siempre habrá aquellos que quieran aprovecharse de la falta de conocimientos de muchos para enriquecerse, postulando teorías fantasiosas apoyadas por extrapolaciones. La ignorancia es muy atrevida, y la credulidad muy rentable.

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En un universo conocido con trillones de estrellas, literalmente, las posibilidades de que exista un planeta con condiciones similares a las de la Tierra capaces de albergar vida son más que altas. Sin embargo, el hecho de que la vida tal y como la conocemos se haya desarrollado en otros lugares, no quiere decir que esta sea inteligente (tampoco que en el nuestro la haya), pero yo soy de los que cree que no somos los únicos en el universo. Ahora bien, que una de esas razas extraterrestres nos haya visitado, como afirman muchas personas, es algo más difícil de comprobar. Dicho esto, algunos de ellos dicen haber encontrado la evidencia de visitas alienígenasa culturas de la antigüedad en objetos artísticos y religiosos, además de afirmar que muchas de las grandes construcciones de estos pueblos milenarios no pudieron haber sido levantados sin la ayuda de una civilización superior. Revisemos los hechos y las creencias.

Los Griegos.

Probablemente los primeros en hablar de entes fuera de este mundo fueron los antiguos griegos. El filósofo Anaxágoras, maestro del político Pericles y del dramaturgo Eurípides, sugirió que la vida se inició con “semillas” repartidas por todo el universo. La idea no está tan alejada de algunas de las teorías actuales que proponen la llegada de la vida a la Tierra desde el espacio, nada fantasioso si consideramos que toda la materia contenida en nuestro planeta algún día llegó de otros rincones del universo. Anaxarco, alumno de Diógenes y amigo de Alejandro Magno, creía que el número de mundos era infinito y, Epicuro, creador del atomismo, pensaba que había vida en muchos planetas en la inmensidad del universo. No obstante, a ninguno de estos personajes se le ocurrió decir que los extraterrestres nos habían visitado.

Edad Contemporánea.

Dando un salto de dos milenios, al siglo XIX, nos encontramos con Helena Blavatsky, una “clarividente” de origen alemán, nacida en Ucrania, que junto con el Coronel H.S. Olcott fundó en 1875 la Sociedad Teosófica, una doctrina mitad religiosa, mitad mística cuyos seguidores creen estar iluminadas por la divinidad. Blavatsky, en su libro La Doctrina Secreta, que mencionaba a las especulaciones de los griegos sobre la vida en el espacio, añadía la idea de que seres de otros mundos habían contribuido a la aparición de la vida en la Tierra y que aún tienen cierta influencia o control sobre nosotros. En un párrafo de su libro explica:

“La primera raza de hombres fue, simplemente las imágenes, los dobles astrales de sus padres, quienes fueron los pioneros de los Entes más desarrollados desde una esfera precedente, aunque más baja, cuyo cascarón es ahora nuestra Luna. Pero aún este cascarón es poderoso, por haber generado la Tierra, es el fantasma de la Luna que, atraída por afinidad magnética, buscó crear sus primeros habitantes, los monstruos pre-humanos.”

Posteriormente, un discípulo de Blavtsky, W.Scott Elliot, propuso en su libro La Lemuria Perdida que, en realidad, nuestros antepasados, habiendo alcanzado un grado de desarrollo “divino”, vinieron desde Venus para regalarnos el trigo y el fuego, y enseñarnos “las artes de la civilización”. No me lo estoy inventando, y hay gente que aún cree en ello.

A principios del siglo XX las ideas de Blavatsky y Elliot gozaban de mucha popularidad. En la localidad de Providence, Rhode Island, Estados Unidos, el hijo de una familia aristócrata venida a menos descubrió su placer por el terror y la ficción a través de los cuentos góticos que su abuelo le contaba y las novelas de Edgar Allan Poe. H.P. Lovecraft también leyó La Lemuria Perdida de Elliot y el Libro de los Malditos, de Charles Fort, ambos sobre el origen extraterrestre de la vida en la Tierra. Dichas influencias son
innegables en la obra del propio Lovecraft, La Llamada de Cthulhu, donde un gigantesco ser parte humano, parte dragón y parte pulpo es una divinidad llegada “al joven mundo desde el firmamento”. La extensa lista de cuentos y novelas de Lovecraft, desafortunadamente, no tuvo tanto éxito en vida del autor, que murió joven y pobre, pero su legado reviviría en el periodo de la posguerra cuando la ciencia ficción gozó de su época de gloria. Justo cuando ciudadanos de buena parte del mundo comenzaron a ver Objetos Voladores No Identificados y, a pesar de que nunca se ha podido comprobar la autenticidad de ninguno de los supuestos avistamientos, la creencia en seres extraterrestres hizo mella en el imaginario popular.

Regreso a las Estrellas.

Entra escena Erich von Däniken. En 1968, este suizo trabajador de hostelería con un largo historial de fraude y falsificación de documentos, publicó en el periódico Der Nordwesten un artículo titulado ¿Nuestros antepasados fueron visitados desde el espacio exterior? En él, Däniken sugería que la explicación a ciertas dudas y lagunas en la arqueología, venía de la mano de civilizaciones extraterrestres.

Uno de sus muy notables argumentos esgrimía que algunas piezas arqueológicas, especialmente en América, representaban a visitantes del espacio, a quienes también atribuía la construcción de algunas de las grandes obras de la antigüedad. Un buen ejemplo de sus hipótesis la encontramos en una serie de objetos preincaicos de oro, que para los expertos no son más que representaciones artísticas de insectos, pero que para Däniken son artilugios de naves espaciales como asientos de piloto y estabilizadores.

Otra célebre referencia es la del sarcófago del rey maya k’inich janaab’ pakal, encontrado en la Zona Arqueológica de Palenque, México, en 1952. En la lápida de la tumba, Däniken, y otros, creen ver la representación de un astronauta con la mano en los controles de una nave espacial propulsada por cohetes. La realidad es que el gesto de la mano es un saludo tradicional maya, repetido en otras figuras; los cohetes son dos serpientes cuyas cabezas se unen en la parte baja y cuyas barbas serían las “llamas”. El supuesto motor no es más que la representación de la cara de un ser monstruoso. Eso sí, como en las nubes, cada quien ve lo que quiere ver. Cabe decir que el mismo von Däniken ha confesado haberse inventado algunas de las “pruebas” que presenta en sus numerosos libros, “para crear más interés”, lo que no ha evitado que sea un autor de gran éxito que le ha permitido abrir un parte temático en Suiza.

También Däniken se ha referido a la construcción de las pirámides de Egipto, la única de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo aún en pie. Según él, los habitantes de aquella civilización no contaban con los conocimientos astronómicos para alinear sus pirámides con las estrellas, y mucho menos para mover los enormes bloques de piedra que las componen. Däniken simplemente, y sin pruebas, atribuye su construcción a seres extraterrestres con tecnologías más avanzadas ya que, según él nuevamente, la arqueología no ha podido demostrar lo contrario. Pero Däniken, aparte de menospreciar las civilizaciones antiguas, se equivoca una vez más. Es verdad que en un principio la construcción de las pirámides puso a prueba el raciocinio de los arqueólogos, pero en las últimas décadas se han hecho descubrimientos que aclaran el presunto misterio de su construcción, como lo son restos de grúas mecánicas, de los trineos con los que probablemente se trasladaron los bloques y de las pistas sobre las que estos se movían.

El problema de Däniken y de sus defensores es que intentan explicar lo que ellos no entienden con teorías que no pasan de eso. Lo único cierto es que nunca se ha encontrado ninguna herramienta o máquina extraterrestre en las zonas que habitaron las civilizaciones antiguas; nunca se ha encontrado un escrito arcaico que describa ni a los alienígenas ni a sus supuestas tecnologías. Todo se basa en especulaciones, en conjeturas sin base científica, en la manipulación de extractos. No niego que haya vida en otros planetas, ni lo niegan los científicos, pero no hay evidencia alguna de que hayan visitado la Tierra, ni ahora ni en el pasado, y mucho menos de que hayan ayudado a construir nuestra civilización. Desgraciadamente, siempre habrá aquellos que quieran aprovecharse de la falta de conocimientos de muchos para enriquecerse, postulando teorías fantasiosas apoyadas por extrapolaciones. La ignorancia es muy atrevida, y la credulidad muy rentable.

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