Las Brujas del Llano.

En los años treinta del siglo XX, en plena efervescencia del movimiento Cristero, la parroquia de Tequisquiapan fue cerrada al culto por algún tiempo. Las familias que buscaban algún servicio religioso, se vieron en la necesidad de ir a otro lugar. Se cuenta que en una madrugada fría del mes de diciembre, una familia de Tequisquiapan salió con destino a Cadereyta para el bautizo de un niño; se trasladaron los padres y padrinos en una carreta tirada por mulas, conducida por Don Román Chávez Frías, persona que prestaba estos servicios en aquellos tiempos. Llegaron a Cadereyta sin contratiempo y se realizó el bautizo del niño. El sacerdote celebró la ceremonia en forma privada, por las circunstancias difíciles que se vivían debido al cierre de templos. Cumplido el cometido, salieron en santa paz del templo parroquial. Era la hora de comer y la comitiva se dirigió a una fondita, invitados por los padrinos. Ahí pidieron una ollita con pulque y brindaron alegremente; la comida fue sencilla y sabrosa con tortillas hechas a mano. Satisfechos con los tragos y la sabrosa comida, les llegó la hora de regresar a casa. Salieron de la fondita haciendo comentarios sobre lo satisfactorio que había resultado el viaje a Cadereyta. Tan contentos estaban que no se dieron cuenta que se les había hecho tarde y difícilmente harían el viaje de regreso con luz del día. Don Román los conminó a subirse a la carreta para tomar camino con celeridad, buscando con ello que el tránsito nocturno que necesariamente tendrían que hacer, les afectara lo menos posible. Las mulas fueron las paganas al fin de cuentas: tuvieron que jalar la carreta a un trote más rápido que el que se les exigió en el viaje de ida. La tarde pardeaba cuando apenas cruzaban a la altura del pueblo de Ezequiel Montes; la noche los sorprendió cruzando la ranchería del Ciervo y el cuidado en la conducción del carro tuvo que hacerse más precavido por el camino de tierra nada parejo y hasta pedregoso, en algunos tramos. El relajamiento y el cansancio natural del viaje habían hecho presa del conductor y los pasajeros, quienes transitaban callados pero atentos a una posible eventualidad que pudiera presentarse en la obscura noche. De pronto, la comitiva se sintió invadida de una extraña sensación, como si algo invisible los acosara El carro avanzaba con pesadez, los animales estaban inquietos y llegó el momento en que de plano se resistieron a caminar y lo hicieron por la presión que el conductor ejerció en ellos. De pronto, se dieron cuenta que unas lucecitas como luciérnagas danzaban alrededor de las orejas de las bestias, y a los pasajeros los invadió el miedo. Al ver parajes desconocidos, el conductor se dio cuenta que había perdido el camino cuando ya estaba muy entrada la noche. Con todo esto, hombres y mujeres empezaron a rezar y las mulas sufrieron las consecuencias siendo molestadas con más furia por las brujas. Los rezos y oraciones de los viajeros brotaron de su angustia y continuaron implorando a los santos de su devoción, pidiendo que terminara la pesadilla que estaban padeciendo desde hacía ya muchas horas. Tal fue el fervor de imploración que desaparecieron las chispas de luz de las orejas de las bestias, señal de que las brujas habían dejado de molestar. A partir de ese momento, las mulas se dieron una gran sacudida y recobraron su agilidad. Don Román, conductor de la carreta, les dijo a sus pasajeros: gracias a Dios que las Brujas ya nos dejaron en paz…..Todo volvió a la calma y, poco tiempo después, reencontró el camino perdido. Al despuntar el alba, familiares y padrinos que habían ido a Cadereyta a realizar el bautizo del infante, asustados y desvelados, regresaron sanos y salvos a Tequisquiapan.

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En los años treinta del siglo XX, en plena efervescencia del movimiento Cristero, la parroquia de Tequisquiapan fue cerrada al culto por algún tiempo. Las familias que buscaban algún servicio religioso, se vieron en la necesidad de ir a otro lugar. Se cuenta que en una madrugada fría del mes de diciembre, una familia de Tequisquiapan salió con destino a Cadereyta para el bautizo de un niño; se trasladaron los padres y padrinos en una carreta tirada por mulas, conducida por Don Román Chávez Frías, persona que prestaba estos servicios en aquellos tiempos. Llegaron a Cadereyta sin contratiempo y se realizó el bautizo del niño. El sacerdote celebró la ceremonia en forma privada, por las circunstancias difíciles que se vivían debido al cierre de templos. Cumplido el cometido, salieron en santa paz del templo parroquial. Era la hora de comer y la comitiva se dirigió a una fondita, invitados por los padrinos. Ahí pidieron una ollita con pulque y brindaron alegremente; la comida fue sencilla y sabrosa con tortillas hechas a mano. Satisfechos con los tragos y la sabrosa comida, les llegó la hora de regresar a casa. Salieron de la fondita haciendo comentarios sobre lo satisfactorio que había resultado el viaje a Cadereyta. Tan contentos estaban que no se dieron cuenta que se les había hecho tarde y difícilmente harían el viaje de regreso con luz del día. Don Román los conminó a subirse a la carreta para tomar camino con celeridad, buscando con ello que el tránsito nocturno que necesariamente tendrían que hacer, les afectara lo menos posible. Las mulas fueron las paganas al fin de cuentas: tuvieron que jalar la carreta a un trote más rápido que el que se les exigió en el viaje de ida. La tarde pardeaba cuando apenas cruzaban a la altura del pueblo de Ezequiel Montes; la noche los sorprendió cruzando la ranchería del Ciervo y el cuidado en la conducción del carro tuvo que hacerse más precavido por el camino de tierra nada parejo y hasta pedregoso, en algunos tramos. El relajamiento y el cansancio natural del viaje habían hecho presa del conductor y los pasajeros, quienes transitaban callados pero atentos a una posible eventualidad que pudiera presentarse en la obscura noche. De pronto, la comitiva se sintió invadida de una extraña sensación, como si algo invisible los acosara El carro avanzaba con pesadez, los animales estaban inquietos y llegó el momento en que de plano se resistieron a caminar y lo hicieron por la presión que el conductor ejerció en ellos. De pronto, se dieron cuenta que unas lucecitas como luciérnagas danzaban alrededor de las orejas de las bestias, y a los pasajeros los invadió el miedo. Al ver parajes desconocidos, el conductor se dio cuenta que había perdido el camino cuando ya estaba muy entrada la noche. Con todo esto, hombres y mujeres empezaron a rezar y las mulas sufrieron las consecuencias siendo molestadas con más furia por las brujas. Los rezos y oraciones de los viajeros brotaron de su angustia y continuaron implorando a los santos de su devoción, pidiendo que terminara la pesadilla que estaban padeciendo desde hacía ya muchas horas. Tal fue el fervor de imploración que desaparecieron las chispas de luz de las orejas de las bestias, señal de que las brujas habían dejado de molestar. A partir de ese momento, las mulas se dieron una gran sacudida y recobraron su agilidad. Don Román, conductor de la carreta, les dijo a sus pasajeros: gracias a Dios que las Brujas ya nos dejaron en paz…..Todo volvió a la calma y, poco tiempo después, reencontró el camino perdido. Al despuntar el alba, familiares y padrinos que habían ido a Cadereyta a realizar el bautizo del infante, asustados y desvelados, regresaron sanos y salvos a Tequisquiapan.
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