Palomares la cía y la bomba nuclear de franco

Palomares la cía y la bomba nuclear de franco

El de Palomares fue el accidente “broken arrow” (pérdida total de armas nucleares) más grave de la historia, al menos conocido. Entre este gravísimo a

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El de Palomares fue el accidente “broken arrow” (pérdida total de armas nucleares) más grave de la historia, al menos conocido. Entre este gravísimo accidente que podría haber provocado un holocausto nuclear peor que los de Hiroshima y Nagasaki, y las extrañas muertes por envenenamiento de miles de personas, atribuidas al aceite de colza desnaturalizado, existe un siniestro denominador común: el Ejército de los Estados Unidos y sus actividades ilícitas en España, mantenidas en el más profundo secretismo desde la época de la dictadura, hasta nuestro días.
En la recuperación de las bombas de Palomares, destaca un hecho absolutamente inédito: “También había militares españoles interesados en tomar muestras (donde cayeron las bombas) para resolver algunas de sus dudas”. 
El más interesado en llegar antes que los norteamericanos al lugar de los hechos era Guillermo Velarde Pinacho, general del Ejército del Aire, ingeniero aeronáutico y catedrático de Fisiología Nuclear.
Tan pronto como se supo que habían colisionado dos aviones norteamericanos en pleno vuelo, uno de los cuales llevaba a bordo cuatro bombas de hidrógeno, el profesor Velarde voló inmediatamente a la base aérea de San Javier, en Murcia, la más cercana a Almería. Velarde, que más tarde sería presidente del Instituto de Fusión Nuclear de la Universidad Politécnica de Madrid, admitiría años más tarde que “personalmente recogió algunos de los disparadores explosivos de las bombas nucleares”. Prácticamente, la última pieza que faltaba a los científicos españoles para completar el mecanismo de la bomba.
En 1968, dos años después del accidente de Palomares, la Junta de Energía instala en la Ciudad Universitaria de Madrid el primer reactor rápido español, el Coral-1, con capacidad para trabajar con plutonio en grado militar, con el que se obtienen los primeros gramos en 1969. España ya está más cerca de ingresar en el club de los poderosos, por eso está bajo sospecha, el OIEA no se fía en razón a un argumento incontestable: en 1970 el Gobierno español se niega a suscribir el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares.
Aunque confidencial, el informe de 1971 del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN) termina por ser filtrado a la prensa ya rodada la democracia. En el informe se subraya que España es autosuficiente y está capacitada para dotarse de cabezas nucleares utilizando sus propias instalaciones.
El triunfalismo del informe tiene mucho que ver con la inauguración, en 1972, de la central nuclear de Vandellós I en Tarragona. Será una central del tipo CGR (grafito-uranio) y refrigerada por gas. El Sáhara occidental será el escenario elegido para detonar la primera bomba atómica española.
A partir de ese momento, las presiones de Washington para que España abandone su programa nuclear de doble uso, civil y militar, son constantes.
En octubre de 1973 estalla la guerra del Yom Kipur y Carrero Blanco, no sólo se opone a que España ingrese en la OTAN, sino a que los norteamericanos utilicen las bases españolas para acudir en apoyo de Israel. 
Henry Kissinger llega a Madrid el 18 de diciembre de 1973. La Embajada norteamericana de la calle Serrano está vigilada por veinte agentes de la CIA desde varias semanas antes.
Al día siguiente, 19, Kissinger se entrevista con Carrero Blanco a lo largo de seis horas. ¿Cumbre borrascosa? Nunca lo sabremos. El caso es que Laureano López Rodó reflexiona en voz alta para decir que “Kissinger estuvo un día antes, exactamente 23 horas antes, con el almirante Carrero y residió en la Embajada norteamericana; entonces me parece que los Servicios de Inteligencia de la embajada también podrían haber detectado que algo extraño ocurría en la calle Claudio Coello –donde el Dodge Dart del almirante vuela por los aires–, porque incluso podía afectar al propio Kissinger, que estuvo dos días en España… no menos sorprendente resulta que tampoco hubieran detectado una excavación que se realizaba a menos de cien metros de la Embajada de EEUU”.
El almirante Carrero Blanco estorbaba en el contexto geoestratégico que Estados Unidos había diseñado en Europa. Además, la obstinación de Carrero Blanco en oponerse a que los inspectores del OIEA husmeasen en el potencial nuclear español, y la negativa del presidente del Gobierno a reconocer el estado de Israel y a firmar el TNP son motivos más que suficientes para plantearse la eliminación del almirante. El resto ya es historia de sobras conocida.
Franco fallecía el 20 de noviembre de 1975 y el nuevo jefe del Estado entregaba el Sáhara occidental español a Marruecos dos meses más tarde, después de haber jurado defenderlo.
El general Monzón, por su parte, apunta que “los propios etarras dicen que estuvieron seis meses vigilando la puerta de la iglesia de San Francisco de Borja, donde la parada del autobús de la acera de enfrente, que está prácticamente en la puerta de la embajada norteamericana y no se enteraron, con detectores de todas clases, que se estaba perforando un túnel a ochenta metros de allí”.
El almirante Carrero Blanco se perderá su última misa en San Francisco de Borja. González Mata asegura que el mercenario –a sueldo de la CIA– que introduce por Torrejón las minas de última generación que llegan a manos de ETA, es el mismo que acabó con la vida de lord Mountbatten, asesinado en 1979, en un atentado del Ejército Republicano Irlandés (IRA). Su muerte, junto a la del almirante Carrero Blanco, ha sido relacionada con las actividades clandestinas de la CIA.
En enero de 1971, el telegrama confidencial 700, enviado por la Embajada de EEUU en Madrid a la Secretaría de Estado, dice así: “El mejor resultado que puede darse… es que Carrero desaparezca de escena, y su posible sustitución por el general Díez Alegría o Castañón”.
Demasiadas veces a lo largo de nuestra historia más reciente, han sonado al unísono los nombres de Estados Unidos y ETA. Y en muchas de esas ocasiones, lamentablemente, unidos a violentas acciones terroristas que cambiaron el rumbo de la historia de España; la primera, el 20 de diciembre de 1973, la última, el 11 de marzo de 2004. ¡Demasiadas veces!
Y el denominador común en varias de esas acciones terroristas siempre ha sido un “extraño” explosivo que no se ha logrado identificar

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