La crisis de la Capa de Ozono y el Protocolo de Montreal: ¿qué tan cerca estuvimos de la catástrofe?

La crisis de la Capa de Ozono y el Protocolo de Montreal: ¿qué tan cerca estuvimos de la catástrofe?

  Capa de Ozono La Capa de Ozono es una de esas maravillas de la naturaleza que, ocurriendo casi por azar, hizo posible el desarr

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Capa de Ozono

La Capa de Ozono es una de esas maravillas de la naturaleza que, ocurriendo casi por azar, hizo posible el desarrollo de vida compleja sobre la Tierra.

Esencialmente, se trata de la reacción natural del oxígeno cuando está ante rayos UV. En estos casos se genera ozono, que por su naturaleza se ubica en las partes altas de la atmósfera y se mantiene allí. Y el ozono refleja muy bien los rayos UV.

Ah, ¿mencionamos que los rayos UV son terriblemente destructores? Acaban con todo: descomponen plástico, metal, y por supuesto son nefastos para las delicadas sustancias que componen la vida, en particular el ADN. En la eventualidad de la desaparición de dicha capa, aumentarían los índices de cáncer de piel, se perderían incontables cosechas y disminuiría de forma dramática la vida marina, pues el fitoplancton (base de esta cadena alimenticia) sería aniquilado en un porcentaje altísimo.

Clorofluorocarbonos

Los Clorofluorocarbonos, más conocidos como CFC’s, son una sustancia inerte que comenzó a usarse de manera masiva en los 1930’s. Originalmente se prefirieron, de hecho, por su bajísima reactividad, lo que significa que podían ser liberados al ambiente con pocos impactos ambientales… o al menos eso se creía.

En estos tiempos la física y la química estaban mucho menos desarrolladas que hoy, y los CFCs en verdad parecían una alternativa viable y extremadamente segura. El gas, por su naturaleza, comenzó a usarse ante todo en tareas de compresión y descompresión, para el funcionamiento de neveras, aerosoles, etc.

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Primera alertas

En 1970, sin embargo, la luna de miel con los CFCs comenzó un rápido descenso.

Aquel año, por primera vez, nuevas tecnologías permitieron “ver” partes de nuestra atmósfera que no sabíamos que existían, y darnos cuenta de que algo estaba muy, muy mal.

Si bien la capa de ozono se conocía desde 1913, no fue hasta los 1970’s cuando pudimos detectarla y medirla con delicadeza, y que por lo tanto nos dimos cuenta que había disminuido de manera dramática.

En este momento se encendieron todas las alarmas. La comunidad científica pronto llegó a consensos y pese a la oposición de algunos sectores se comenzó a realizar presión que eventualmente llevaría al Protocolo de Montreal: la negociación ambiental más exitosa en la historia del planeta.

Protocolo de Montreal

En 1974 los científicos Frank Sherwood Rowland y Mario Molina realizaron una publicación sobre los efectos de los CFCs en la capa de ozono. Tras esto, fueron convocados por los tribunales de los Estados Unidos para declarar bajo juramento y se comenzó a prestar atención al problema, brindando considerable financiamiento para su investigación.

En 1976, la Academia de Ciencias Naturales de los Estados Unidos confirmó los hallazgos de Rowland y Molina y reveló que el uso masivo de CFCs ponía en peligro la supervivencia misma de nuestra civilización. Era necesario tomar acciones radicales.

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Tomó casi una década poner al mundo de acuerdo, pero en 1985 los principales países productores de CFCs firmaron el Protocolo de Montreal y acordaron poner fin a la fabricación del mismo. La industria de los CFCs peleó hasta el final, asegurando que estas sustancias eran inocuas y que no era necesario reducir su uso.

Cualquier semejanza con el tema del calentamiento global es pura coincidencia.

¿Qué tan cerca estuvimos de la catástrofe?

Si bien la emisión de CFCs fue considerable, la mayor parte fue concentrada por los vientos mundiales en el sur, en donde generó un importante agujero en la capa de ozono. En el Polo Norte también hubo un agujero, aunque no tan grande.

Por esta razón, los seres humanos (y nuestros cultivos, que habrían sido devastados por un agujero de este tipo) no nos vimos particularmente afectados. Pero ¿y si el agujero hubiese crecido más rápido? ¿Y si no lo hubiésemos notado a tiempo?

Bromofluorocarbonos

Evaluar esto es importante porque no fue la ausencia de ozono lo que reveló el peligro, sino los avances naturales de la química. En verdad, el agujero solo se hizo evidente hacia mediados de los 1980’s.

Y en este sentido fuimos afortunados. Porque en tiempos de la invención de los CFCs se desarrolló otro invento semejante que hubiese sido letal para la capa de ozono.

Los bruomofluorocarbonos son muy semejantes a los CFCs en casi todo. Son inertes, fáciles de manipular y seguros.

Pero son muchísimo peores para el ozono.

Si por virtud del destino se hubiese desarrollado, o masificado, el proceso para hacer BFCs en lugar de CFCs los daños en la capa de ozono hubiesen sido severos antes de 1970 (y posiblemente antes de 1965), un periodo en  el que carecíamos de la capacidad para detectar los problemas. Es bueno recordar, de vez en cuando, que si estamos aquí es también obra de la buena suerte.

En la actualidad, tras una etapa de empeoramiento, la capa de ozono se está recuperando lentamente. Se espera que en menos de 80 años recupere sus niveles naturales.

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