El General Hilachas (Leyenda de Guadalajara)

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Era un limosnero que usaba un viejo kepí, huaraches, un vendaje de color indefinido y que con orgullo decía: «yo soy General» y de la misma manera pedía que la gente lo nombrara de esa forma al dirigirse a él.

El General Hilachas, fue un antiguo revolucionario que conservó el uniforme de soldado: raído y mugroso. La ropa que le obsequiaban se la ponía toda al mismo tiempo, llegando a usar cinco o seis sacos (uno encima de otro), además del gabán y la gorra de soldado. Alguien le escribió en ella: «General del Batallón cuarenta y uno».

El nombre del General Hilachas quedó grabado en la memoria de muchas generaciones, sólo por vestirse con las prendas que cada mano generosa le daba. Marchaba por el centro de las calles, con riesgo de ser atropellado por algún automóvil o «calandria».

El General Hilachas entró a Guadalajara por San Pedro Tlaquepaque sin compañía alguna, dictando órdenes y diciendo a los primeros curiosos que se le acercaron que era general y que Guadalajara le parecía bien para defenderla de los porfiristas. Su atuendo trataba de simular la indumentaria de un militar de alto rango; la gorra, formada por trapos viejos, parecía de general francés; la chaqueta, con parches y remiendos, le quedaba untada al cuerpo y su figura era tal, que en principio fue confundido con alguna ánima del purgatorio solicitando rezos.

El de las hilachas tomó la ciudad por suya y cualquier rincón, acera, banca de jardín o pie, le eran buenos para descansar dormitando, pasar la noche durmiendo o simplemente meditar. Había sido soldado de Pancho Villa y la lucha por la toma de Zacatecas lo dejó mal de la cabeza.

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