El extraño artefacto submarino de Christos Mavrothalassitis

El extraño artefacto submarino de Christos Mavrothalassitis

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El extraño artefacto submarino de Christos Mavrothalassitis

Robert Charroux

La historia que hoy rescatamos para los lectores de Crónica Subterránea, hace alusión a la siempre misteriosa Atlántida, cuyo derrotero venimos siguiendo desde hace un tiempo. En esta oportunidad la narración que vamos a ofrecer se origina en un relato oral recogido por el pesquisador francés Robert Charroux.

El galo incluyó estas visiones acerca del continente perdido en dos de sus trabajos, “Los libros de los Dueños del Mundo” (1967), y una continuación más tardía en “Nuestros Antepasados Extraterrestres” (1971). El escenario de nuestro interlocutor tiene lugar en Grecia, y está protagonizada por un antiguo escafandrista, Christos Mavrothalassitis, quién le trasmite a Charroux sus hallazgos en tierras africanas así como en otros lugares visitados en incursiones posteriores, siguiendo las huellas de la Atlántida.

Desgracidamente el material publicado por Charroux sobre este caso se abastece tan solo de la versión oral, ya que se carece de documentación o fotografías que lo avalen. Más allá de estas prevenciones, encontramos sin embargo fascinante la descripción dada por el navegante griego, y es por eso que creemos importante su publicación.

Como siempre el lector tiene la última palabra.

Dedico este post a Jean y a su sitio Colección Realismo Fantástico

El extraño Christos Mavrothalassitis(pág. 259-263)

Henry Schliemann creyó en Homero y descubrió Troya. Christos Mavrothalassitis creyó en lo que le decía su padre, navegante mediterráneo, y hoy día tiene una de las más bellas colecciones de alfarería etrusca que se remonta a 3.000 años y aún más, así como monedas atlantes anteriores al Diluvio.

Es posible, incluso, que haya descubierto el antiguo Poseidonis.

En 1922, el padre de Christos, que navegaba costeando el mar de Biban, al Sur del golfo de Gabes, detuvo su bergantín de 280 toneladas y sostuvo una larga discusión con los hombres de a bordo, escafandristas como él.

Christos tenía por entonces doce años. Escuchó a su padre hablar de Platón, de una ciudad sumergida que había descubierto con sus escafandristas precisamente en la vertical del velero.

El viejo marino afirmaba con énfasis:
-¡ Ahí es donde se encuentra Poseidonis!

Durante veinticinco años, Christos surcó el Mediterráneo, lo que equivale a decir que lo conoce mejor que nadie, y en todo momento, su curiosidad alerta se dirigía a todo cuanto se relacionaba con el fabu­loso continente descrito por Platón. En 1947, encontró un documento antiguo representando la isla de Djerba incrustada en la tierra de Africa, aunque rodeada de un canal que iba a perderse en el desierto.

Christos recordó la afirmación de su padre de que Djerba era el final del camino que conducía desde la Atlántida hasta el Mediterráneo, por entonces mar cerrado del lado de las columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar). Finalmente, el maravilloso azar que pusiera a Henry Schliemann en la pista de los atlantes y de su moneda oricálquíca, se reproducía exac­tamente con el arqueólogo de Djerba.

Cierto día, un anciano eremita beréber entabló amistad con él y le reveló el lugar donde se encontraba el cementerio «de los primeros antepasados de nuestra raza». Se encontraba en Tripolitania: los datos eran exactos, señalados sobre un plano, y Christos, al cabo de una noche y un día de navega­ción, alcanzó el lugar.

Encontró las marcas descritas por el beréber y empezó a cavar en la arena. Dos días después descubriría unas tumbas donde halló objetos de alfarería análogos a los de Tiahuanaco y a los de la colección Schlie­mann. Pero, además de la alfarería, Christos encontró objetos de mu­cho valor: monedas blancas de metal desconocido.

Volvía a producirse el milagro de Troya como si Christos Mavrothalassitís, por misteriosos designas del destino, se hubiera convertido en el sucesor de Henry Schliemann y su heredero espiritual.

Monedas de oricalco

Al conocer el eremita beréber el afortunado resultado de la expe­dición –y después de que hubo recibido su parte de monedas y objetos de alfarería hizo otras revelaciones e indicó el emplazamiento de nuevas tumbas y de templos atlantes.

Por su parte, Christos había recogido la suficiente información para revivir la historia antediluviana de todo el Mediterráneo. A pesar de la amistad que le une a nosotros, no ha podido revelarnos la totalidad del secreto que le liga al eremita del desierto.

Sin embargo, sabemos que la necrópolis atlante está enclavada en Tripolitania. Allí es donde Christos descubriera la alfarería y las piezas de metal blanco, todo lo cual se encuentra seguro actualmente en un Banco de Marsella.

Pero también llevó a cabo fructíferas excavaciones en Bengasi, Egipto e incluso en Djerba.

Nos ha dicho:

Los documentos que poseo en Marsella me han proporcionado cierta certeza.

»Por ejemplo, sé que después del Diluvio las aguas del Mediterrá­neo subieron 41,30 m. Conozco el trazado de la ruta marítima atlántica que, a través de Africa, unía al Atlántico con el Mediterráneo. Posee el mapa geográfico de la Atlántida y ¡dicho mapa es de la época atlante!

Hemos preguntado a nuestro amigo con enorme asombro: -¿Quiere decir que posee documentos escritos de hace 12.000 años? Christos ha afirmado con la cabeza, con un guiño de complicidad: -Ya vieron esos documentos: mis piezas en oricalco.

¡Y es verdad! Esas piezas rarísimas, únicas, constituyen auténticos documentos grabados que representan escenas de la vida de los atlan­tes, en cierto modo la historia del mundo antiguo.

Su prolongada estancia entre las arenas del desierto las ha desgas­tado en cierto modo, pero no están oxidadas. Sin embargo, el relieve ha quedado disminuido y sólo pueden observarse los detalles con ayuda de la lupa.

Helena y el cohete espacial atlante

Una de esas piezas representa a los caballos y es de todos conocido que esos animales eran venerados por los atlantes y sus últimos super­vivientes, los celtas. Sobre una de las piezas en forma de herradura, puede distinguirse claramente la cabeza del animal, con las bridas y el bocado, lo que hace tambalearse todos nuestros conocimientos al respecto.

En otras, nuestro amigo Christos ha identificado fantásticos dibu­jos relacionados con la energía atómica y la conquista espacial.

Una pieza, descubierta en Djerba por su nieta Helena, representa en el anverso un auténtico cohete espacial, con base ensanchada y ojiva provista de una especie de radar. En el reverso se distingue un habi­táculo de cosmonauta con dos antenas. En el interior de la cabina es­pacial puede verse, claramente dibujada, la cabeza del viajero del es­pacio.

Como Christos Mavrothalassitis se encuentra preparando un libro sobre La Atlántida a través de las imágenes legadas por los atlantes, no podemos revelar el tema, pero es indiscutible que el arqueólogo fran­cés de Djerba parece haber aclarado un gran misterio.

Sus piezas de metal blanco, inoxidable, y sobre el que existen ex­celentes motivos para pensar que se trata del oricalco atlante, narran la historia de una civilización que, por lo menos, conocía el caballo, las bridas, el bocado y artefactos idénticos a nuestros cohetes espaciales.

Dicha civilización se desarrollaba en un vasto país situado en el Atlántico, entre África, Europa y América.

Ciertamente nuestro amigo Christos ha podido equivocarse en su interpretación, pero también puede presentar testimonios que apoyan de manera singular su tesis. Una pieza que reproduce la imagen geográ­fica de la Atlántida, está hecha con dos metales: uno blanco represen­tando la mar; en otro rojo cobrizo, para el continente. Extraño, muy ex­traño.

Los arqueólogos clásicos franceses no se muestran interesados por los descubrimientos de Christos; los alemanes, por el contrario, le pre­sionan para que les venda su valiosa colección , al igual que los norteamericanos insisten cerca de Emile Fradin para que les venda, a peso de oro, las colecciones aún más valiosas del museo de Glozel.

Ya perdimos el tesoro de Troya … ¿Hasta cuándo resistirá el patrio­tismo de Christos Mavrothalassitis y de Emile Fradin?

El tesoro de los atlantes se encuentra en Marsella, en lugar seguro.

Podría ser objeto de una exposición maravillosa, pero nuestro amigo Christos tiene miedo, pese a haber arriesgado cien veces su vida para formar su colección.

Miedo de que la roben, de que deshonren su buen nombre, acaso de que le maten. ..

Y este miedo que atenazara a Sanchoníaton, a Henry Schliemann, a Paul Schliemann a Emile Fradin, en suma, a todos los grandes descu­bridores, está plenamente justificado: hay que evitar a cualquier precio que se haga pública la verdad histórica del hombre.

Y para ello han sido asesinados millones de hombres, se han quema­do toneladas de manuscritos, raspado hectáreas de pergaminos … ¿Qué valor tiene la vida de un hombre cuando se convierte en un ente perturbador, en alguien que impide danzar en círculo? . .

Pese a todo, Christos Mavrothalassitís prepara su libro, al Igual que Paul Schliemann preparaba la divulgación de sus descubrimientos.

Los secretos de Christos Mavrothalassitis (pág 38-41)

Nuestro amigo Christos Mavrothalassitis se hace eco de tradiciones curiosas que tienen todavía curso en Grecia. Los griegos en una época indeterminada, pero sm duda muy antigua cortaban la piedra con el «fuego líquido» que se supone era un ácido.

La antigua ciudad de Ampurias, en el Golfo de Rosas, en La Escala (España) habría sido construida por los griegos con ayuda de este fuego. En Symi, pequeña ciudad del Dodecaneso, un campesino encontró cierto día un pequeño vaso conteniendo un líquido, a juzgar por el ruido que se percibía en su mtenor al sacudirlo. De esto había aún testimonio en Grecia… por lo demás estamos reducidos a conjeturas.

El campesino debió sin duda romper el vaso, pues se oyó una explosión fantástica. El imprudente no volvió a ser hallado ni roto ni entero, y en el lugar en que se produjo el accidente, se formó un gran socavón del que brotó un geyser, que desapareció algún tiempo después. También en Symi, hacia 1911 ó 1912, un pastor se aventuró en un subterráneo hasta entonces desconocido. Vio una corona de oro puesta sobre una tumba, rodeada de una especie de reja de hierro. En derredor había esqueletos. El pastor, poco seguro, contó la aventura al médico de la isla, que hizo levantar el enrejado de hierro, pero temiendo algún cepo, tuvo la prudencia de no tocar la corona de oro. Habiendo hecho excavar la tumba, descubrió dos baterías de arcilla, que ya no daban corriente, pero que antaño electrificaban la corona.

¿Leyenda? Jamás se sabrá, pero Christos Mavrothalassitis da como auténtica la increíble aventura que le hemos dejado contar.

Era en 1919. Mi padre, que tenía un negocio de pesca submarina de esponjas, trabajaba en las islas griegas con su socio, Zalakhos. Yo era muy niño, pero ya los acompañaba en sus expediciones. Un día llegamos a una isla desierta que tiene una orilla con muchos surcos de granito que parecen desembocar en el mar como si antiguamente hubiese caído algo del cielo que hubiese fundido las rocas. Zalakhos buceó por el lado norte, dio la vuelta hacia el sur y regresó aterrorizado al barco. Gabriel -le dijo a mi padre-, hay fuego bajo el mar, y cuando tocas una esponja, la arena que se levanta quema la mano. Si se la toca con el pie se siente como una llama invisible. Hay como unas radiaciones bajo el agua. Mi padre, intrigado, buceó llevando consigo su red para pescar esponjas y llegó al lugar donde Zalakhos había visto el fuego submarino. Cuando volvió a ascender, ví que llevaba en su red, con algunas esponjas, un gran pedazo de metal irisado, que unas veces parecía azul oscuro, otras azul claro(1).

Los marinos le dijeron que subiese a bordo, pues Zalakhos se sentía mal y decía que le quemaba todo el cuerpo. Lo único que pudieron hacer fue duchar al desgraciado, que gritaba de dolor y decía que tenía fuego en el cuerpo. Por la tarde murió. Mi padre decidió regresar a Symi para hacer enterrar a su socio. Por la noche, un marinero quiso contemplar el cuerpo de Zalakhos, que yacía en el puente envuelto en un cobertor. Lanzó un grito de horror y avisó a todo el mundo diciendo que el cadáver era fosforescente. Era verdad: el rostro, el torso, las manos y los pies de Zalakhos brillaban con un resplandor dorado. Mi padre ordenó entonces atar unas piedras al cobertor y sumergir el cuerpo lo más pronto posible como así se hizo. En 1921 fue vendido .por 18.000 dracmas a un químico de Burdeos, el pedazo de metal azul que mi padre había sacado del fondo del mar donde ardía el misterioso fuego.

En 1926 mi padre regresó a la capital girondina para consultar al médico que le había tratado cinco años antes. En efecto: después el drama que costó la vida a Zalakhos, mi padre tenía los dedos deformados, hinchados en las junturas. Usted debe haber tocado algo que le ha quemado y que era más fuerte que el radio -dijo el médico. Este médico, si no recuerdo mal, era profesor Fromagé. Cuando salió de la consulta a la que yo le había acompañado, mi padre me díjo : Yo lo sabía! Al norte del islote hay unas jarras hechas de este metal azul, que en realidad no es ni metal ni vidrio. Pero no sé qué otra cosa pueda ser. Hace muchísimo tiempo que los hombres han debido trabajar este material, pero ¿cómo? Zalakhos tenía razón al decir que del suelo salían radiaciones; y son las manos las que más padecen, porque no están protegidas, como el resto del cuero por el caucho de la escafandra. Esta es la historia que le aconteció a mi padre -concluye Christos. y dice a su mujer, una chica joven-: ¿Verdad que es así, M’Barka? M’Barka ben Nasser, una maravillosa beduina de ojos de fuego, que lleva en su fina silueta la gracia y la nobleza de las auténticas hijas del desierto, asiente, añadiendo: Sí. Incluso dijiste que era quizá oricalco atlántico. Tal vez -dice Christos, enigmático-. En todo caso, este año o el próximo iré a tantear las cosas en derredor de la isla, con una sonda. Conozco exactamente el punto. Las jarras que están en el fondo del mar, por sí solas, valen una fortuna.

La Atlántida de Christos Mavrothalassitis(pág 150-152)

Christos Mavrothalassitis, antiguo escafandrista, cree haber descubierto la Atlántida. Como el profesor Galanopoulos, la sitúa en el Medíterráneo, en su parte oriental, y en el Atlántico por su parte continental más importante. Su testimonio no carece de valor, pues se deriva casi exclusivamente de constataciones y descubrimientos hechos en el curso de su vida de buceador.

Creemos interesante reproducir extractos del libro que prepara sobre la cuestión.

Doctor -dijo mi padre uno de sus escafandristas que era, en efecto, un antiguo médico, los historiadores hacen su oficio y nosotros hacemos el nuestro. Te he hecho bucear sobre esta ciudad-fortaleza, sumergida desde hace miles e años, esperando que sacarías indicios, ya que tú h leído a los antiguos autores. Esta ciudad está construida en pleno centro de Banco Greco, a 3° al NE de la front a limítrofe entre Libia y Tunicia y a treinta millas treinta y cinco según Habib Sussi) de la costa.

-No estoy en situación de hacerlo, capitán – respondió el doctor.

Esta ciudad -continuó mi padre (es Christos el que habla)- fue encontrada antes que nosotros por mi suegro y por otros navegantes griegos: Searis, los Paraskevas, los Dandacos, los Zathas y Vlakhakis. Yo tenía dieciocho años cuando la vi por primera vez. Me encontraba co Paraskevas, Hace un siglo sacaron de ahí una estatua de oro. Nosotros estamos contigo, capitán -dijeron otros dos escafandristas. Uno era Mailes Teodoro y el otro un indígena llamado Habib Sus si. Esta ciudad está sobre una meseta rocosa que antaño era una isla. Vista la profundidad que hay en derredor, me parece que estamos ante una isla artificial. Muy cerca de aquí, sobre una colina sumergida cuyo contorno está excavado artificialmente, hay un geyser todavía en actividad bajo el agua.

Hay dieciocho brazas de profundidad y la fuerza de sus aguas cálidas asciende hasta la superficie. Debajo de nosotros la sonda indica veinticuatro brazas; otro geyser brota algo más al Sur. Lo más asombroso es que las aguas de estas fuentes eran ya recogidas por los antiguos y dirigidas hacia la ciudad por un sistema de canalizaciones que todavía se aprecian. Hay cuatro colinas sobre el ban­co, y sobre otras dos se ven también canales … “» A propósito de la erupción del Santorín, Christos afirma que la catástrofe se produjo en el momento en que los griegos se proponían a invadir el reino de Minos. Las ciudades de Saranda y Mira quedaron sumergidas.

Mi padre -dice CH estos- ha visto las columnas de los teatros y templos y otros escafandristas vieron también estatuas, aún n pie, sobre las columnas. Pero no se trataba de Atlántida, que se hundió cuando la Tierra entró n colisión con el planeta Ares-Baal, que era el planeta Marte.

Dos videntes, Ayed y la vieja Suffia me lo han confirmado. Nuestra Tierra estalló en ciertos puntos, y Ares vertió sobre ella su arena y su fuego. Yo no he tenido derecho a hablar antes de llegar a la edad de dieciocho años, pero después descubrí una tumba atlante con ayuda de la nieta de Suffia. Guardaba el cuerpo de un vidente de a ciudad de Mau, que era la capital de la Atlántida, y es vidente había sido sepultado con las pruebas de ese saber. Yo las guardo. Este vidente atlante llevaba objetos simbólicos. El ópalo, seis zafiros que revelaban su edad de se­senta años, y tablillas de piedra y metal que conte­nían predicciones relacionadas con los grandes hom­bres que más tarde habían de nacer: Homero, Ferécides, Arquímedes, Alejandro Magno, Napoleón, etc. Se llamaba Feureseo. En el centro de su piedra sepulcral había grabada una rosa. Cuatro muescas indicaban su grado en el ejército; lo que predecía su origen real americano (del Norte), la flor misteriosa que da el poder. Yo conozco esta flor, pero no tengo derecho a decir ni su nombre, ni dónde se encuentra. En la tumba había también doce mensajes procedentes de la Atlántida y la designación de una montaña, con un tesoro, sobre la cual había un gato dibujado. Entre las patas del gato se encuentra una gruta en la cual está el tesoro … , pero se trata de documentos. Cuando sea hallada esta gruta, sobrevendrá otro ciclo, pero nunca he podido saber dónde se encontraba la montaña con el gato grabado. Alguien lo sabe tal vez. Es difícil entresacar, en los relatos de ese tal Christos, la parte de verdades arqueológicas que le pertenecen y la de «profecías» que ha sacado de la misteriosa Suffia. Sus revelaciones les gustarán mucho a los que se interesen por el ocultismo.

(l) Este metal o material no ha sido identificado. A fines prácticos, recordamos que para orientarse en alta mar, incluso cuando no era visible el sol, cosa frecuente en los mares del Norte, los vikingos usaban la piedra de sol” que daba la posición de astro. Se ha descubierto que esta piedra era la cordierita, cristal que va del amarillo al azul oscuro cuando la alineación de sus moléculas, como en los tejidos tornasolados, hace un ángulo de 900 con el plano de polarización de la luz solar (Science et Avenir, setiembre del 67). El metal hallado por Mavrothalassitis era tal vez, una variedad de la cordierita

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