Venenos ocultos

Venenos ocultos Científicos, ecologistas y consumidores alertan de la presencia de tóxicos en productos cotidianos que alteran nuestras hormonas y exigen que se prohíba urgentemente su uso

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Venenos ocultos

Científicos, ecologistas y consumidores alertan de la presencia de tóxicos en productos cotidianos que alteran nuestras hormonas y exigen que se prohíba urgentemente su uso
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El consumidor no puede identificarlos, pero están en muchos de los productos que usamos a diario, que nos aplicamos en el cuerpo o incluso que comemos. Los disruptores endocrinos no aparecen en las etiquetas porque su uso aún no está regulado, pero los científicos entregaron el año pasado a la Comisión Europea un extenso informe indicando las sustancias que producen cambios hormonales y que son los responsables de la eclosión de alergias, intolerancias alimenticias, diabetes, obesidad y hasta de casos de infertilidad, tumores y malformaciones congénitas.
¿Alguien se ha parado a pensar porque en la actualidad hay mas personas alérgicas, estériles o con intolerancia a alimentos? Los que sí lo han hecho son los más de 3.800 científicos y profesionales de la sanidad, agrupados en la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS) que ha remitido una carta a la ministra de Sanidad, Ana Mato, a la que ha tenido acceso ECOPERIODISMO, en la que da la voz de alarma sobre los disruptores endocrinos y pide “medidas urgentes para reducir la exposición de la población y el medio ambiente a dichos tóxicos”. Los expertos, que esgrimen en su carta más de una docena de informes y estudios científicos independientes que avalan su alarma, denuncian que los disruptores endocrinos “se encuentran en alimentos, agua, envases, juguetes, textiles, cosméticos, plaguicidas, productos de higiene, materiales de construcción, materiales de uso clínico y en otros numerosos artículos de consumo”. Una omnipresencia que hace que “la población general esté expuesta por vía digestiva a estas sustancias a través de la ingesta de alimentos y agua contaminados o sometida a prácticas odontológicas, por vía respiratoria a través de la inhalación del aire interior de los hogares, dérmicamente con la utilización de cosméticos que contienen estos tóxicos, o directamente por vía endovenosa cuando son sometidos a prácticas sanitarias y tratamientos hospitalarios que conllevan el uso de plásticos, entre otras vías de exposición”.
¿Cómo es posible que nos estén envenenando de esta manera sin que nos demos cuenta? En primer lugar, porque los efectos de los EDC (de sus siglas en inglés: Endocrine Disrupting Chemicals) no tienen un efecto inmediato. Sus daños son perceptibles a medio y largo plazo, aunque para causar cambios moleculares y celulares permanentes en órganos y tejidos no se requieren grandes dosis de EDC. Y en segundo lugar, porque es imposible detectar qué productos contienen EDC porque la Comisión Europea mantiene paralizada la normativa que impediría su uso, pese a que el año pasado su comisión de expertos ya le entregó los criterios para impedir que los disruptores endocrinos sigan llegando a los consumidores.
Suecia ya ha denunciado a la Comisión Europea por no publicar la norma que protegería a la población de los efectos de los EDC, mientras que Francia y Dinamarca ya han planteado en Bruselas que hay que acelerar la adopción de medidas. Pero la Comisión Europea, el paraíso de los lobbys donde hay 2.500 grupos de presión presentes tratando de influir en las decisiones comunitarias, parece haberse doblegado a los intereses de algunas industrias que perderían mucho dinero si se publica la norma que prohibe las sustancias que actúan como alteradores hormonales. Así que la norma, por ahora, ni está ni se la espera.
La SESPAS, apunta en su carta de la alarma al Gobierno español, que ya hay muchos estudios científicos que indican que la “contaminación interna” (los niveles corporales o concentraciones en el organismo de las personas de ciertos EDC) de los españoles  son muy superiores a los de otros países “y representan una clara amenaza para la salud, el bienestar y la economía de nuestros ciudadanos y de nuestro estado del bienestar”. Y lo más grave: se han detectado estas sustancias alteradoras de las hormonas en mujeres embarazadas y niños. Estos estudios han sido revisados recientemente de forma independiente y sistemática por la Sociedad Americana de Endocrinología (una de las más prestigiosas en este campo de EEUU), el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización Mundial para la Salud (OMS), la propia Comisión Europea y otros investigadores independientes. Y todas las revisiones coinciden en su honda y racional preocupación por los efectos adversos que los EDC están teniendo en sociedades de todo el planeta, y en la necesidad de acciones mucho más enérgicas para proteger a la ciudadanía.
Un total de 37 organizaciones sociales, sindicales y de consumidores han remitido también una carta a los Ministerios de Sanidad y de Medio Ambiente sumándose a las reivindicaciones de la SESPAS y expresando su honda preocupación por los graves efectos de los EDC y pidiendo medidas urgentes que protejan a la población, entre las que hay peticiones tan elementales como  que se informe a la ciudadanía de las medidas que pueden realizarse para evitar la exposición a EDC.
Por ahora, el equipo de Ana Mato no se ha pronunciado sobre este grave problema de salud pública.

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