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Canadá: Alta extrañeza en las montañas del norte

Canadá: Alta extrañeza en las montañas del norte

No debería ser motivo de sorpresa descubrir que el misterio se oculta en sitios que nos parecen a primeras muy conocidos o libres de novedades. La b

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No debería ser motivo de sorpresa descubrir que el misterio se oculta en sitios que nos parecen a primeras muy conocidos o libres de novedades. La búsqueda de lo extraño en las selvas y desiertos de continentes lejanos atiza el fuego del romanticismo y la aventura en el corazón de cualquier persona, pero pensar que enigmas parecidos existen cerca de nosotros se nos antoja anticlimático.

Canadá, país vecino de EE.UU. al norte y el segundo de mayor extensión territorial en el planeta, nos presenta acertijos que nunca han recibido la atención que merecen. Aunque muchos de los sitios en los que han tomado lugar están mucho más cerca a EEUU que lugares igualmente misteriosos en México o el Caribe, la dificultad de acceder a los mismos, así como el frío característico de estas zonas, ha servido para desalentar a muchos visitantes.

También resulta interesante que estos enigmas han tomado lugar en una de las zonas más antiguas de nuestro mundo, puesto que la superficie del norte de Canadá nos permite pisar formaciones de roca precámbrica – la superficie original de nuestro mundo – que constituyen la formación geológica conocida como el Escudo Canadiense, muy posiblemente el mayor depósito de hierro en el mundo. No se sabe si el magnetismo generado por esta vasta concentración del mineral desempeñe un papel en estos misterios.

Seres no humanos en el norte


Alexander Mackenzie

Alexander Mackenzie y Simon Fraser, los primeros exploradores en internarse en las zonas desconocidas del noroeste canadiense, fueron advertidos por las tribus locales de la existencia de seres horrendos y destructivos, que merodeaban la región. Las altas elevaciones de Colombia Británica eran el hogar de lossasquatch, cuya estatura superaba los dos metros y medio. El gran río al que Mackenzie bautizaría con su propio nombre era la guarida del “hombre salvaje de Locheaux”, criatura de ojos amarillos que se alimentaba de carne humana en la misma forma que el Grendel de la leyenda de Beowulf, manifestando una preferencia por la tierna carne de mujeres y niños. Las inhóspitas rocas del norte contenían horrores aún peores, como el temido weetigo, el gigante colmilludo, y los seres invisibles que espantaban las orillas del Great Slave Lake. Mientras que las culturas primitivas son muy dadas a la creación de toda suerte de monstruos, utilizados para poblar las regiones más allá de su alcance, ¿podría ser que las tribus slavey y dogrib de la región basaron sus cuentos en hechos? Estas tribus también manifestaban un temor a los deprimentes yermos de piedra que les separaban de las tierras de los inuit, ya que representaban el señorío de otros gigantes al margen de los weetigo antes mencionados.


Simon Fraser

En este momento conviene hacer una pausa y preguntar por qué no hemos encontrado restos de estos gigantes, si eran tan numerosos como se nos cuenta. Hasta los investigadores forteanos han fruncido el entrecejo ante las trilladas historias de osamentas gigantes supuestamente halladas en todas las partes del continente.

Los informes que hablan de grandes homínidos peludos – verdaderos gigantes que sobrepasan la estatura de los avistamientos de sasquatch o piegrande que todos conocemos – son comunes en las regiones desoladas del norte. El criptozoólogo Iván T. Sanderson observó que tales casos se extendían desde Alaska a la península de Labrador y Groenlandia. Citando las obras de otros investigadores, sugirió que muchos de estos seres anteriores a los amerindios pudieron haber ocupado los yermos y descampados antes de la llegada de los ancestros de los inuit, cuya tradición habla extensamente de ellos. Estas criaturas han sido descritas como salvajes hirsutos y violentos que viven en campamentos hechos de grandes piedras y huesos de ballena (vale señalar en este punto que la descripción coincide con la del almirante macedonio Nearcos, hace dos mil años, sobre el aspecto y vivienda de los gigantes salvajes que Vivían a lo largo de las costas del golfo Pérsico).

Ampliando detalles en su obra Things (Pyramid, 1967), Sanderson nos dice que los inuit dieron el nombre “toonijuk” a estas criaturas, agregando que es tan solo uno de muchos nombres que se les han dado (tornit ytuunik entre otros) y que según la creencia nativa, viven en valles remotos e inaccesibles. ¿Existirá alguna conexión entre estos seres de pesadilla y los petroglifos de “cabeza de diablo” que aparecen en la zona? Fred Bruemmer en su artículo “The Petroglyphs of Hudson Strait” (The Beaver, verano 1973) menciona que los acantilados de la isla de Qikertaaluk y sus cercanías reflejan rostros con cuernos, posiblemente dibujados por los chamanes inuit hace tan poco como 500 años. En 1970, según Bruemmer, las excavaciones en la isla Bylot produjeron dos grandes máscaras talladas de madera flotante y pintadas con ocre: una de las máscaras representaba un rostro “de poder y ferocidad casi demoníaca” que se asemejaba a los petroglifos.

Cabe mencionar que John Robert Colombo, autor e investigador del tema ovni, menciona en su UFOs over Canada (Hounslow, 1991) que algunos de los primeros ejemplos de arte rupestre en Canadá representan ilustraciones primitvas del contacto con seres no humanos. Entre ellos figuran petroglifos de “objetos voladores” de Christina, Colombia Británica, y el “hombre conejo” del parque provincial Bon Echo de Ontario.

El escritor George Eberhard escribió acerca de las tradiciones de los inuit de los territorios del Noroeste sobre las presencias no humanas en la zona. Mientras que estas tradiciones son de naturaleza folclórica, repletas de espíritus ancestrales y motivos religiosos, existe la posibilidad de que pueden describir eventos verídicos. Los inuit de la isla Sledge, por ejemplo, tienen una tradición que describe la llegada de un bólido que apareció de la nada, causando temor entre la tribu. Más alarmante aun fue la manifestación de un ente parecido a “un esqueleto humano” tras el fenómeno, que se apareció en la aldea inuit para masacrar a sus habitantes. Los nativos groenlandeses también tienen creencias peculiares, tal como la existencia de un reino subterráneo (¿interdimensional?) que es el dominio de los iserak, una raza de enanos que aparece y desparece dentro de la tierra. Parece ser que estos no humanos disponen de una tecnología más avanzada que la de los inuit, pero también se valen de arcos, flechas y lanzas para cazar la fauna ártica. Tumbas que contenían los restos de seres de un metro de estatura fueron descubiertas en 1632 por el explorador inglés Foxe. Los cadáveres, que parecían corresponder a adultos, estaban rodeados de arcos, flechas y lanzas de piedra. ¿Un sepulcro de los iserak?

El valle de los sin cabeza

El valle de Nahanni se encuentra en los extensos Territorios del Noroeste en la esquina suroriental de Canadá, entre las montañas Selwyn y Mackenzie, recibiendo el nombre del río que fluye por él. El derrotero sur del Nahanni es conocido por sus espectaculares cataratas – las cataratas de Virginia – y el magnífico paisaje natural de la zona, que representa hoy en día un sitio de recreo para los remeros de canoa y kayakistas que desean explorar el rio.

Sin embargo, el valle de Nahanni se ganó la fama de ser un lugar maldito, o por lo menos un lugar encantado, al comienzo del siglo XX. Impulsados por la fiebre de oro de Klondike a fines del siglo XIX, los gambusinos probaron su suerte en los terrenos fragosos de Canadá, esperando descubrir el blando metal amarillo que les haría ricos. Algunos de estos tozudos pero mal preparados mineros desaparecieron sin dejar rastro, dando lugar a rumores y especulaciones de toda índole: que los valles y profundas hondonadas del Nahanni albergaban un paraíso templado que era celosamente guardado por nativos hostiles y presidido por una “reina blanca”, siguiendo la tradición de H. Rider Haggard y Edgar Rice Burroughs.

Monstruos prehistóricos y vientos ululantes completaban el paisaje, hecho sustanciado por la presencia de dibujos de mastodontes y seres prehistóricos en el arte rupestre local. La imaginación creativa era capaz de llenar las numerosas cavernas de los desfiladeros de arenisca de la región con criaturas innombrables, pero…¿qué verdad se ocultaba tras el enigma?

En 1898, Jack Stanier y Joe Baird, dos gambusinos [gambusino: buscador de minerales preciosos, especialmente oro] que se habían apartado de los que esperaban hacerse ricos en el Klondike, lograron contratar los servicios de un guía nativo que les ayudó a negociar los pequeños desfiladeros que rodean las cataratas de Virginia, llevándolos directamente a la fuente del rio South Nahanni. Los gambusinos se proponían entrar al valle, pero su guía sufrió una “pesadilla” que le hizo titubear, y se negó a guiarlos más allá. En 1905, William y Frank McLeod entraron al valle y regresaron con una botella llena de pepitas de oro. Regresaron a buscar más, acompañados esta vez por un ingeniero, y jamás volvió a saberse de ellos, hasta que una misión de rescate encontró sus cadáveres decapitados en 1908, colgando de los árboles. Desde aquel momento, el Nahanni adquirió su funesto nombre, “el valle sin cabezas”.

La leyenda negra se crecentó tras la desaparición del gambusino noruego Martin Jorgenson en 1910. El esperanzado minero erigió una cabaña en las riberas del Nahanni que serviría de base a sus actividades de prospección. Aunque una carta indicaba que su misión había sido exitosa, Jorgenson jamás llegaría a disfrutar de su riqueza. Sus huesos fueron hallados a una docena de metros de las ruinas de su cabaña, agregando el detalle de que “una pistola cargada y lista para disparar” había sido hallada a su lado, como si el gambusino se hubiese decidido a defenderse contra fuerzas desconocidas. No obstante, nadie encontró su cráneo.

En su libro The Mysterious North (Knopf, 1956) el periodista Pierre Berton visitó el valle de Nahanni a petición del periódico Vancouver Sun y logró entrevistarse en 1947 con Willie McLeod, sobrino del gambusino desparecido. El segundo McLeod manifestó que los nativos ya no vivían en el valle y que se tomaban grandes molestias por evitarlo, internándose solamente en grupos. Otro gambusino, Bill King, advirtió a Berton que había visitado el valle en 1934, cuando un indio conocido como Big Charlie se ofreció a servir de guía. Pero el guía se sintió invadido por una sensación de pavor que le llevó a interrumpir el viaje. “Habíamos recorrido tal vez ciento setenta millas cuando decidió retroceder,” dijo King. “Sintió miedo, supongo, aunque no sé de qué. Tuve que regresar con él, por supuesto”.

¿Pavor repentino, o una visión de peligro inminente, como la que tuvo el guia de Stanier y Baird treinta y cinco años antes? Sería más importante, tal vez, preguntar si existen tribus de decapitadores en este paraíso natural. Otro criptozoólogo, Loren Coleman, nos informa en su The Field Guide To Bigfoot, Yeti and Other Mystery Primates Worldwide (Avon, 2000) acerca de un caso en 1964 en que el cazador John Baptist del asentamiento de Fort Liard se topó con un ser homínido desnudo al que describió como “de aspecto fornido y barbado”. Se dio parte sobre seres de aspecto parecido en Fort Simpson – en las riberas del rio Mackenzie. Conocidos como nuk-luko bosquimanos, es posible que estos seres primitivos sean los responsables de la siniestra reputación del valle de Nahanni.

Los enigmáticos toonijuk

La investigadora Katherine Scherman, cuyas labores la llevaron al norte del círculo polar como parte de una misión científica organizada por la ornitóloga Rosario Mazzeo, nos ofrece detalles fascinantes sobre los enigmáticos toonijuk en su libro Spring on an Arctic Island(Little,Brown,1956). La evidencia de la ocupación de esta región septentrional de las Américas antes de la llegada de los inuit se remonta 10,000- 17,000 años, y se le conoce como la tradición paleoartica. La evidencia física consiste mayormente de artefactos de piedra – microlascas y bifrontales diminutos – hallados en lugares que van desde Alaska a la isla Baffin, donde corresponden a la cultura Pre-Dorset, expulsada del noreste de Canadá y Groenlandia por los recién llegados.

“Los toonijuk”, escribe Scherman, “no eran esquimales y nadie sabe a ciencia cierta quienes era ni cuál fue su suerte. Los esquimales aseveran que eran muy grandes, y con costumbres extrañas y asquerosas”. Entre dichas costumbres figuraba una preferencia por la carne podrida y el uso de pieles animales sin curtir. Scherman visitó la isla Bylot al otro lado del estrecho que la separa de la gran isla Baffin. Según sus anfitriones, Bylot contenía los restos de un campamento o asentamiento de los toonijuk. La investigadora se quedó sorprendida por la profundidad a la que se habían hundido las piedras de soporte en el permafrost, sugiriendo que los toonijuk tenían fuerzas prodigiosas o herramientas más avanzadas que la piedra y los huesos de reno. La tradición esquimal sostiene que la desparecida raza de gigantes degenerados era capaz de levantar piedras de gran tamaño. Las ruinas del asentamiento también contenían restos de costillares y mandíbulas de ballenas, y Scherman fijó su atención en un túmulo que contenía huesos humanos de gran tamaño, que pudieron haber sido los de un toonijuk. No se realizaron esfuerzos adicionales por investigar el sitio, puesto que la expedición no disponía de personal capacitado para ello. Los toonijuk, concluye la autora “son figuras nebulosas en la memoria de otra raza primitiva que tampoco dispone de escritura ni historia”.

En la actualidad, la isla Bylot es un santuario de aves polares bajo la administración de Parks Canada, el servicio forestal canadiense, y el campamento de los toonijuk forma parte del Parque Nacional Sirmilik, establecido en 1992. Desconocemos la suerte del túmulo descrito por Scherman. En 1961, el antropólogo francés B.S. d’Anglure se propuso buscar una necrópolis inuit hallada por el meteorólogo F.F. Payne a mediados de 1880, pero las tumbas eran tan numerosas que no pudo localizar la que le interesaba. En Groenlandia, al otro lado de la bahía de Baffin, ha sentido la presencia seres del tipo yeti desde 1930; en 1974 el cientifico Turgo Sondheim tuvo la osadía de sugerir la posibilidad de que dichos seres humanoides, y los objetos no identificados vistos por pilotos de la Real Fuerza Aerea Danesa, procedían de una civilización oculta en una región inexplorada de la isla

Misterios y Conspiraciones

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