EL MISTERIO DEL DIAMANTE HOPE.

EL MISTERIO DEL DIAMANTE HOPE.

El Misterio De Los “Extraterrestres Gigantes”
El Misterio de Los Animales Encontrados Dentro de Piedras
El misterio de la Quiromancia

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El Misterio del diamante Hope.

 

En la sala de joyas del Instituto Smithsoniano, en Washington, D.C., una larga fila de visitantes pasaba frente a una vitrina de cristal a prueba de balas. Allí, refulgía quizá la más famosa y sensacional joya de la Tierra. En su sarta de 62 diamantes más pequeños, el iluminado diamante Hope parecía un malévolo ojo azul que devolvía la mirada a quienes lo veían.

La piedra original, de la cual el diamante Hope, de 44 ½ quilates, es al parecer una porción, se descubrió en la India hace casi 350 años. En aquella época era más de dos veces y media mayor. Aunque al tallarlo se ha reducido su volumen, la pieza todavía da la impresión de grandeza.

Sus singulares cualidades lo distinguieron de otros enormes diamantes y lo convirtieron en la principal atracción del Museo Smithsoniano de Historia Natural. Es perfecto: en él no se pueden descubrir rayas, grietas ni otras impurezas. Véase mi artículo sobre diamantes para darse una idea del asunto de los quilates y la pureza de los mismos. (Aunque con frecuencia las piedras de un quilate o un poco más grandes ─como las de un anillo de compromiso─ no tienen defectos, esto resulta insólito en una piedra tan grande como el diamante Hope). Y más insólito aún resulta su color: un increíble azul plomizo. Las dos veces que ha salido del Smithsoniano ─una vez para ser exhibido en el Museo del Louvre y otra vez en Sudáfrica─ ha sido asegurado en  un millón de dólares. Sin embargo, como dijo un funcionario del Smithsoniano:

¿Cómo se puede poner precio a un objeto irremplazable? Quizá el millón de dólares sirva para que uno se sienta algo consolado si se perdiera, pero ese dinero no podría sustituir al diamante Hope. Escúchelo bien, caballero: nada puede sustituirlo”.

En efecto, la historia del diamante Hope es extraordinaria. De acuerdo con la leyenda, ha deparado más mala suerte a sus dueños que la que podrían haberles causado todas las maldiciones que las brujas o el tesoro de Tutankamón juntas hayan podido lanzar.

La historia del diamante Hope comienza con el joyero francés Jean Baptiste Tavernier. En 1668, llevó a Europa, partiendo de la India, una colección de joyas que incluía lo que ahora los historiadores suponen era el diamante Hope, y otros 44 diamantes grandes y 1122 más pequeños. El Rey Luis XIV de Francia le pagó felizmente a Baptiste una suma equivalente a 900 mil dólares por toda la remesa (al índice inflacionario de la actualidad). En aquella época el diamante, que aún no se llamaba Hope, pesaba 112 ½ quilates y se le designaba con el nombre oficial de “el diamante azul de la corona”, ese fue su primer nombre.

La piedra estaba labrada toscamente, y para aumentar su fulgor, Luis la mando tallar nuevamente en forma de un corazón de 67 1/8 quilates.

Fue poco tiempo después que comenzó la pesadilla. Nuestro buen Luis se vio atormentado por el infortunio. Su nieto favorito, el duque de Borgoña, murió repentinamente. Las glorias del campo de batalla de sus primeros tiempos comenzaron a malograrse, y cometió el error de casarse con Madame de Maintenon, fanática religiosa que lo hizo desgraciado. Más tarde se supo que Tavernier había muerto en Rusia despedazado por perros salvajes.

Cuando Luis XVI heredó el diamante, no sólo recibió una piedra hermosa, también recibió la revolución francesa y su real cuello recibiría la Guillotina. Su esposa la reina María Antonieta también terminaría de igual modo. En 1792, durante la revolución, el Tesoro francés fue saqueado y el diamante Hope desapareció hasta 1830. Durante ese tiempo Goya pinto un retrato de la Reina María Luisa de España adornada con una joya muy parecida al diamante Hope. Se supone que los miembros de la realeza francesa sacaron el diamante del país y lo entregaron a los españoles o que los españoles lo compraron a quienes lo habían robado.

Según la leyenda, la joya apareció luego en manos de un diamantista holandés de nombre Wilhelm Fals, quien la labró en la forma que tiene actualmente, quizá para dificultar en lo posible que el Gobierno francés la reclamara. Hendrik, el hijo de Fals, no tardó en robarle la joya a su padre y la llevó a Londres, donde, en causas muy misteriosas, se quitó la vida.

Pocos años después, el diamante fue vendido a un coleccionista de gemas llamado Henry Philip Hope, de quien tomó su nombre actual. Henry Thomas Hope, banquero irlandés, heredó el diamante de su tío y, posteriormente, lo exhibió en la Exposición del palacio de Cristal, en 1851, donde fue muy admirado, pero nadie se preocupaba aún de su papel como portador de mala suerte. A principios de siglo, nuestro amigo el diamante Hope y otras joyas de la colección Hope se vendieron en Londres en una subasta de Jacques Celot, comerciante de París, quien pronto enloqueció sin causa aparente y luego se suicidó. Fue entonces que lo compró un ruso llamado Kanitovski. Este ruso murió apuñalado podo después.

El siguiente dueño fue el comerciante Habib Bey, quien se ahogó junto con su familia frente a Gibraltar. Siguiendo con la leyenda, el diamante fue vendido entonces a Simón Montharides, quien a su vez lo vendió a Abdul Hamid II, sultán de Turquía.

El pobre Simón aún estaba contando sus ganancias cuando decidió salir a pasear con su mujer e hijo en auto, y el vehículo se despeñó por un precipicio muriendo los tres ocupantes. En cuanto a Abdul, fue depuesto por los “jóvenes Turcos” en 1909.

De nuevo, el diamante Hope apareció en París, esta vez en manos del joyero Pierre Cartier, que lo vendió a Evalyn Walsh McLean, de Washington, quien era hija del opulento minero Thomas Walsh y esposa de Ned McLean, hijo del editor del Washington Post y de Cincinnati Enquirer.

Evalyn pagó 154 mil dólares por el diamante, y la prensa estimaba que a los McLean les costaría otros 24 mil dólares adicionales al año por concepto de seguro y guardias para cuidarlo.

Al comprar el diamante, los McLean también adquirieron un bono extra en forma de desventuras. En 1918, cuando asistían a las famosas carreras de caballo del Kentucky Derby, su hijo Vinson, de ocho años, se escapó de sus guardaespaldas (como ustedes recordarán mejor que yo, se temía que el niñato fuera secuestrado), corrió hacia una carretera y murió atropellado por un auto. Poco después, Ned McLean se aficionó a la bebida y con el tiempo perdió la razón y sus periódicos. Una hija murió por haber ingerido una dosis excesivas de pastillas para dormir. Y para agregar más insulto al agravio, en diciembre de 1967, Evalyn McLean, de 25 años, nieta y tocaya de la señora McLean, fue hallada muerta en su casa de Plano (Texas), envenenada con alcohol y barbitúricos.

Después de la muerte de la señora McLean, en 1947, el joyero Harry Winston compró su colección de piedras preciosas valorada en más de 1,100,000 dólares (más tarde vendió toda la colección, excluyendo el diamante Hope, por 2 millones de dólares). Winston envió el enorme diamante en un recorrido de exhibición junto con otras famosas joyas. En nueve años el diamante Hope viajó casi 650 mil kilómetros, fue visto por 5 millones de personas y produjo una utilidad de más de un millón de dólares para obras de beneficencia. En 1957 Winston empezó a negociar con el Instituto Smithsoniano para donarle el diamante como pieza central de una colección de joyas similar a la de la Corona de la Torre de Londres. El Instituto aceptó, y el 8 de noviembre de 1958, el diamante azul fue colocado en una caja forrada de gamuza, envuelta en papel estraza y llevado al correo de Nueva York para enviarlo a Washington. (Los negociantes de diamantes creen que este es el mejor método y más seguro para el envío de joyas.) El paquete, debidamente rotulado y sellado, se llevó entonces a una sección de la oficina del correo denominada Estación Cerrada, que está vigilada constantemente por inspectores postales y guardias armados. De allí lo llevaron a su destino, siempre vigilado por guardias. Asegurado en un millón de dólares, el envío costó a Washington la suma de 145 dólares con 29 centavos.

Se cree que el maleficio no afectó a Harry Winston, que durante 9 años fue el dueño del diamante Hope, porque nunca lo codició.

Cuando el escritor James Stewart-Gordon visitó el Instituto Smithsoniano, el Dr. George Switzer, curador de la colección de gemas del museo, le ofreció permitirle tocar el diamante. Lo que sigue fue lo que escribió en un artículo:

Me dije a mí mismo que la superstición es una solemne tontería y que el diamante Hope es un objeto inanimado que no puede perjudicar a nadie. Sin embargo, en aquel momento recordé un compromiso urgente, muy lejos de allí. En el aeropuerto no tomé ninguna precaución, aparte de comprar mi acostumbrado seguro de vuelo… tres veces por si acaso.”

Misterios y Conspiraciones

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