ZE ARIGO “El médico psiquico”

ZE ARIGO “El médico psiquico”

Con la única ayuda de un cuchillo oxidado, trató a más de 300 pacientes al día durante alrededor de veinte años, creando una

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Con la única ayuda de un cuchillo oxidado, trató a más de 300 pacientes al día durante alrededor de veinte años, creando una gran controversia en el seno de la comunidad científica. No seré yo el que me posicione a favor o en contra, pero el caso de José Pedro de Freitas, más conocido como Zé Arigó, “el cirujano psíquico”, bien merece ser recordado. No en vano, hasta la prestigiosa revista British Medical Journal se interesó en el año 2007 por sus supuestas sanaciones.

José Pedro de Freitas, nacido en una humilde familia de campesinos en el estado de Minas Gerais,Brasil, en octubre de 1921, apenas sin estudios, comenzó a trabajar como minero a los 14 años. En 1950, comenzó a sufrir fuertes dolores de cabeza e insomnio, y a menudo caía en estado de trance con ciertas visiones. Durante una de sus visiones, Freitas observó a un “hombre calvo”, vestido con un delantal blanco que supervisaba a un equipo de médicos y enfermeras en un gran quirófano. Según el propio Freitas, ese hombre era el Dr. Adolphus Fritz. Freitas afirmó que el espíritu del Dr. Fritz le había poseído, revelándole que él había sido un médico alemán que murió en 1918 durante la Primera Guerra Mundial, y le dijo que continuara su trabajo. A partir de ese momento, Freitas comenzó a demostrar lo que se presumían increíbles dotes médicas, haciéndose famoso bajo el nombre de Zé Arigó. Cabe decir que los únicos datos biográficos del Dr. Fritz son los referenciados por el propio Arigó,  ya que según investigaciones realizadas no hay ningún registro acerca del Dr. Adolphus Fritz, lo que no significa que no existiera, ya que fueron muchos los registros eliminados durante la Segunda Guerra Mundial

Quiso la casualidad que poco tiempo después de su canalización, Arigó coincidiera con Lucio Bittencourt, un senador estatal que había sido diagnosticado de un tumor canceroso que requería tratamiento inmediato. Bittencourt despertó una noche viendo a Arigó de pie junto a él con una navaja en la mano diciéndole que la cirugía inmediata era necesaria. Bittencourt se desmayó y cuando despertó vio su pijama ensangrentado con una incisión en la parte trasera de su caja torácica. Bittencourt fue a su propio médico que después de realizarle varias radiografías, informó al senador que su tumor había desapareció milagrosamente, y que creía que le habían realizado una operación con una técnica avanzada y desconocida para él, sólo disponible en los Estados Unidos en esos momentos.

Después de curar al senador, Zé Arigó gano popularidad en todo Brasil por su habilidad para realizar cirugías exitosas en las personas mediante unas insalubres y poco ortodoxas habilidades quirúrgicas sin ningún tipo de dolor, ni la necesidad de realizar los puntos de sutura en las operaciones. Dicen que a pesar de que sus instrumentos no estaban esterilizados nunca hubo una infección posterior a la operación. A pesar de tener poca educación y sin formación médica alguna Arigó abrió una pequeña clínica y comenzó a llevar a cabo procedimientos médicos de forma gratuita utilizando poco más que sus propias manos, un cuchillo oxidado o un par de tijeras, y, al parecer, la experiencia del Dr. Fritz desde el más allá.

Arigó realizó miles de operaciones quirúrgicas en condiciones insalubres, con su nada recomendable instrumental médico y bajo un estado de trance y supuestamente poseído por el espíritu del Dr. Fritz, atendiendo a centenares de personas al día que aceptaban de buen grado sus procedimientos, entre los cuales, a menudo, se incluían profesionales de la medicina. Uno de esos médicos fue el Dr. Andrija Puharich, médico investigador y parapsicólogo, que documentó muchas de las cirugías sorprendentes de Arigó. Muchos de sus pacientes eran campesinos pobres, pero también solicitaron de su habilidad líderes políticos, abogados, científicos, aristócratas y dicen que hasta respetados médicos de todo el mundo.

En 1956, bajo la presión de la comunidad médica y de la Iglesia Católica, se le acusó de practicar “medicina ilegal”. A pesar de contar en su defensa con decenas de informes favorables, algunos suscritos por intelectuales o famosos periodistas que afirmaban haber sido testigos directos de las sanaciones, Arigó fue condenado a 15 meses de cárcel y a una multa de 5.000 cruzeiros. El tribunal de apelación redujo posteriormente la condena a ocho meses y permitió que Arigó tuviera un año de libertad condicional antes de que entrara en prisión. En mayo de 1958, el presidente Juscelino Kubitschek concedió a Arigó un indulto presidencial, aunque cuando abandonó su cargo perdió el indulto presidencial para volver a la cárcel el 20 de noviembre de 1964, condenado nuevamente a 16 meses. Algo curioso fue que debido al respeto que todos le tenían ni un solo policía fue capaz de llevar a Arigó a la cárcel, y tuvo que ser él mismo quien se dirigiera a la prisión.

Después de sofocar un motín, el alcaide le dio la oportunidad de que se fuera cuando quisiera, Arigó aprovechó la circunstancia para continuar visitando a los enfermos que hacían cola en el exterior de la penitenciaria. Arigó murió el 1 de Noviembre de 1971 en un accidente de coche.

Robert Laidlaw, el ex director de psiquiatría del Hospital Roosevelt tuvo la oportunidad de observar que el rostro de Arigó asumía una expresión bastante poco habitual cuando operaba, que las manos y los dedos se movían con sorprendente velocidad y destreza cuando trabajaba, incluso cuando miraba a otra parte, y que las incisiones se “unían” sin necesidad de puntos de sutura. Laidlaw no podía explicar cómo había adquirido Arigó esas habilidades quirúrgicas que estaban más allá de las capacidades de los mejores cirujanos. ¿Realidad? ¿Fraude? Más allá del escepticismo de muchos, y las muchas dudas que el caso suscita en otros, entre los que me incluyo, lo que no se puede negar, dada la gran documentación que existe,  es qué Arigó hizo incisiones reales que sangraban poco y sanaban a pesar de las condiciones poco higiénicas, que sus pacientes experimentaban poco o ningún dolor durante o después de sus operaciones quirúrgicas a pesar de la falta de anestésicos, y que fue capaz de diagnosticar enfermedades y realizar recetas exactas a pesar de no haber tenido ningún tipo de educación médica.

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