Homo sapiens en épocas “imposibles”: se sigue negando la evidencia

Homo sapiens en épocas “imposibles”: se sigue negando la evidencia

    ¿Nos podemos creer las propuestas de la ciencia oficial sobre la evolución de los humanos (si es que hubo tal)

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Homo sapiens en épocas “imposibles”: se sigue negando la evidencia

¿Nos podemos creer las propuestas de la ciencia oficial sobre la evolución de los humanos (si es que hubo tal) cuando sabemos que se han ocultado o tergiversado pruebas significativas desde hace más de un siglo? En varias ocasiones me he referido a esta polémica y a las pruebas presentadas por varios investigadores alternativos –como en particular Michael Cremo– que abren un enorme interrogante sobre la teoría de la evolución aplicada la especie humana, pues recordemos que bastaría la confirmación de un solo fallo o anomalía para desmoronar la teoría, de acuerdo al principio de la falsabilidad. 

El agravante es que no hablamos de una sola prueba, sino de varias, que ya surgieron durante el siglo XIX y que siguen apareciendo en el siglo XXI. El estamento académico, empero, prefiere mirar para otro lado y rechaza estas observaciones anómalas, simplemente ignorándolas o bien aduciendo que se trata de errores, falsificaciones o malas interpretaciones que han sido empleadas por los autores alternativos sólo para apuntalar unas posturas claramente creacionistas.

Homo sapiens en épocas “imposibles”: se sigue negando la evidencia
Pleistocene Coalition News
A este respecto, quisiera destacar un notable artículo del investigador independiente Richard Dullum, publicado recientemente en el boletín de la Pleistocene Coalition[1]. En este documento, Dullum pone el dedo en la llaga sobre la antigüedad del Homo sapiens con una serie de hallazgos –algunos de ellos bastante modernos– que llaman la atención por la manera en que han sido interpretados por la arqueología ortodoxa. El punto de partida de Dullum fue el cuestionamiento que se hizo en 2016 sobre la “paternidad” de ciertos huesos de manos de homínidos que habían sido datados en fechas muy remotas. En concreto, Dullum se fijó en un tercer metacarpiano de aspecto moderno hallado en África por Carol V. Ward, en un estrato de origen volcánico datado en 1,42 millones de años. El Dr. Rick Potts, un conservador del Smithsonian Institution, le dio una explicación: se trataba de un hueso más robusto que el de un humano moderno (sapiens) y además era bien sabido que en la zona se habían encontrado numerosos restos de H. erectus, lo que venía a cerrar las supuestas dudas. No obstante, Richard Dullum no resultó convencido por esos argumentos, pues según los pocos restos disponibles de manos de erectus,el ejemplar en cuestión parecía más grácil, más propio de humanos modernos.
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Cuatro vistas de la falange del OH 86

Con estos antecedentes, Dullum saca ahora a la palestra un dato proporcionado por Michael Cremo en sus recientes investigaciones sobre otro hueso de mano harto sospechoso. En este caso se trata de un hueso desenterrado cerca de Olduvai (Tanzania) que formaría parte un espécimen de homínido clasificado como OH 86, con una antigüedad de 1,84 millones de años. Esta pieza, una 3ª falange de la mano izquierda, fue objeto de una publicación científica[2]en 2015 en la cual se reconocía que era el espécimen fósil más antiguo dentro de la variación humana (o sea, el género Homo) y se decía en concreto lo siguiente:

“Tomados en conjunto, estos resultados llevan a la conclusión que el OH 86 representa una especie de homínino diferente del taxón representado por el OH 7 (Homo habilis), y cuyas afinidades morfológicas más próximas son con el moderno Homo sapiens. Sin embargo, la edad geológica del OH 86 obviamente precede su asignación al Homo sapiens.”

A partir de aquí, Dullum realiza una serie de agudas observaciones. En primer lugar, remarca que es un hueso aún más antiguo que el citado anteriormente, que ya tenía un aspecto muy semejante a los huesos de los humanos modernos. En este caso específico del OH 86, Dullum aprecia que –a la vista de las fotografías– esta falange es prácticamente equiparable a la de un humano actual. No obstante, los autores del artículo evitan expresamente hablar de un hueso humano moderno (en su morfología) y recurren a la expresión citada: “especie diferente del taxón de H. habilis”.

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Paisaje de la Garganta de Olduvai

En segundo lugar, Rick Dullum toma como referencia comparativa el propio contexto de otros hallazgos de la misma región de África, como el caso de una serie de huellas identificadas en Illeret, cerca del lago Turkana (Kenya). Estas huellas de pisadas se han datado –en base a la estratigrafía– en un margen de entre 1,50 y 1,54 millones de años, y muestran un pie de clara morfología humana moderna y que por su tamaño podrían corresponder a un Homo ergaster (o erectus), lo que encajaría en el habitual marco cronológico evolutivo que aplican los paleontólogosSin embargo, Dullum apunta acertadamente que –al igual que lo sucedido con las famosas huellas de Laetoli (Tanzania)– ante la evidencia de unas huellas de aspecto moderno simplemente se las adjudica, por puro prejuicio, al homínido que “debía estar allí en aquella época”, descartando de pleno la posibilidad de que hubieran sido realizadas por humanos anatómicamente modernos.

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Cráneo de Homo erectus

En tercer lugar, Dullum pone de manifiesto que hasta la fecha no se han encontrado suficientes restos óseos de Homo erectus (más allá de cráneos) que permitan realizar con garantías estas asignaciones. De hecho, no hay disponibles huesos de manos o de pies completos asignados a esta especie que puedan sustentar comparaciones válidas con los mencionados restos hallados en África. El pariente más cercano al H. erectusque se movería en las cronologías tan antiguas antes citadas es el Homo habilis, y lo que sabemos hasta ahora por los restos de sus extremidades es que posiblemente tenía un tipo de vida arborícola y una locomoción ayudada por las manos (sobre nudillos), todo lo cual es típico de los simios. Además, según la propia ortodoxia paleontológica, el H. habilis es considerado actualmente una vía evolutiva muerta.

En cuarto lugar, se plantea el tema de la improbable involución de rasgos avanzados en la anatomía de pies y manos. Dullum saca a colación el famoso espécimen del hobbit (Homo floresiensis) de la isla de Flores, que tenía unas manos y unos pies bastante simiescos. Si se quiere aceptar –tomando las evidencias africanas– que el H. erectus ya tenía un pie prácticamente igual al nuestro y también que el H. floresiensis descendería de un H. erectus asiático, ¿cómo se explica una involución anatómica tan marcada en esas características (aparte de la más que notable disminución en la talla)? ¿Es que la evolución va para atrás? Lógicamente, hay muchas cosas que no cuadran y en realidad muchos expertos admiten estar perdidos en cuanto al origen evolutivo del hobbit, más allá de las meras especulaciones.
Pero aún hay más. Dullum finalmente nos recuerda que existen unos pocos hallazgos paleontológicos africanos muy llamativos –por disonantes– que han pasado a mejor vida. Se trata, en efecto, de antiguos descubrimientos que en su día fueron descartados, marginados o menospreciados en el ámbito del debate científico, dando por hecho que en el pasado los errores y las confusiones eran bastante más habituales (aunque tal vez deberíamos pensar que perdieron su validez o interés por no coincidir con el dogma imperante). Por ejemplo, tenemos el llamado esqueleto Reck, hallado en 1913 en la misma zona de la Garganta de Olduvai por el alemán Hans Reck. Se trataba de un esqueleto de humano anatómicamente moderno que estaba incrustado en bloque de dura caliza, hasta el punto de tener que ser extraído a golpe de cincel[3]. La datación geológica se iba a los 1,15 millones de años. En este punto, cabe resaltar que Reck era un paleontólogo y geólogo competente y que no observó ningún tipo de intrusión de capas superiores, lo que hubiera podido justificar la presencia de un humano moderno en un estrato extremadamente antiguo. Además, el prestigioso Louis Leakey –que colaboró intensamente con Reck– estuvo presente en 1931 en el lugar donde tuvo lugar la extracción del fósil y tampoco observó ninguna irregularidad geológica, confirmado la datación de Reck. 
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El paleontólogo Louis Leakey

De hecho, como destaca Dullum, el propio Louis Leakey halló en sus excavaciones algunos huesos humanos de aspecto moderno, como el descubrimiento de la mandíbula de Kanam en 1932, que tenía un mentón muy similar al del Homo sapiens, pero con una datación de 1,9 millones de años. En realidad, esa mandíbula se podía equiparar perfectamente a la encontrada en Cave of Hearths (Sudáfrica), de una antigüedad estimada en unos 200.000 años, y que se considera de la época en que supuestamente apareció el H. sapiens en África[4]. Todo esto configura un escenario en que el H. sapiens se sale de su camino evolutivo prefijado por los paleontólogos y aparece mezclado o solapado en el tiempo con sus presuntos ancestros. Por otro lado, esta enorme antigüedad de restos de (supuestos) sapiens en África podría explicar también –a juicio de Dullum– las huellas de pisadas humanas en Happisburgh (Gran Bretaña) de aspecto anatómicamente moderno con una cronología de alrededor de un millón de años, así como la presencia de un esqueleto “moderno” en Ipswich, tal como fue hallado por J. R. Moir a inicios del siglo XX con una datación similar.

Sobre todo este argumentario hay que ser muy cauto, teniendo en cuenta la escasez de restos fósiles completos, lo que deja en suspenso muchas de las interpretaciones que pudiéramos hacer sobre aspectos parciales. Ahora bien, no podemos negar la relevancia de las pruebas y datos disponibles ni tampoco podemos cerrar la puerta a todas las opciones mientras no se pueda demostrar su falsabilidad, tal como marca el método científico. Así, tenemos el problema de no disponer ni de manos ni pies completos de especímenes tan importantes como el H. ergaster/erectus, el H. antecessor o el H. heilderbergensis, lo que dificulta las comparaciones con la anatomía de los humanos modernos. En cambio, lo que sí tenemos, como recalca Dullum, son huesos de manos y pies de australopitecos, H. habilis,y neandertales, lo que permite realizar comparaciones precisas con el H. sapiens. En estos casos vemos muy claras diferencias anatómicas, y sobre todo se constata que sólo los neandertales y los humanos modernos muestran una apófisis estiloides en el tercer hueso metacarpiano. Es el mismo rasgo apreciado en los huesos hallados en África con una antigüedad de 1,42 millones de años, lo que una vez más podría ser indicativo de la existencia de humanos modernos en el Pleistoceno, lo que para el estamento académico sigue siendo un anatema.
Sólo a modo de conclusión, me debo referir a una serie de elementos que ya he comentado ampliamente en anteriores artículos sobre el origen y supuesta evolución del ser humano a partir de las no menos supuestas mutaciones aleatorias. Así, es evidente que cada vez se van acumulando más hallazgos que confirman que muchos homínidos que se creían ancestros del sapiens resulta que convivieron con él, y el propio sapienspodría ser mucho más antiguo de lo que se reconoce hasta ahora. Estamos quizá en un escenario de solapamiento y convivencia de diversas variedades de humanos –con rasgos más o menos arcaicos o modernos– en épocas muy extensas, y además ya existe evidencia genética de que hubo cruce entre dichas variedades, incluso entre algunas que navegan en un limbo de pruebas físicas, como los famosos denisovanos.
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Huella de Laetoli

Frente a este complejo panorama que –como mínimo– invita a la duda y la revisión de los principios hasta ahora sostenidos por la ciencia oficial, los académicos no están por la labor de moverse apenas del dogma establecido por Darwin y consolidado por las corrientes neodarwinistas durante más de un siglo. Como hemos visto, los expertos prefieren hablar de una nueva especie humana desconocida antes que reconocer que los restos son prácticamente idénticos a los del H. sapiens. Con todo, lo que ya es más difícil de sostener es la aparición de rasgos claramente modernos en homínidos muy arcaicos, si es que hemos de creer que hubo una evolución progresiva. Esto cae por su propio peso, y todavía se ve mejor en el asunto de las huellas de Laetoli, porque el pie simiesco de un australopiteco nunca pudo haber realizado pisadas de aspecto “moderno”, a menos que el tal australopiteco fuera un espécimen anómalo. Claro que si empezáramos a echar mano de las anomalías como algo aceptable que no niega ni perturba la teoría, podríamos excluir prácticamente cualquier problema que pudiera afectar a la validez de la propia teoría.

En definitiva, la cuestión no es poco grave para el pensamiento único oficial. Si aceptamos la presencia de humanos perfectamente modernos y “evolucionados” como nosotros en una cronología tan remota (más de un millón de años), y conviviendo además con otros homínidos más “primitivos”, entonces podríamos sugerir que no hubo “evolución”, sino una diversidad de humanos con sus características y capacidades, cuyo origen es todavía incierto. Esto implicaría, de algún modo, que no hubo mejora ni avance ni progreso por selección natural u otros mecanismos. Admitir esta premisa sería sin duda el primer paso para demoler el edificio evolucionista, pero el dogma establecido obliga a sus acólitos a rehusar frontalmente esta herejía, a pesar de las pruebas. Por consiguiente, mucho me temo que no estamos ante verdadera ciencia, sino ante una religión como la que ellos dicen rechazar.
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