El demonio de la catedral de México

El demonio de la catedral de México

    La Catedral de la Ciudad de México cuenta con amplios sótanos en los que al parecer se albergan algunos misterios, como

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La Catedral de la Ciudad de México cuenta con amplios sótanos en los que al parecer se albergan algunos misterios, como el del «Demonio de la Catedral», que espantó a muchas personas en el año 1629.

El demonio de la catedral de México
Los escritos de esta interesante narración fueron localizados por el investigador norteamericano Robert Freeman, colaborador de la revista FATE. De acuerdo a sus informes, los hechos tuvieron lugar durante las últimas etapas de la construcción del templo, agregándose que por su importancia existen numerosos testimonios de ello en los archivos eclesiásticos. El manuscrito original donde se relatan estos hechos fueron proporcionados por un profesor mexicano cuya familia lo guardaba desde hacía mucho tiempo.
Todo comenzó con la inundación ocurrida en 1625 «Por este tiempo los superiores de la orden de los monjes Franciscanos, que hasta entonces habían celebrado sus ceremonias religiosas en la casa de Hernán Cortés, decidieron usar para tal fin una capilla inconclusa ubicada dentro de la Catedral, en aquel lugar, y para su comodidad, instalaron sus claustros.
En el año 1629 las aguas del lago que rodeaba a la Ciudad de México se elevaron a un nivel sin precedentes inundando gran parte de la urbe. Entre los sitios invadidos se encontraba la Catedral, cuya base desapareció bajo el pantanoso líquido. Esto tuvo por resultado que se interrumpieran los trabajos de construcción que se realizaban en la Catedral.
Un día dos monjes descubrieron, con sorpresa y alarma, un sarcófago de mármol ubicado dentro de un pasillo de la Catedral, que antes había estado vacío. El objeto medía más de dos metros de largo por uno de ancho y estaba medio sumergido en el agua lodosa».
La «cosa» dentro del Sarcófago «Los monjes corrieron a contarle a su superior acerca del asombroso descubrimiento y él decidió investigar por sí mismo, por lo que tomando un candelabro se dirigió al sarcófago. Lo primero que notó fué que había en la tapa un hoyo de unos ocho por diez centímetros cuyas orillas se encontraban sucias y viejas. Alumbró con el candelabro el agujero para tratar de ver lo que estaba adentro y, entonces, emitió un espantoso grito y tapándose los ojos huyó del lugar a toda carrera. Más tarde y ya tranquilo explico que había gritado al ver que algo se movía dentro de la caja; agregó que había notado más detalles que conferían al asunto un halo horrible; adentro había algo que no era ni humano ni animal, algo horripilante que le heló la sangre en las venas por la mirada de maldad e intenso odio que tenía. «Aquello» no hizo ningun ruido, pero inmediatamente se apartó del hoyo bajo la mirada atónita del monje. Los acompañantes del superior agregaron que al mismo tiempo que esto ocurría se escuchó dentro de la caja el ruido de algo que se escurria y la estancia se lleno de un olor blasfemo».
Un Demonio Prisionero «Nadie pudo explicar cuál era la finalidad de guardar semejante objeto profano en una Catedral sangrada, salvo que de esta manera se tratara de cuidar al mundo de los terribles poderes del ser que contenía el Sarcofago. En este caso, la iglesia le servía de prisión al demonio, evitando que pudiera hacer daño; sin embargo, nadie supo cómo había llegado ahí ni cuál era su origen. Los monjes estaban seguros que los restos no eran de un cristiano, ya que no había ninguna cruz grabada en el sarcófago; por otra parte, tampoco era posible apreciar algún tipo de nombre, fecha o indicio de su origen. Una mañana, poco días después de que la inundación había cedido, un grupo de monjes se reunió alrededor del sarcófago y uno de ellos se sentó sobre la tapa, cubriendo con su hábito el agujero de la misma. Poco después, al levantarse el monje, sus compañeros notaron que su ropa estaba rota y no encontraron el pedazo faltante. Nadie le dio mucha importancia al incidente y todos consideraron que el hábito se había roto antes, atorándose en algún clavo.
Paso el tiempo y fue inútil la búsqueda del nicho donde se suponía había estado antes el sarcófago; ni siquiera las reiteradas exigencias de que se buscara, realizadas por el jefe de los arquitectos, dieron resultado».
La partitura inexplicablemente quemada «Varias semanas después, un joven organista llamado Fermín de Huesca fue a la Catedral a fin de probar el gran órgano español que los trabajadores acababan de montar. No habiendo estado ahí durante la inundación, se sorprendió al ver el sarcófago en el pasillo. Vencido por la curiosidad se acercó y se inclinó sobre el ataúd tratándo de ver qué contenía. Como no distinguiera nada, enrolló una partitura y la metió por el agujero de la tabla. De pronto, escuchó un crujido en el interior y algo se aferró al papel. El organista retiró bruscamente las hojas y lanzó un grito al ver que una buena parte había sido arrancada y que la orilla del pedazo que aún tenía en las manos estaba quemada.
El hombre echó a correr aterrorizado y se topó con uno de los sacerdotes, que lo tranquilizó con muchos trabajos. El monje dijo al organista que seguramente una rata le había arrebatado parte del papel, pero el músico siguió insistiendo una y otra vez en que el jalón había sido muy fuerte para tratarse de un roedor y que, por otra parte, era imposible explicar la razón de que las hojas se hubieran quemado».
Se intenta un Exorcismo «Alarmado por estas cosas, el padre superior de la orden decidió que era hora de abrir el sarcófago y conocer su contenido, y para este menester se hizo acompañar por miembros del Santo Oficio y otros clérigo. Ya reunidos decidieron no correr riesgos con el ser que pudiera estar dentro del ataúd, y se prepararon para efectuar el exorcismo. Los representantes de la iglesia ordenaron vaciar el recinto y pusieron a una persona cuidando la puerta con órdenes de no dejar pasar a nadie. Luego, se reunieron alrededor del sarcófago y trataron de levantar la tapa. Su primer intento falló lamentablemente pues el mármol no se movió ni un centimetro. Pero, de pronto, cuando uno de los padres murmuró unas palabras en latín, la tapa salió volando y quedo a un lado sin causar daño alguno. Fue como si las puertas del mismo infierno hubieran sido abiertas. La tierra tembló bajo sus pies, escucharon los candelabros de plata y bronce chocar entre sí, y acompañando todas estas horribles señales se percibía una combinación indescriptible de grito y rugido que heria despiadadmente sus oídos. Y, ante los espantados ojos de todos los ahí reunidos, del sarcófago se levantó una forma de horror puro que se remontó hacia el techo abovedado. En ese preciso instante, como al soplo de un viento ultraterreno, todos los cirios se apagaron. Pasada la primera impresión de terror, alguien reaccionó y encendió varias velas que alumbraron lo suficiente para ver que el señor Cervantes, uno de los miembros del Santo Oficio, y el padre Fray Antonio de Medina, yacían muertos en el suelo, con el rostro desfigurado por el terror».
Unas horribles huellas sobre el lodo «Pero no terminó ahí el horror, pues uno de los trabajadores señalo una huellas perfectamente marcadas en el lodo que cubría el piso desde la inundación. Eran unas pisadas, ¡pero los pies no pertenecían a ningún ser nacido de mujer! Eran más grandes, mucho más, que las de un humano y cada una de ellas tenía tres dedos largos y puntiagudos. Las huellas partían del ataúd y se alejaban hacia un lado, ¡desapareciendo súbitamente como si quien las marcó se hubiera lanzado a volar! De pronto, uno de los hombres gritó señalando el sarcófago; y todos pudieron ver en el fondo de éste, los restos de la partitura de Fermín de Huesca y el pedazo de paño del hábito sacerdotal desgarrado; Aquí terminaba abruptamente la narración». ¿Realmente terminaba esta terrible Historia? Para los investigadores el relato quedó incompleto, y coincidieron en que al manuscrito le faltaban varias páginas, pues un caso que tuvo lugar en 1935 indica que de alguna manera el demonio de la Catedral fue vuelto a aprisionar en el sarcófago.
Según Robert Freeman , al investigar los eclesiásticos halló abundante docementación sobre unos albañiles que, al estar cambiando de lugar un atril en el año mencionado, encontraron el sarcófago maldito detrás del Altar de los Reyes.
Cuando el ataúd fue retirado se encontraron sobre él diversas nota indicadoras de que se había llevado a cabo un exorcismo. Asimismo, el hoyo en la tapa estaba obturado y sobre ésta se había garbado una inscripción muy curiosa: IVA CUVABIT LAMIA , frase en latín que quiere decir: «Aquí encontrarán algo escondido».
El manuscrito fue devuelto a su dueño y Robert Freeman supo que aquél lo vendió en el año 1975 por la cantidad de 1,600 dólares, a un museo de Barcelona, España, donde actualmente se encuentra en exhibición.
Por lo que se refiere al ataúd. parece ser que fue llevado a los sótanos de la Catedral Metropolitana, donde hasta la fecha se encuentra, conteniendo en su interior al… HORROR DESCONOCIDO ó mejor dicho «EL DEMONIO DE LA CATEDRAL DE MEXICO».
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