Las entrañas de la Tierra, último refugio de los Inmortales

Las entrañas de la Tierra, último refugio de los Inmortales

Las entrañas de la Tierra, último refugio de los Inmortales La misteriosa «M» de Jara-Jota es el simbolo de un continente desaparecido. Hace unos

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Las entrañas de la Tierra, último refugio de los Inmortales

La misteriosa «M» de Jara-Jota es el simbolo de un continente desaparecido. Hace unos mil años arribaron al Japón los «Kappas», hombres-rana del planeta Venus.

Las entrañas de la Tierra, último refugio de los Inmortales

En una longitud de dos mil kilómetros, y en una extensión de más de un millón doscientos mil kilómetros cuadrados, el desierto de Gobi («Sha-neo», en chino) ocupa, con su terreno pedregoso, una gran parte de la Mongolia. Este inmenso desierto es una verdadera mina para los investigadores: allí, entre los años 1928 y 1933, los paleontólogos norteamericanos descubrieron los restos del colosal «baluchiterio», animal que, según parece, sólo vivió en Asia en el periodo oligoceno; allí exhumaron, asimismo, algunos huevos fósiles del dinosaurio, lo que sirvió para demostrar que este gigantesco animal era ovíparo.

Estos descubrimientos constituyeron, indudablemente, hechos sensacionales, desde el punto de vista científico; pero más sensacional todavía fué el hallazgo hecho por el arqueólogo ruso profesor Koslov, quien, al realizar excavaciones entre las ruinas de la antiquísima ciudad de Jara-Jota, descubrió una pintura mural de una antigüedad de dieciocho mil años, que representaba a una joven pareja real (rey y reina), cuyo escudo de armas estaba constituido por un circulo dividido en cuatro sectores y que ostentaba en el centro un signo que es la letra griega «my»; es decir, nuestra letra «M».

En las escuelas se les enseña a los niños que fueron los fenicios quienes inventaron el alfabeto del que procede -junto con el griego y otros muchos- nuestro alfabeto actual; pero la filosofía moderna ha demostrado que aquel famoso pueblo marinero no hizo más que perfeccionar el alfabeto egipcio. ¿Pero cómo es posible considerar a los hijos del Nilo autores de este invento, cuando se ha comprobado que, sus caracteres gráficos son muy semejantes a otros que se han descubierto en numerosas regiones del mundo? ¿Y qué significa esta “M” cuya antigüedad se remonta a unos dieciocho mil años?

¿Hemos de considerarla como una coincidencia puramente casual? Parece que no, puesto que el coronel inglés James Churchward -curioso tipo de investigador- aseguró, basándose en argumentos muy interesantes, que tanto la civilización egipcia, come la caldea, la babilónica, la persa, la griega, la hindú y la china, tienen un mismo origen, debiendo considerarse todas ellas como herederas de la cultura de Mu, la fabulosa «Atlántida del Pacifico».

Y los descubrimientos hechos por el profesor Koslov en el desierto de Gobi seguramente no eran, según Churchward, más que los restos de Uighur, la más importante colonia de Mu, desde la cual una raza de superhombres llegó a dominar, en tiempos inmemorables, toda el Asia y la Europa, meridional.

En un artículo anterior hicimos, en una breve visión panorámica, la descripción de la fabulosa Lemuria, exponiendo la hipótesis según la cual este continente fué aniquilado por espantosas convulsiones geológicas. Añadiremos ahora que, al parecer, no todo aquel continente se hundió bajo las aguas: una extensa parte de su territorio permaneció «a flote»-aunque sacudida y trastornada como ninguna tierra hoy conocida- ocupando parte del Pacífico.

Imaginémonos una enorme isla que tenga como centro a Australia y esté flanqueada, al Este y al Sudeste, por dos larguísimas fajas de tierra; una, especie de tosco rectángulo con la base orientada hacia la Antártida, uno de sus lados menores dando frente a la costa oriental de Africa y el otro a la costa occidental de Hispanoamérica, y tendremos una imagen, aproximada, del que, en opinión de Churchward, fué el continente Mu.

En muchos puntos del globo circulan leyendas sobre la existencia de un gran continente en el Pacifico, leyendas que son muy anteriores, ciertamente, a los relatos del coronel inglés. Pero fué éste el primero que recogió los testimonios que muchos hombres de ciencia consideran corno los más autorizados sobre esta cuestión.

LOS «GRANDES HERMANOS»

En 1868, cuando se encontraba en la India, Churchward fue enviado con un destacamento a un convento-seminario budista, donde dirigía la distribución de los socorros ingleses a la población, víctima de una terrible escasez de víveres y artículos de primera necesidad. El coronel-arqueólogo, simplemente, de afición, pero apasionado por esta rama de la ciencia, comenzó a interesarse por unos curiosos bajorrelieves que había visto; un alto jerarca del sacerdocio budista, que se había hecho amigo suyo, le reveló que aquellos bajorrelieves hablan sido esculpidos por dos «naacales» (o «grandes hermanos», que eran una especie de santos), que hablan venido de Mu, «la tierra madre», para predicar sus sabias doctrinas, añadiendo que había otras tablas escritas por aquellos sabios en’ la primera lengua de la Humanidad, que se encontraban en la cripta del convento, donde se guardaban como preciosos tesoros.

El coronel solicitó autorización para verlas, pero sólo tras una larga insistencia accedió a sus deseos el sacerdote budista, picado él mismo por la curiosidad de saber lo que podrían revelarles aquellos documentos si conseguían descifrarlos. Entre los dos consiguieron, al fin, interpretarlos, y entonces pudieron leer en ellos la historia de la Tierra y de la desaparición del hombre. En este punto se interrumpía el relato; pero Churchward, deslumbrado por la idea de que quizá había descubierto los documentos más antiguos del mundo, ya no se detuvo: recorrió toda la India en busca de las tablas que faltaban. Pero en vano.

El coronel, abandonando la vida militar, se dedicó a estudiar lenguas muertas y a realizar largos viajes, siempre persiguiendo lo que otros tildaban de sueño utópico. Entre otras regiones, visitó el sur del Pacífico, Siberia, Asia Central, Egipto, Australia, Nueva Zelanda y el Tibet, consiguiendo recoger otros materiales documentales valiosísimos. Y en Lasa pudo, por fin, consultar las tablas que faltaban para completar la colección india.

El fragmentario mosaico se completó de la manera más imprevista. Churchward acertó a enterarse del descubrimiento -hecho en México por el geólogo norteamericano William Niven- de tablillas con características muy semejantes a las que hablan motivado sus investigaciones. Posteriormente fueron descubiertas otras inscripciones de este género en antiguos templos mayas, en los «calendarios de piedra» precolombinos, en el monolito de Tizec y en las «tablas de piedra» de Azcopotzalco (varios decenios después habrían de encontrarse caracteres gráficos análogos en la isla de Pascua); basándose en estos documentos, el coronel inglés logró llevar a cabo la reconstrucción geográfica a que antes nos referíamos, averiguando que Mu poseía siete grandes ciudades y colonias en ultramar.

LA ESTRELLA BAL

Ha sido una gran lástima que el genial investigador se haya dejado arrastrar luego a deducciones e hipótesis que no nos permiten fijar claramente los límites que separan la realidad de la fantasía. Destacaremos, por tanto, sólo aquellos puntos que nos parecen más dignos de ser tomados en consideración; según unidas bajo el cetro de un único Gobierno. La raza aria desciende, precisamente, de la raza predominante de Mu, cuyos representantes nos pinta el coronel británico como muy semejantes a nosotros, aunque de mayor estatura, de tez bronceada, ojos azules y cabello negro.

Al parecer, aquel fabuloso continente fue víctima de dos grandes cataclismos, el último de los cuales determinó su hundimiento definitivo bajo las aguas, unos doce mil años antes de Cristo. He aquí cómo las tablas de Lasa describen, según Churchward, eI catastrófico acontecimiento:

«Cuando la estrella Bal cayó allá, donde no se ve más que mar, retemblaron las siete ciudades con sus puertas de oro y sus templos; se produjo una gran llamarada y las calles se llenaron de una densa humareda. Los hombres se estremecieron de pavor, y una gran muchedumbre se agolpó alrededor de los templos y del palacio del rey. Y el rey dijo: «¿No os había yo vaticinado todo esto?» Y los hombres y las mujeres, vestidos con sus preciosos ropajes y adornados con sus maravillosos collares, le imploraron suplicantes: «¡Sálvanos, Ra-Mu!» Pero el rey les vaticinó que habrían de morir todos, con sus siervos y sus niños, y que de sus cenizas nacería una nueva raza humana.»

¿Qué era la estrella Bal? ¿Acaso la segunda Luna de la Tierra? ¿Tal vez un enorme asteroide? No lo sabremos nunca. Quizá hubiéramos podido disponer de datos más precisos a este respecto si un fenómeno desconocido, probablemente de origen telúrico, no hubiera borrado de la faz de la Tierra el archipiélago que según se cree sobrevivió todavía, durante milenios, a la desaparición de Mu, ya que precisamente en aquellos parajes se había alzado —siempre según Churchward— una de las siete grandes metrópolis del continente perdido.

Las entrañas de la Tierra, último refugio de los InmortalesLa Piedra Tizoc

EL MISTERIO DE DAVISLAND

Vamos a resumir a continuación todo lo que sabemos sobre esta cuestión. En el curso de un largo crucero efectuado en los años 1686-1687, un oficial holandés que viajaba a bordo del velero británico «The Bachelor’s Delight», mandado por el capitán inglés Davis, descubrió a lo largo del litoral sudamericano «una extensión de tierras altas», que parecían formar un archipiélago, y a las que se dio el nombre de Davisland. Pero cuando, un año después, otras embarcaciones llegaron a aquel mismo punto, ya no encontraron rastro de dichas islas. La única que se salvó del cataclismo fue, al parecer, la isla de las «grandes cabezas». «Es imposible —afirma el eminente geólogo profesor MacMillan-Brown— hallar otra explicación a los vestigios de la antigua civilización de Pascua, más que la hipótesis de la existencia de un archipiélago que se sumergió en la zona donde fue avistada la Tierra de Davis o Davisland. Pascua había de ser el cementerio sagrado de este grupo de islas.»

Pero hay aún otros hechos que vienen a apoyar la idea central de la teoría de Churchward: por ejemplo, antes de que llegaran los blancos, los habitantes de muchísimas islas de Polinesia, Micronesia y Melanesia, jamás hablan oído hablar los unos de los otros, y es inadmisible -dados los rudimentarios medios de navegación de que disponían- que se hubieran desparramado, arribando accidentalmente a casi todas las tierras de los tres archipiélagos, diseminados sobre una zona vastísima. Y, sin embargo, estos habitantes hablan lenguas derivadas de un mismo tronco lingüístico, y tienen todos, aproxima demente, los mismos usos, costumbres, tradiciones y creencias religiosas.

Es interesante observar que dentro de los límites de Mu señalados por Churchward, viven hombres de diferentes razas, como los arios, que se encuentran allá. ¡desde la prehistoria!

«Son millares de islas —dice Egisto Roggero, en su obra monumental «El Mar»—, grandes y pequeñas, muchas de ellas todavía poco conocidas, que forman cinco grupos principales: las islas de La Sonda, con Sumatra, Java y otras; Borneo, las Célebes, las Molucas y las Filipinas.

«Este gran archipiélago asiático está delimitado, de una parte, por China e Indochina, cuyos pueblos pertenecen a la familia mongólica, y de la otra, por las tierras de los papúes, Nueva. Guinea y Australia, cuyas poblaciones indígenas están constituidas por negros oceánicos; unos, de pelo lacio, y otros, de cabello ensortijado y lanoso.»

UNA RAZA OCEANICA

«Ahora bien: en el gran archipiélago, la población presenta—como hemos dicho—características totalmente distintas de las de estos pueblos limítrofes, y está compuesta, de dos elementos completamente desemejantes entre sí, tanto por las facciones de su rostro como por su lengua, costumbres, carácter, género de vida y medio en que viven. Unos viven en el interior de las grandes islas y zonas todavía poco accesibles: habitan en el interior de las selvas, en el fondo de los grandes valles, llevando una vida todavía primitiva, de feroz independencia. Los otros viven en el litoral, profesan el islamismo, cruzan los mares y son los más modernos y civilizados; entre éstos figuran los malayos, que pertenecen al tipo mongoloide. Pero el elemento salvaje —llamémosle así—de las islas es completamente diferente. Constituye la raza blanca de que hemos hablado.»

El científico italiano especifica, además, que en las islas Lieu-Jien, en la de Yeso y en la parte meridional de la isla de Sajalin, se encuentran grupos de individuos de raza claramente aria, en los que —dice— podemos descubrir «los rasgos más salientes de nuestras familias. Además, las mujeres, sobre todo las jóvenes, son muy hermosas. Los navegantes del siglo XVIII hablaban con entusiasmo de la gracia voluptuosa de las mujeres de la Nueva Citerea. En cuanto al color de tez, aquellas muchachas no son más morenas que las sicilianas o las andaluzas». Y concluye su exposición sobre este tema con las siguientes palabras: «Así, pues, en la parte oriental de Asia existe una raza cuyo tipo característico es su semejanza con las razas blancas del Occidente. Todo indica que esta raza tuvo su primitivo asiento en las islas del archipiélago, donde todavía viven sus más típicos representantes. Esta es la gran «raza oceánica», un gran pueblo antiguo cuya historia desconocemos. Un pueblo que acaso ha tenido un pasado grandioso y al que—según las más modernas deducciones de la ciencia—pertenecieron, posiblemente, nuestros antepasados. ¿Se trata, pues, de un gran continente que se ha hundido y cuyos restos son estos archipiélagos polinésicos? Esto no pasa de ser una hipótesis, claro está. Pero hay muchos detalles que parecen confirmarla. Bastaría sólo éste: que los mismos caracteres morfológicos de estos grupos de isleños, lo mismo que sus idiomas, sólo presentan diferencias de grada—variedades fisionómicas y dialectales—, a pesar de estar separados por una distancia de cientos y aun miles de leguas. Bastará recordar la enorme extensión de esta zona: ¡desde la América septentrional hasta las playas de Asia!»

MURALLAS BAJO EL OCEANO

Otras pruebas arqueológicas vienen a confirmar la existencia de un continente hoy sumergido bajo las aguas del Pacífico. Entre las más curiosas, mencionaremos las siguientes: las ruinas de las colosales murallas de la isla Lele (murallas cuya disposición hoy nos parece absurda); las pequeñas pirámides de las islas Kingsmill, las columnas troncocónicas de mármol rojo de las Marianas; el colosal sarcófago de piedra de Tongatabu; el monolito con inscripciones indescifrables que se yergue sobre una de las islas de Fidji; las majestuosas ruinas de Kuki, o la gran plataforma de piedra roja de la isla Navigator. El material empleado en la construcción de estos monumentos en épocas inmemoriales no se encuentra en las islas donde se yerguen tales monumentos. No queda, por tanto, más que una explicación: que aquellos materiales fueron traídos de tierras que ahora están sumergidas bajo las aguas.

En las Islas Carolinas se han descubierto ruinas ciclópeas, juntamente con restos de grandes templos y enormes terrazas. Junto a estos restos se encuentran, en Panape (en cuyas proximidades estaba situada—según Churchward—otra de las siete metrópolis de Mu), las bocas de entrada de unos imponentes pasajes subterráneos. Y aquí volvemos a encontrar no sólo las supuestas galerías de los gigantes y de sus descendientes, sino también la confirmación de innumerables leyendas que todavía se mantienen vivas en Asia.

LAS LEYENDAS DE LOS INCAS

Hasta en el interior del gran continente existen—según el profesor Ossendowski— misteriosos túneles, en los que encontraron refugio numerosas tribus mongólicas perseguidas por las hordas de Gengis Khan. Y los tibetanos aseguran que se trata de fortalezas subterráneas, algunas de las cuales siguen albergando todavía a los últimos representantes de un pueblo desconocido que logró escapar a un terrible cataclismo y que utilizan una energía que, al ser puesta en libertad, emite una especie de fluorescencia de color verde, la cual reemplaza totalmente al sol, favorece el crecimiento de las plantas y prolonga la vida humana.

Pero lo curioso es que también las leyendas americanas están llenas de alusiones a esta luz verde y a la existencia de misteriosos hombres subterráneos. Se cuenta que, en la región amazónica, un explorador que acertó a caer dentro de un laberinto subterráneo, observó que las paredes de éste estaban iluminadas «como por un sol de esmeraldas» y que, antes de poder salir de nuevo a la selva huyendo de una araña enorme y monstruosa, acertó a ver «sombras parecidas a hombres» que se movían allá al fondo de un corredor.

Los descendientes de los incas refieren temerosas historias sobre antepasados suyos que vagan en «las entrañas de los montes», de donde salen, a veces, de noche, para pasearse por la manigua. Resulta inconcebible que se trate de personas de carne y hueso o de fantasmas; pero, si ha de darse crédito a Tom Wilson, guía indio de California, son seres perfectamente vivos: hace unos cuarenta años, un abuelo de Tom (que desconocía las leyendas sudamericanas), al equivocarse de camino fué a parar a una gran ciudad subterránea, donde vivió durante algún tiempo en compañía de seres extraños «vestidos con ropas de un material que se parecía al cuero, pero que no era cuero» (¿tejidos de materia plástica ya en 1920?), que hablaban una lengua incomprensible y tomaban alimentos no naturales. ¿Es posible que sean éstos los «Inmortales de Mu»? Ciertos cultivadores de ciencias «esotéricas» no vacilarían en dar una respuesta afirmativa; pero nosotros preferimos recomendar a los lectores la máxima cautela.

En cambio, un buscador de oro, apellidado White, acertó a meterse casualmente, quince años después, en el interior de una necrópolis subterránea, donde, en un vasto recinto que se parecía a una plaza y, al mismo tiempo, a un salón de reuniones, yacían centenares de cuerpos, naturalmente momificados; unos, arrellanados en sillones de piedra; otros, tendidos sobre el pavimento en las posturas más raras, como si la muerte los hubiera sorprendido súbitamente. También estos cadáveres aparecían vestidos con ropas hechas de un material similar al cuero, y estaban igualmente iluminados por una siniestra fluorescencia verde; en p torno de los cuerpos, y bajo aquella luz espectral, centelleaban enormes estatuas de oro.

LOS RAYOS DESINTEGRADORES

Los apaches (pieles rojas) de los Estados Unidos hacen relatos fantásticos de galerías que unen su territorio con la mítica Tiahuanaco (de la que dan una descripción exacta sin haber visto jamás sus ruinas), galerías por las cuales algunos antepasados suyos, huyendo de la persecución de otras tribus, emprendieron un viaje que duró años y años, hasta ir a parar al corazón de la América meridional. Se puede uno mostrar todo lo escéptico que se quiera ante semejante relato; ¿pero a quién no impresionan y desconciertan las misteriosas alusiones de los jefes indios, que afirman que las galerías fueron «excavadas mediante rayos que desintegran las rocas» por seres «cercanos a las estrellas»?

Las leyendas del Asia Central hacen, frecuentemente, referencia al desierto de Gobi, donde, en una época remotísima (y esto lo confirma incluso la geología), existió un dilatado mar. Según los sabios chinos y tibetanos, en este mar existía una gran isla, habitada por «hombres blancos de ojos azules y cabellos rubios», que habían «venido del cielo» para difundir allí su civilización. De estos hombres, precisamente -añaden algunos-, recibieron los habitantes de Mu conocimientos importantísimos, tan importantes, que les permitieron alcanzar, hace unos setenta mil años, un nivel cultural elevadísimo.

Cualquiera creería que se trata de un relato absolutamente fantástico si un arqueólogo tan serio como Harold Wilkins no viniera a confirmarlo con la revelación de que, según una antiquísima tradición hindú, «hombres venidos de la gran estrella blanca» (sin duda se trata de Venus) fueron a fijar su residencia en la isla del mar de Gobi en el año 18.617.841 (a. de J.), construyendo, primero, un fortín. Luego, una ciudad, y establecieron comunicaciones entre sus dominios y la tierra continental mediante galerías submarinas. Ciertamente, esta fecha dista mucho de ser exacta, pues su cálculo se basa en las erróneas «tablas brahmánicas», pero los hechos transmitidos hasta nosotros nos hacen pensar, pues encajan perfectamente con muchos otros relatos más o menos envueltos en las brumas de la leyenda mitológica.

Al llegar a este punto no podemos pasar por alto un trabajo publicado hace un par de años por el semanario japonés «Mainichi Graphic» (cuya tirada se calcula en varios millones de ejemplares), en el que su autor terminaba preguntando si no deberíamos tomar seriamente en consideración la hipótesis según la cual arribaron al Japón seres procedentes del espacio, viviendo en aquel país hasta hace unos mil años.

Esta información hubiera despertado una reacción de escepticismo general si no hubiera sido divulgada por una publicación famosa por su seriedad y si no hubiera encontrado el decidido apoyo de uno de los más prestigiosos hombres de ciencia con que hoy cuenta el Japón: el profesor Komatsu Kitamura, arqueólogo e historiador de gran valía.

UNA HIPOTESIS FANTASMA

«La primera sospecha que me indujo a aceptar como verosímil esta hipótesis -escribe el citado profesor- me la infundió un grabado que encontré en un viejo documento con ilustraciones intercaladas en el texto, sobre la historia de los legendarios «hombres de los cañaverales», cuya presencia habla sido señalada repetidas veces en tiempos de Heian (siglos IX, X y XI (d. de J.). Los «kappas», como se les llamaba a estos seres, eran criaturas de aspecto muy extraño, que los antiguos documentos describen como «semejantes al hombre», pero que presentaban monstruosas deformaciones.

«De estas descripciones se deduce claramente que los «hombres de los cañaverales» eran bípedos, con manos y pies palmiformes, en cada uno de los cuales les aparecían sólo tres dedos, terminados en ganchos, siendo el dedo central mucho más largo que los otros dos. Tenían la piel morena, tersa, sedosa y reluciente; cabeza pequeña, orejas muy abultadas, ojos extraordinariamente grandes y triangulares. En la cabeza—según opinión unánime de quienes los describen— llevan un curioso «casquete con cuatro agujas», y su nariz tiene el aspecto de una trompa, que termina detrás del hombro, donde se une a una «jiba» que tiene la forma de una cajita o cofre.

«Hasta hace poco tiempo—sigue diciendo el científico japonés—sólo hubiéramos podido catalogar a estos seres dentro de una categoría especial de monos, transfigurados por la imaginación humana, o entre los seres puramente legendarios. En efecto, ¿qué otro juicio podría merecernos figuras tan extrañas y—al. decir de los antiguos autores—»capaces de desplazarse velozmente tanto en tierra como en el agua»? Pero hoy sabemos, por ejemplo, que los fabulosos dragones existieron realmente–gigantescos saurios que vivieron en el cenozoico—y que los gigantes de que hablan las sagas pertenecieron, igualmente, al mundo de la realidad.

Por eso me decidí a estudiar un poco más de cerca a los legendarios «kappas», y, de pronto, llegué a una deducción sensacional: estos seres, tal como se hallaban descritos, parecían ser idénticos a los hombres-rana de nuestros tiempos… Su piel, «morena y brillante», podía ser un «buzo» impermeable; sus manos y pies palmiformes podían formar parte del equipo (los ganchos, seguramente, servían para realizar alguna maniobra habitual), y «la trompa que terminaba en una jiba», es en el fondo, igual a los aparatos respiratorios alimentados por bombas de oxígeno, que nosotros conocemos perfectamente. Quedan por explicar las «cuatro agujas sobre el casquete»: no me atrevo a dar entrada a la idea que se asoma a mi mente; pero me siento tentado de admitirla y convencerme de que se trata ¡de antenas!»

¿Hemos de admitir, pues, la conclusión de que los «kappas» arribaron a nuestro planeta procedentes del espacio? Los informes y relatos que poseemos sobre estos seres tienden más bien—dice el profesor Kitamura— a inclinarnos en favor de esta teoría. En efecto, muchos afirman que estos extraños seres poseían vehículos «semejantes a grandes conchas marinas, capaces de desplazarse a gran velocidad sobre las aguas y por el cielo».

Si aceptamos la hipótesis de que tienen un origen espacial, la siguiente pregunta que se plantea es ésta: ¿De dónde pueden venir los legendarios «kappas»? Al tratar de localizar su punto de procedencia dentro de los límites de nuestro sistema solar— afirma un experto japonés, apasionado por estos problemas—, hemos de inclinarnos categóricamente por Venus; en efecto, se supone, con bastante fundamento, que en este planta abundan mares y que son poquísimas las tierras que han emergido sobre su superficie. La naturaleza misma del planeta debió obligar a los venusianos a convertirse en «anfibios».

Lo menos que podemos decir es que resulta extraña esta alusión constante e inexplicable a Venus que encontramos en muchísimos documentos antiguos, en la mitología y en las leyendas de pueblos enormemente alejados entre sí. Y esta serie de alusiones— como luego veremos—no concluye todavía con los relatos y referencias que hemos expuesto en este artículo.

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