EL ALIMENTO DE LOS HIPÓCRITAS

EL ALIMENTO DE LOS HIPÓCRITAS

La mayoría de nosotros nos llenamos la boca al decirlo: somos pacifistas Nos decimos a nosotros mismos que "aborrecemos la violencia" y que t

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La mayoría de nosotros nos llenamos la boca al decirlo: somos pacifistas Nos decimos a nosotros mismos que «aborrecemos la violencia» y que toda lucha que emprendamos siempre será «estrictamente pacífica». Así es como abarrotamos calles y plazas cuando nos manifestamos, convencidos de que estamos en la cúspide de la evolución humana y de que somos un ejemplo a seguir por todo el mundo. Y una vez nos hemos suministrado esta inyección de autocomplacencia y superioridad moral, zanjamos el tema y no volvemos a discutir del asunto con nosotros mismos. Pero quizás deberíamos ser un poco más valientes. Y ser valientes significa mirarnos al espejo sin miedo. Deberíamos preguntarnos con plena sinceridad: ¿realmente somos tan pacíficos y pacifistas como queremos creer? ¿Qué significa en realidad ser pacífico o ser pacifista? En principio, una persona pacífica es la que no hace uso de la violencia para conseguir sus objetivos. Por lo tanto, inherentemente, estamos diciendo que una persona pacífica o pacifista es alguien que tiene la posibilidad de actuar violentamente, pero que en cambio, opta por no hacerlo. Así pues, estamos hablando de una elección entre dos opciones diferentes y opuestas. ¿Pero esto es lo que sucede en nuestras vidas? ¿Los que nos calificamos a nosotros mismos de pacíficos o pacifistas hemos renunciado de forma efectiva al uso de la violencia? ¿O quizás lo que sucede en realidad es que no tenemos ninguna otra opción? Porque esta es la verdad que nadie quiere afrontar. Los que nos llenamos la boca con la palabra «pacifismo» o con expresiones como «lucha pacífica» no podemos elegir. Lo somos, sobretodo, porque no nos queda más remedio. Una persona auténticamente pacífica es aquella que puede actuar violentamente y de forma efectiva, causando un gran daño, pero que, sin embargo, renuncia a ello y opta por no utilizar tales capacidades. Por ejemplo, una persona fuerte que se ve envuelta en una disputa y tiene suficientes conocimientos de artes marciales como para romperle el brazo a su oponente, pero opta por rehuir la pelea. Esa es una persona pacífica. Tiene dos opciones diferentes y elige una de ellas. Sin embargo, cuando una persona débil e incapaz de utilizar la violencia de forma beneficiosa para sus intereses rehuye una pelea, no puede saber si es realmente pacífico o no. ¿Qué haría si tuviera la fuerza suficiente o estuviera armado? Ahí se pondría a prueba lo que es en realidad.

Una gran paradoja: solo una persona como Rambo podría llegar a calificarse de pacífico o pacifista con plena justificación y conocimiento de causa

Así pues, seamos sinceros con nosotros mismos de una vez por todas y digamos las cosas por su nombre. Cuando salimos a manifestarnos a la calle contra los abusos del gobierno y llenamos las plazas con pancartas, pitos y cánticos, no podemos calificamos pomposamente como «luchadores pacíficos». Eso solo podría ser verdad si en el armario tuviéramos un Kalashnikov y renunciáramos a utilizarlo. Los defensores del «activismo pacífico» deberíamos preguntarnos: ¿Tenemos armas en casa? ¿Sabemos usarlas? ¿En el caso de enfrentarnos cuerpo a cuerpo con alguien podríamos infligirle algún tipo de daño grave? Si no estamos de acuerdo con nuestros gobernantes u opositores, ¿tenemos la posibilidad y la capacidad de arrojarles una bomba o pegarles un tiro? La respuesta es NO. Por lo tanto, no sabemos si somos auténticamente pacíficos ni pacifistas. Simplemente somos una masa de personas impotentes en lo que se refiere al uso de la violencia, que no tienen otra opción que mostrarse pacíficos.

Una manifestación pacífica, en realidad no es una demostración de fuerza, sino de impotencia

Y hemos decidido ocultarnos a nosotros mismos esta terrible impotencia, envolviéndonos en un halo de superioridad moral, mediante un mecanismo psicológico de sustitución: simplemente hemos cambiando la etiqueta y hemos dejado de llamarlo «impotencia» para llamarlo «actitud pacífica». A eso se le llama autoengañarse. Y ser un hipócrita. Este autoengaño solo tiene un aspecto positivo: hemos convertido un sentimiento negativo de debilidad en una fuerza en nuestra mente, algo así como un asidero al que agarrarnos. Pero en el fondo poco importa, porque toda nuestra actitud se basa en una falsedad que nos susurramos a nuestro propio oído. Es como si un hombre afirmara orgullosamente que «es fiel a su pareja porque no se va a la cama con la primera chica guapa que se le pone a tiro». En la mayoría de los casos lo que sucede realmente es que las chicas guapas no le hacen ni puñetero caso. Si se viera constantemente rodeado de tentadoras mujeres deseosas de retozar con él, entonces sí podría poner a prueba su fidelidad y hablar con propiedad y conocimiento de causa. Con la «lucha pacífica» sucede lo mismo. Como va siendo habitual, mucha gente querrá malinterpretar el sentido de este artículo y pensará que estamos abogando por la violencia o por la lucha armada. Y no es así. Este artículo no habla de violencia, sino de hipocresía y falsedad. Todos querríamos crear un mundo mejor, más justo y donde reine la paz. ¿Pero lo vamos a conseguir cambiándole el nombre a las cosas, utilizando subterfugios y cerrando los ojos a nuestras miserias? ¿Qué debemos hacer? ¿Crear una realidad basada en la más dulce hipocresía o fundamentarla de una vez por todas en la verdad, aunque resulte amarga?  

   

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