Expedición Amelia Earhart

Expedición Amelia Earhart

El explorador de National Geographic, el Dr. Robert Ballard, famoso por haber encontrado el Titanic en 1985, se dispone a resolver el misterio de la d

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El explorador de National Geographic, el Dr. Robert Ballard, famoso por haber encontrado el Titanic en 1985, se dispone a resolver el misterio de la desaparición de Amelia Earhart. De estreno en octubre en National Geographic, el documental Expedición Amelia Earhart profundizará sobre cómo se convirtió en una de las figuras más intrigantes e inspiradoras de la historia. El libro de National Geographic In Praise of Difficult Women, de Karen Karbo, describe a mujeres de todo el mundo que se han negado a seguir las normas sociales y han traspasado fronteras en sectores como la política, el arte, los medios o la literatura, entre otros. El 17 de junio de 1928, cuando la famosa aviadora Amelia Earhart atravesó el Atlántico en avión por primera vez, era una pasajera, no una piloto. Amelia ya sabía volar. Tenía la licencia de piloto desde hacía cinco años, pero su experiencia no importaba; un vuelo trasatlántico se consideraba demasiado estresante y terrorífico para el sexo débil. Ella lo aceptaba porque le apasionaba la aviación y ser la primera mujer, pese a no estar a los mandos, seguía siendo impresionante. Viajó sentada en la parte trasera del Friendship, no mucho más grande que un Chevy Suburban, detrás del piloto Wilmar «Bill» Stultz y el copiloto Louis «Slim» Gordon. Amelia, que simplemente soportó la incomodidad del vuelo de 20 horas y 40 minutos desde Trepassey Harbour, Terranova, a Burry Port, Gales, se convirtió en una celebridad al instante: la cara femenina, seria y hermosa de la modernidad a la que llamaban transporte aéreo. Cuando regresó a Nueva York, se celebró en su honor un desfile con confeti. Tras él, se había contratado una limusina para llevarla a otra aparición pública. Era un día abrasador de tráfico denso. El aire acondicionado de los automóviles aún tenía que inventarse. Amelia echó un vistazo a su coche y se imaginó pegada al asiento trasero bañada en su propio sudor. Entonces, vio un sidecar vacío fijado a la motocicleta que conducía uno de sus escoltas policiales. Sin pensarlo un instante y sin pedir permiso a ninguno de sus guardaespaldas ni agentes, se subió. El policía encendió las luces y la sirena, y avanzaron rugiendo por la carretera.

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