Egregores: si la ficción crea monstruos, los lectores los alimentamos

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Egregores: si la ficción crea monstruos, los lectores los alimentamos

Egregores: si la ficción crea monstruos, los lectores los alimentamos

 

Egregores: si la ficción crea monstruos, los lectores los alimentamos.

¿Qué es un Egregor?

La palabra Egregor proviene del Griego Antiguo egrḗgoros, «despierto». Dentro del ocultismo y el esoterismo define a una entidad sobrenatural creada por un grupo de personas; y que puede adquirir autonomía e independencia de sus hacedores.

En este sentido, un Egregor es una forma colectiva, grupal, del concepto de Tulpa o Forma de Pensamiento (ver: Tulpas, Seres Interdimensionales y una teoría sobre el Horror); en este caso, entidades formadas a partir de los pensamientos y emociones de una sola persona. También se asemeja al concepto de Genius Loci, entidad formada por la atmósfera de ciertos lugares (ver: Genius Loci: el espíritu del lugar).

En resumen: un Egregor es, o bien una entidad creada intencionalmente por un grupo de nigromantes y con un propósito específico, o un ser que se forma accidentalmente cuando confluyen las emociones, sentimientos y pensamientos de un grupo de personas. Esto último coloca a las creaciones literarias en una posición muy interesante.

No hablamos en un sentido teórico, al menos no estrictamente. Los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, sin ir más lejos, son parte de la práctica oculta contemporánea. Varios grupos, entre ellos: wiccanossatanistas, tifonianos (ver: La Orden Tifoniana y H.P. Lovecraft, su profeta), han introducido formalmente en sus prácticas a CthulhuAzathothYog-SothothNyarlathotep, y otros miembros ilustres del panteón lovecraftiano.

En otras palabras, los dioses de los Mitos de Cthulhu son adorados del mismo modo que CerunnosAradiaLucifer, y otras tantas divinidades oscuras. Ese grado de adoración, de fe colectiva, es lo que aquí nos interesa analizar en relación al concepto de Egregor.

Hay algunas distinciones entre evocar o invocar a una entidad en estos términos. Ya sea cuando la entidad, o Egregor, es implantado en el subconsciente del practicante a través de un rito, o bien cuando forma parte de un proceso consciente de identificación, llegando a lograr algún tipo de unidad con ella, el denominador común es la intencionalidad. Estas son nociones muy antiguas, y acaso se remontan a los primeros intentos de la humanidad por relacionarse con lo sobrenatural.

Podemos pensar en un Egregor como un tipo de energía indiferenciada, en estado elemental, informe, pero capaz de tomar la forma que le dan los pensamientos y emociones de los seres humanos cuando estos son capaces de dirigirlos hacia un objetivo en común, llegando incluso a interactuar con él y tal vez invocarlo y adorarlo.

Es decir que el Egregor —insistimos, algún tipo de energía primordial e informe— extrae su forma, y su poder, de la imaginación de aquellos que creen en él. En este sentido, dos ejemplos de Egregores fáciles de asimilar son Pennywise, el payaso de It —cuya forma depende del miedo en particular que tengan sus víctimas (ver: ¿Qué es «IT» en realidad?)—, Slenderman, y el Hombre Polilla.

Siguiendo esta línea de pensamiento, es justo razonar que un Egregor, formado a partir de los pensamientos de un grupo de personas, seguirá activo mientras sus entusiastas continúen existiendo.

Ahora bien, siendo que el concepto de Egregor puede explicar, hasta cierto punto, tanto el origen de los dioses como de los demoniosángeles y fantasmas —en términos de entidades formadas por la imaginación humana—, es interesante preguntarse si acaso la literatura no puede tener el mismo efecto.

Dejando de lado los ritos, rituales, y celebraciones blasfemas, también podría ser que el proceso de formación de un Egregor participe de otros fenómenos sociales, más bien seculares, es cierto, aunque igualmente perturbadores, como los movimientos políticos extremistas. Este tipo de grupos en definitiva, finalmente terminan ritualizando su comportamiento. En este contexto, resulta escalofriante pensar que las condiciones para la formación de un Egregor pueden darse inadvertidamente en algo tan simple, y aparentemente anodino, como un grupo de Facebook donde sus miembros se reunen, básicamente, para odiar.

Pero volvamos al terreno que nos interesa, ciertamente más reconfortante: el Horror.

En los relatos de H.P Lovecraft es frecuente que el protagonista termine evocando a un Egregor, casi siempre por descuido, o por accidente. Estos protagonistas no son magos expertos, sino más bien tipos solitarios, eruditos, que terminan despertando o formando a una criatura ignota tras leer las páginas de un libro prohibido, como el Necronomicón; y sin tener ningún tipo de control sobre el proceso.

En La tumba (The Tomb), por ejemplo, la obsesión de un joven termina siendo su perdición a medida que realiza visitas periódicas, casi rituales, a la antigua cripta familiar. En Las ratas en las paredes (The Rats in the Walls), el protagonista sucumbe ante un ancestro caníbal mientras reconstruye, ingenuamente, la vieja casona familiar. Y la mera proximidad de Walter Gilman a los restos de sus antepasados es suficiente para alterar su comprensión de la realidad, y obligarlo a la comisión de ritos indescriptibles en Los sueños en la casa de la bruja (The Dreams in the Witch House).

Otro ejemplo destacado se produce en El morador de las tinieblas (The Haunter of the Dark), donde presenciamos la posesión de Robert Blake, quien accidentalmente evoca a Nyarlathotep en una iglesia profanada. Pero quizás el Egregor más interesante, y ciertamente el más malévolo, se encuentra en El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles Dexter Ward), donde un nigromante, llamado Joseph Curwin, se reconstituye a sí mismo a través de la inocente erudición de su descendiente, Charles Ward.

En todas estas historias, el protagonista lovecrafttiano no invoca activamente al Egregor, sino que es una víctima pasiva, indefensa, influenciada por fuerzas que apenas comprende. A simple vista, parece una sola persona actuando individualmente, lo cual excluiría el concepto de Egregor, pero en realidad el protagonista lovecraftiano es el último eslabón más de una larga cadena de acontecimientos, y de personas, que de algún modo condicionan su actos en el presente.

Así como algunos seguidores de Lovecraft —los más desquiciados, naturalmente— se han apropiado de sus creaciones para adorarlas, el propio maestro de Provicence parece haber sido influenciado por fuerzas extrañas. Lovecraft describe ese proceso de forma más bien juguetona en una serie de cartas a Clark Ashton Smith, luego de que este le enviara por correo una pequeña escultura —una cabeza humanoide muy estilizada—, que sería bautizada como Eikon:

En mis nuevas habitaciones —escribe Lovecraft—, el horror innombrable de Eikon tiene una nueva función que desempeñar. Está ubicado en la biblioteca, sobre un estuche de vidrio, y rodeado de libros antiguos.

Lovecraft pronto siente que la extraña figura de algún modo altera el significado de los libros que están en sus cercanías:

Un inocente libro de astronomía ahora parece sugerirme una gran cantidad de horrores cósmicos, todos indecibles, mientras que un libro de botánica susurra sobre hongos monstruosos y talofitas blasfemas.

Para fines de 1931, la estatuilla continuaba influenciando poderosamente a Lovecraft:

El otro día, mientras echaba un vistazo a un libro junto al Eikon, me encontré imaginando palabras de lugares extraños, no relacionados con el texto, como si hubiera sido conducido por alguna fuerza exterior. Entonces surgió cierto recuerdo que me paralizó. Siento que el velo se retira. ¡Ia! Shub-Niggurath! ¡El rito gris de Azathoth!

Esta es la secuencia típica en la cual un protagonista lovecraftiano evoca accidentalmente a una entidad —un fenómeno egregórico— , y luego sucumbe ante él.

Esta experiencia personal de Lovecraft parece probar que un Egregor, por definición, no puede limitarse únicamente a las prácticas oscuras, ni tampoco a los planes de grupos extremistas, políticos o religiosos, sino que además puede existir incluso en condiciones mucho más modestas, como las preocupaciones de un autor casi desconocido por aquel entonces.

Y si ese fenómeno acaso puede ser amplificado por la lectura, entonces los años que han transcurrido desde entonces, y los millones de lectores que se han ido sumando a los Mitos, hemos estado alimentando poco a poco, inadvertidamente, al viejo Cthulhu.

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