Un cráneo humano de millones de años

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Así se ve un asteroide visto a través de un microscopio  
Rendlesham, expediente clasificado .
Un cráneo humano de millones de años

La evolución biológica de las especies a partir de un único antepasado se dio a conocer por primera vez en 1745 de la mano del biólogo suizo Charles Bonnet, pero no será hasta que Darwin, algunos años después, estructure la teoría, cuando la comunidad científica comience a tenerla en cuenta. A partir de entonces, la evolución se consideró una propiedad inherente a la vida. Para comprender estos cambios se postularon diferentes hipótesis, como la selección natural, la deriva genética e incluso la mutación. Aunque todas y cada una de ellas no dejan de ser teorías especulativas, desde el siglo XIX la mayor parte de la comunidad científica ha tomado la evolución biológica como un hecho probado. Por supuesto, es indudable que todos los seres vivos cambian a lo largo de los siglos para adaptarse mejor al medio a causa de numerosos factores, pero todavía no se ha explicado coherentemente cómo una especie puede convertirse en otra.

La síntesis evolutiva expone que los genotipos –rasgos derivados de la información genética de cada especie– pueden exteriorizarse o no en un individuo. Esa manifestación depende de su simbiosis con los factores ambientales, lo que se conoce como fenotipo. Por tanto, queda demostrado que todos los seres cambian a lo largo de los años según su propia disposición genética y su necesidad de adaptación. No obstante, a día de hoy, no hay precedentes ni pruebas de que una especie se haya transformado en otra. Aunque se acepte de buen grado que el ser humano proviene del mono, o mejor dicho, de un ancestro común del que todavía no se ha encontrado evidencia alguna, numerosas pruebas arqueológicas –que oportunamente han sido ocultadas– desmontan esta hipótesis. 

Sorprendente hallazgo

En el año 1860, el profesor del Instituto Técnico de Brescia, Giuseppe Ragazzonl, se trasladó a la localidad de Castenedolo para buscar conchas en estratos del plioceno. No obstante, lo que encontró fue un cráneo humano. Junto a la calavera también halló restos del tórax y de las extremidades. El problema surgió cuando los huesos fueron examinados por algunos expertos, quienes no se creyeron que el profesor Ragazzonl hubiese encontrado esos restos en estratos tan antiguos, puesto que pertenecían a un ser humano actual. De modo que supusieron que los huesos habían llegado al estrato del plioceno de alguna otra manera. Convencido por la explicación de los científicos, Ragazzonl se deshizo de su hallazgo. No obstante, nunca pudo sacarse de la cabeza la idea de que aquel cráneo que encontró estaba enterrado entre arcilla, conchas y coral pertenecientes al plioceno, por lo que decidió regresar a Castenedolo, donde se volvió a topar con restos humanos semejantes en los mismos estratos. 

Los dos geólogos mostraron sus pruebas a la comunidad científica, que ni siquiera se molestó en tenerlas en cuenta

Años más tarde, junto a su colega Carlo Germani, decidió comprar el área de tierra donde estaban excavando. Allí lograron encontrar un antiguo lugar de enterramiento, por lo que la teoría de que el primer cuerpo había llegado a ese lugar de manera fortuita no podía ser verdad. Los dos geólogos mostraron sus pruebas a la comunidad científica, que ni siquiera se molestó en tenerlas en cuenta. Desde aquel momento, se dedicaron a cargar contra el profesor Ragazzonl y su colega Germani. Otros restos de semejante calibre han sido descubiertos en numerosas localizaciones del mundo, como en Savona (Italia) o Miramar (Argentina). 

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