En contacto con la mente planetaria

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Uno de los temas de máximo interés entre los matemáticos actuales es determinar si la consciencia permea el universo.
Partiendo de modelos matemáticos que están ganando creciente credibilidad académica es ineludible aplicar ese modelo al planeta Tierra. ¿O es que no existe una mente planetaria? ¿Y si la consciencia no es algo especial que parte del cerebro, sino que se trata de una cualidad inherente a toda la materia?
Esta última pregunta la plantea Philip Goff, catedrático de Filosofía en la Universidad Europea Central de Budapest (Hungría), firme creyente del pampsiquismo, que sostiene que no solo los seres humanos tienen consciencia, sino que hasta las formas de vida que consideramos «inanimadas» poseen cualidades conscientes: «El pampsiquismo no se puede probar directamente, ya que la consciencia es inobservable: no puedes mirar dentro de mi cabeza y observar mi sensación de hambre. Sin embargo, se justifica sobre la base de que es la mejor explicación del lugar de la consciencia en la naturaleza.
La consciencia es algo que sabemos que existe, no a través de la observación o la experimentación, sino por ser conscientes; cada uno de nosotros sabe con algo próximo a la certeza que nuestros propios sentimientos y experiencias son reales. De ello se deduce que cualquier teoría con aspiraciones de ser una descripción completa de la realidad debe ser capaz de acomodar el fenómeno de la consciencia.
En este sentido, una teoría ‘completa’ que pueda explicar todos los datos de observación y experimentación, pero que no pueda explicar el dato de la consciencia, no será fidedigna». En su libro Galileo’s error: foundations for a new science of consciousness (2019), Goff explica lo siguiente: «En nuestra visión estándar de las cosas, la consciencia existe solo en los cerebros de los organismos altamente evolucionados, y de ahí (la creencia en) que la consciencia existe solo en una parte muy pequeña del universo y solo en la historia muy reciente. Según el pampsiquismo, por el contrario, la consciencia permea el universo y es un rasgo fundamental del mismo. Esto no significa que literalmente todo sea consciente.
El compromiso básico es que los constituyentes fundamentales de la realidad –quizá los electrones y los quarks– tienen formas de experiencia increíblemente sencillas. Y la propia experiencia compleja del cerebro humano o animal se deriva en cierto modo de la experiencia de la mayoría de las partes básicas del cerebro». La consciencia impregna la materia Goff ni siquiera pretende que tal hipótesis sea correcta, solo que debe considerarse seriamente en nuestros esfuerzos por comprender qué es la consciencia.
Así lo creen también otros filósofos actuales como el australiano David Chalmers, uno de los defensores del pampsiquismo que cuenta con más adeptos y que más tiempo lleva dándole vueltas al problema. En The conscious mind: in search of a fundamental theory (1996), Chalmers incide en la necesidad de entender hasta qué punto es preciso aceptar que hasta los seres vivos más básicos pueden tener consciencia, y avanza la idea de que en relación a la consciencia existen dos problemas esenciales: uno fácil y otro difícil. El fácil se explica científicamente con las nociones y herramientas que tenemos, ya sea discriminando, categorizando, diferenciando, etc.
Pero el problema difícil parece que sigue sin resolverse del todo, porque se relaciona con la experiencia: la ciencia no puede detectar la experiencia en sí misma, y ahí es donde encaja el pampsiquismo, que a decir de Goff ofrece una atractiva solución alternativa (ver recuadro), no solo porque la consciencia es un rasgo fundamental de la materia física, sino porque cada partícula en sí misma tiene una forma «inimaginablemente sensible» de consciencia. Una de las teorías que se ha abierto paso en el siglo XXI aportando credibilidad al pampsiquismo viene de la mano del psiquiatra y neurocientífico italiano Giulio Tononi, principal investigador del Centro para el Sueño y la Consciencia de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE UU).
Se trata de la denominada Teoría Integrada de la Información (IIT, por sus siglas en inglés), que ofrece una forma científica, constructiva, predictiva y matemáticamente precisa del pampsiquismo. Tononi argumenta que algo tendrá una forma de consciencia si la información contenida dentro de la estructura está suficientemente «integrada» o unificada, y de este modo el conjunto es más que la suma de sus partes.
Debido a que se aplica a todas las estructuras y no solo al cerebro humano, la IIT comparte la visión pampsiquista de que la materia física posee experiencia consciente innata. En definitiva, postula que la consciencia depende de un sustrato físico, pero no es reductible a él. Para entender mejor esta teoría recurrimos al neurocientífico Christof Koch, que lo explica de manera sencilla: «Mi experiencia de ver el color azul aguamarina está inexorablemente ligada a mi cerebro, pero es distinta de mi cerebro». El neurocientífico estadounidense Christof Koch, presidente y director científico del Instituto Allen para la Ciencia del Cerebro en Seattle (EE. UU.), argumenta en su Is consciousness universal? (Scientific American Mind, 2014) que «la creencia de que solo los seres humanos son capaces de experimentar cualquier cosa de forma consciente es absurda.
Mientras no se demuestre lo contrario, resulta más razonable suponer que muchos, si no todos los organismos multicelulares, experimentan dolor y placer, y pueden ver y oír las imágenes y los sonidos de la vida. Incluso un gusano quizás tenga una sensación muy vaga de lo que es estar vivo». En relación con lo anterior, el astrofísico Arne Wyller (1927-2001) había adelantado en su obra The Planetary Mind (1995) una atractiva hipótesis que buscaba conectar el espíritu y la materia, además de expandir la estructura conceptual de la demasiado limitada teoría de la evolución.
Su hipótesis, que denominó Campo de la Mente Planetaria, postula un enfoque posible para responder a una pregunta esencial: ¿Cómo podría la gran cantidad de información contenida en el código genético de organismos complejos haber evolucionado por pura casualidad y selección natural? La fórmula de la mente universal En su análisis de la obra de Wyller, la escritora Donna Seaman explica que «no ha habido tiempo suficiente para la generación aleatoria de milagros como el ojo humano y el cerebro, dos órganos que Wyller analiza detenidamente: (Wyller) se vuelve creativo y claramente místico a medida que pasa de la ciencia ‘dura’ a la filosofía, citando fuentes tan diversas como Aristóteles, Einstein, Strindberg, C. S. Lewis, Darwin y Jung para apoyar su creencia en la existencia de algún tipo de inteligencia cósmica detrás del funcionamiento de nuestro universo ‘consciente’.
Las implicaciones de esta visión son enormes y bastante convincentes, y Wyller no está solo en su búsqueda de un nuevo paradigma para comprender los misterios de la vida. Claramente, tenemos mucho que aprender, tal vez incluso que recordar». ¿Recordar de dónde venimos tal vez? En The creative consciousness (1999), Wyller insiste en el problema de la consciencia cósmica: «¿Qué pasaría si existiera una mente antes que las personas, quizás una consciencia que algún día encontraremos en otra parte del universo, quizás un campo de consciencia universal: la mente planetaria?».
Mientras Wyller intentó explicar cómo una creencia en un universo guiado y de principios fundamentales cambia nuestras ideas del determinismo humano, el libre albedrío y el papel de la humanidad en las comunidades globales y cósmicas, miles de años antes que él, los filósofos reflexionaron sobre la naturaleza de la consciencia y, a lo largo del tiempo, lo han seguido haciendo otros filósofos, además de astrofísicos, biólogos, neurocientíficos, matemáticos… Son precisamente estos últimos los que parecen estar llegando más lejos en la búsqueda de esa consciencia cósmica, que pretenden demostrar con cifras.
Esto se explica por la denominada «efectividad irracional de las matemáticas», frase acuñada por el físico y matemático húngaro Eugene Wigner en la década de 1960 para resumir el hecho curioso de que simplemente manipulando números podemos describir y predecir todo tipo de fenómenos naturales con una exactitud asombrosa, desde los movimientos de los planetas y el extraño comportamiento de las partículas fundamentales hasta las consecuencias de una colisión entre dos agujeros negros a miles de millones de años luz de distancia.
Así pues, en vista de que otras ciencias no pueden explicar todos los problemas que plantea la consciencia a escala planetaria, así como del universo en su conjunto, los matemáticos parecen ser lo mejor «equipados» para poder hacerlo. El alemán Johannes Kleiner, del Centro de Filosofía Matemática de Múnich (Alemania), está trabajando seriamente en esta cuestión, intentando perfeccionar un modelo matemático que demuestre que todo tipo de materia inanimada podría ser consciente, incluido el universo en su conjunto.
Pero bajemos a la Tierra, que es el planeta donde habitamos y que ahora, como si fuera la cola de un dragón encabritado, está dando coletazos a algunos seres que habitan en ella, verbigracia los humanos, con la ayuda de un virus que está poniendo nuestro mundo al revés… La Tierra es un ser vivo Si las matemáticas terminan por demostrar que toda la materia posee alguna forma de consciencia, la Tierra, Gaia, tiene que tenerla también por el hecho de comportarse como un organismo vivo, según postulaba hace décadas el químico británico James Lovelock. Recordemos que, en colaboración con la microbióloga estadounidense Lynn Margulis, en Gaia: una nueva visión de la vida en la Tierra (1979) y luego en Las edades de Gaia (1988) defendía que los grandes sistemas del planeta, la temperatura, el equilibrio químico de la atmósfera, etcétera, se autorregulan, y las interacciones entre las cosas vivas –la bioesfera– y aspectos de su entorno físico están profundamente entrelazadas.
La visión de Lovelock, que ha sido muy discutida en los últimos años, enlaza en cambio con la percepción antropológica de muchos pueblos primitivos y también de la actualidad, que consideran que la Tierra es un ser vivo, pulsador de energías, poseedor de un alma y soñador; en definitiva, un ser vivo expresado en la prehistoria por medio de imágenes de la Diosa Madre Tierra.
Para muchos, tal percepción puede ser más subliminal que real, pero lo cierto es que hay una sensibilidad en aumento respecto a que el planeta está vivo. Y si está vivo, ¿es también consciente? Volvemos al punto de partida de este reportaje y a las consideraciones anteriores de que la consciencia no queda restringida al cerebro humano, sino que parece estar presente en toda la materia, de modo que, al menos tentativamente, la respuesta es sí. Así pues, no solo se ha recuperado académicamente el pampsiquismo de los antiguos, sino que la «hipótesis de Gaia» no parece haber perdido vigencia, así como otras propuestas ya citadas. Pero sigamos adelante ahora con una cuestión crucial, planteada hace unos años por Paul Devereux, director de la Fundación Proyecto Dragón y miembro investigador de los Laboratorios Internacionales de Investigación de la Consciencia de la Universidad de Princeton (EE UU).
Deveraux asegura: «¿Pueden interactuar las estructuras de la consciencia humana y las planetarias? ¿Podemos hablar con la Tierra, por así decirlo, y permitirle que se comunique directamente con nosotros? ¿Hay alguna manera práctica por medio de la cual la inteligencia humana pueda tratar de establecer contacto o integrarse con ella?». Aunque Devereux ha planteado estas preguntas en relación con los lugares sagrados de la Tierra, construidos o situados de manera que a menudo poseen atributos geofísicos y geográficos en los cuales la consciencia humana queda libre temporalmente para obtener «información» subliminal de Gaia, no hace falta dormir sobre piedras de poder ni en cuevas con vapores sulfurosos para tener visiones proféticas… Basta con volver la vista al mundo de los sueños, los mejores exponentes del inconsciente colectivo, término avanzado por Carl G. Jung en 1916, que abarca el alma de la humanidad en general y consta de formas preexistentes o imágenes primigenias: los arquetipos.
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