Helen Duncan, la última bruja

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Helen Duncan, nacida en Dundee, Escocia, en 1897 y médium desde la más tierna infancia, se convirtió en la primera mitad del siglo XX en la vidente más afamada y valorada de toda Inglaterra. Desde niña, sus dotes para revelar el futuro le conllevaron diversos problemas en la escuela y con sus compañeras de clase. Sus vecinas de pupitre afirmaban tener miedo de las profecías que aquella niña rellenita les solía soltar durante el recreo. De hecho, su madre le enseñó a disimular para que no contara a cualquiera aquellas cosas que percibía. Sus visiones debía reservarlas para la familia.

Casada en 1916 con Henry Anderson Horne Duncan, Helen recibió por primera vez el apoyo necesario para hablar abiertamente de su don y hacer uso público del mismo para ganarse la vida. Desde su infancia, Henry también sintió gran interés por los fenómenos psíquicos. Fue durante ese periodo cuando, un día, su hermano William no regresó a casa y un psíquico local le dijo a la familia que se había ahogado en los muelles de Dundee. Lamentablemente, no se tardó mucho en confirmar que aquella información era cierta y marcó de forma decisiva las creencias y el futuro de Henry.

Como otros jóvenes de la época, cuando Henry tuvo edad suficiente se presentó como voluntario en la Primera Guerra Mundial, pero esa etapa terminó bastante pronto ya que desarrolló artritis reumatoide y fue dado por inútil en 1916 tras sufrir un infarto de miocardio. Sin embargo, cuentan que estando en el campo de batalla tuvo una hermosa y sorprendente visión premonitoria sobre una muchacha y esa chica resultó ser la mejor amiga de su hermana; Helen Duncan. Cuando la vio por primera vez en persona supo que era ella y sin dudarlo le dijo: «Bien…, nos encontramos al fin».

Helen empezó a ejercer como médium al poco tiempo de casarse con Henry. Sus sesiones, donde las materializaciones ectoplásticas eran de lo más habitual, fueron foco sin fin de todo tipo de controversias en la sociedad británica de la época. Poseía una auténtica legión de seguidores, muchos de ellos de las clases más pudientes de la época. Pero también poseía muchos y poderosos detractores que, en más de una ocasión, intentaron desenmascarar el aparente fraude sin demasiado éxito. Las incalificables y absurdas pruebas realizadas por Harry Price, especialista de la época en desenmascarar falsas médium y estafadores, ante un juzgado inglés son un excelente ejemplo del ahínco con que algunos trataban de desprestigiarla. Señalada por la justicia en alguna que otra ocasión como posible estafadora, Helen, que sufría de serios problemas cardíacos y respiratorios, en gran parte fruto de su considerable sobrepeso, mantenía a toda su familia gracias a la videncia. Su marido, Henry, que había sido declarado incapaz para trabajar tras sufrir un nuevo infarto, era quien se ocupaba de representarla, buscarle actuaciones y cuidar a su vez de los seis hijos que la pareja tenía.

Sin embargo, su imparable carrera esotérica y su suerte se vieron truncadas a finales de 1943 durante una de sus más polémicas sesiones. Su principal error fue acercarse demasiado a la verdad en temas muy delicados y sensibles para el gobierno y el servicio de inteligencia británico de la época.

Durante aquella sesión mediúmica en la ciudad portuaria de Portsmouth, Helen Duncan, por petición de una madre desesperada tras no tener noticias de su hijo, materializó a un marinero (el hijo de su clienta) que dijo haber muerto en el barco de Su Majestad; el «Barham», cuya pérdida no se anunció oficialmente hasta casi tres meses después del suceso. Por aquel entonces era importante hacer creer a la ciudadanía que Gran Bretaña estaba ganando la batalla ante los alemanes y un suceso así podía minar el ánimo de todos. Cuando esta revelación llegó a oídos de algunas personas del gobierno y sobre todo a los servicios de inteligencia, el temor a estar frente a una posible espía desató todo tipo de investigaciones y la posterior detención de Helen. Aquella absurda acusación no tardaría en desvanecerse; creer que Helen Duncan, una ama de casa con sobrepeso y notables problemas de salud pudiese ser una espía rozaba lo hilarante. Sin embargo, el riesgo de tener en la calle a alguien capaz de vaticinar anticipadamente los movimientos de la armada inglesa en un momento bélicamente tan complicado, inquietaba a muchos altos cargos. Ese fue el motivo de que se utilizase la antigua y caduca ley de 1735 para ponerla a disposición judicial por brujería y retenerla encarcelada.

En un intento desesperado porque la acusación fuese todavía más sólida, las autoridades buscaron antecedentes legales con el fin de establecer nuevos cargos contra ella. Uno de los utilizados fue la ley de hurto que la acusaba de aceptar dinero fingiendo que podía hacer que los espíritus de personas fallecidas apareciesen y se comunicasen con los vivos. La fiscalía quería demostrar a toda costa que Helen Duncan era un fraude y un peligro para la sociedad. La duración de este espectáculo circense duró siete largos días durante los cuales no se reparó en los costes de traer a Londres y hacer pernoctar a todo tipo de testigos de cualquier parte del país. El juicio tuvo lugar pocos meses antes del desembarco de Normandía, fecha crucial en la que la inteligencia británica, cuya paranoia era máxima, quería ver a Helen fuera de escena.

Henry, su marido, muy preocupado por la débil salud de su mujer y la falta de ingresos del hogar familiar, escribió al mismísimo Rey, al Primer Ministro y al Ministro del Interior, explicando que su esposa era inocente y suplicando que fuera puesta en libertad lo antes posible. El propio Winston Churchill sorprendido por la noticia, escribió una carta al juzgado interesándose por los motivos que habían llevado a tal despropósito y anacronismo. Sin embargo, las presiones del servicio de inteligencia bastaron para mantener a Helen presa y fuera de escena. Helen no fue puesta en libertad hasta cumplir su condena completa el 22 de septiembre de 1944, tras nueve meses de cautividad, prometiendo, además, no volver a ejercer nunca más de médium. Algo que indudablemente incumpliría ya que era el único medio que su familia poseía para ganarse la vida.

Durante los nueve largos meses en que estuvo presa, la puerta de su celda nunca estuvo cerrada y jamás nadie la sometió al más mínimo maltrato; sus propios carceleros estimaban que aquel juicio había sido una barbarie injustificada. Lo más sorprendente de todo es constatar que durante su estancia en prisión Helen continuó haciendo uso de sus dones psíquicos con guardianes y reclusos que parecían peregrinar día tras día hasta su celda en busca de consejo o ayuda espiritual. Según muchos de los espiritistas cercanos a ella, Helen no tan solo recibía a estos, si no también a otros visitantes bastante más ilustres entre los cuales se hallaba el propio primer ministro de Gran Bretaña, Sir Winston Churchill.

En 1951 la Ley de Brujería fue finalmente derogada, en parte gracias a la promesa de compensación que se supone que Winston Churchill realizó a Helen Duncan durante su cautividad. En sustitución de la misma se instauró la Ley de Medios Fraudulentos y unos cuatro años después, en 1954, el Espiritualismo o Espiritismo fue oficialmente reconocido como una religión.

Tras su liberación, Helen siguió realizando sesiones de forma clandestina y fue en una de ellas, en Nottingham en 1956, cuando, al verse sorprendida por una redada policial, su trance quedó suspendido haciendo que el ectoplasma que afloraba de su cuerpo regresase con rapidez a su interior. Esto, según cuentan las crónicas de le época y el médico local que la asistió, provocó graves quemaduras en el estómago de la famosa médium que fue ingresada con urgencia en un hospital de la zona, donde cinco semanas después falleció. Según dictan las normas espiritistas, la interrupción de las sesiones ectoplásmicas provocan el regreso de la susodicha sustancia al cuerpo de la médium de forma imprevista y desordenada causando graves problemas de salud e incluso la muerte del sujeto.

Henry quedó hundido tras la muerte de su mujer, incluso llegó a plantearse emprender acciones legales contra la policía, pero como en el informe jamás constó ningún tipo de contacto físico entre el cuerpo de policía y la vidente, la causa no hubiese prosperado; por ello desistió. Henry Duncan murió el 18 de octubre de 1967.

La incógnita que Helen Duncan nos ha planteado es qué parte de sus facultades fueron realmente fruto de un don sobrenatural y cuáles fueron el resultado de una buena red de contactos (algo habitual entre las médiums de la época) o de la más pura casualidad. En cualquier caso, aún a día de hoy sus descendientes y admiradores reclaman la exculpación de Helen de los cargos de brujería que le fueron injustamente imputados, con carácter póstumo.

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