El diablo emparedado en el castillo de Glamis

El diablo emparedado en el castillo de Glamis

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Súcubos e íncubos
Las uñas del Diablo

Todavía hoy, a ciencia cierta no se sabe qué es la maldición de Glamis; pero se intuye. Ahora bien, cuando los implicados se refieren a ella como el «horror», no cabe duda de que se trata de algo horrible, y de uno de los secretos mejor guardados de esta familia centenaria.

No en vano, las historias de aparecidos, de espectros noctámbulos o de damas de blanco que aparecen rotas de dolor durante las madrugadas, quedan en un segundo plano cuando se habla de la citada maldición. Por eso, a sabiendas de que los diferentes condes de Streathmore tiemblan cada vez que recuerdan el secreto, muchas han sido las propuestas y elucubraciones que han surgido alrededor del mismo. Por este motivo hay quien asegura que el horror no es sino la maldición que cayó sobre la familia cuando se descubrió lo que estaban haciendo con el niño deforme, al que mantenían oculto y encerrado entre los fríos muros de su habitación.

También hay quien afirma que todo parte de la traición que se llevó a cabo en 1034, cuando varios miembros del séquito real –seguro que entre ellos algún familiar de esta noble familia–, acuchillaron al monarca Malcolm II, dejando como símbolo evidente de dicha traición una huella de sangre en el entarimado que nadie ha logrado borrar en estos siglos.

Y los hay que se mueven en las aguas de la leyenda, como el reverendo y experto en fenómenos paranormales Lionel Fanthorpe: «Se asegura que la historia es el resultado de esa misteriosa partida de cartas que acabó ganando el diablo, que condenó a Sir Patrick y a todos sus descendientes». Sea lo que sea, lo cierto es que es transmitido desde hace generaciones a los miembros varones, más concretamente a los primogénitos herederos del título, cuando éstos cumplen 21 años. Y es algo que los implicados saben muy bien. Por ejemplo, el décimo tercer conde de Streathmore, Claude Bowes-Lyon, aseguró en una ocasión a un amigo muy cercano que «si pudieras adivinar la naturaleza del secreto, te pondrías de rodillas y agradecerías a Dios que no fuera tuyo». Tiempo después, un obrero que trabajaba en el castillo «maldito» descubrió un cuarto secreto, y los biógrafos de la casa Streathmore aseguran que el ya citado conde Claude Bowes-Lyon le «invitó» a mantener silencio sobre lo que había visto, al extremo de que poco después lo envió a Australia, con una pequeña fortuna en sus bolsillos, con la condición de que jamás hablara del asunto, cosa que, por lo que se ve, el obrero no hizo…

Incluso el hijo del conde, el heredero al título número catorce, cuando al fin alcanzó el condado hizo algo que otros antes que él jamás se plantearon: abrir las puertas del secreto a otra gente. Y él lo hizo con su administrador, Gavin Ralston, el hombre con el que más confianza tenía. Pues bien, esos mismos cronistas aseguran que desde ese día el administrador no volvió a dormir nunca más en el castillo.

Por lo tanto tenemos argumentos para pensar que la maldición, sea lo que sea y provenga de donde provenga, es real. A saber: espectros de huesudos corredoresdamas fantasmalessonidos extrañoscadenas y pasos que recorren los pasillos de madrugadaun misterioso niño origen de una supuesta maldiciónpactos con el diablo o sangre que no desaparece jamás del suelo sobre el que fue vertida… Lo dicho, argumentos de sobra, especialmente si atendemos a que después de un tiempo cerrado, el castillo acaba de volver a abrir sus puertas…

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