¿Y si hay material de otros sistemas solares dentro de nuestro propio sistema solar?

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¿Y si hay material de otros sistemas solares dentro de nuestro propio sistema solar?

Un estudio propone una nueva hipótesis sobre el origen de unos objetos lejanos llamados «centauros».

En las últimas tres décadas se han detectado planetas alrededor de más de 2500 estrellas, un dato que sugiere que nuestra galaxia debe contener miles de millones de sistemas solares. Ahora bien, aunque fantasear con la gran variedad de mundos exóticos que nos esperan ahí fuera es muy emocionante, saber que existen tantos planetas que no podemos alcanzar con la tecnología actual es una noticia triste para cualquier aficionado a la astronomía y la exploración espacial del siglo XXI.

Aun así, es posible que no esté todo perdido para los fans del espacio de nuestra generación: aunque hoy en día no podemos visitar otros sistemas planetarios, es posible que exista una forma de conseguir fragmentos de mundos que giran en torno a otras estrellas sin salir de nuestro propio sistema solar.

Los centauros

Las regiones lejanas de nuestro sistema solar están repletas de fragmentos de hielo y roca que no acabaron formando parte de ningún cuerpo celeste mayor. Dado que la gravedad de los planetas exteriores tiende a concentrar estos objetos a unas distancias muy específicas del Sol en las que tienen órbitas estables, acaban agrupados en anillos de escombros como el cinturón de Kuiper o el disco disperso (de los que hemos hablado en otros artículos).

Ahora bien, se han identificado algunos objetos lejanos que orbitan alrededor del Sol entre las órbitas de Júpiter y Neptuno, pero, a diferencia de los que he mencionado, tienen órbitas muy inestables que están en constante cambio como consecuencia de sus interacciones con el campo gravitatorio de los planetas gigantes del sistema solar. Como estos objetos tienen órbitas similares a los de los cometas y un tamaño parecido al de los asteroides, se les bautizó con el nombre de centauros en referencia a la criatura mitológica que mitad humano y mitad caballo.

El diámetro de los centauros va desde «unos pocos» hasta «un par de cientos de kilómetros» y es difícil estimar cuántos hay en el sistema solar, pero se estima que el número de centauros que superan el kilómetro de diámetro podría oscilar entre 44.000 y más de 10 millones. Además, los centauros presentan unas órbitas muy excéntricas (u «ovaladas») y muy inclinadas respecto al plano del sistema solar. De hecho, algunos de estos objetos tienen órbitas tan extrañas que es posible que su origen ni siquiera esté en nuestro propio sistema solar.

Objetos inusuales

Como el sistema solar se formó a partir de una nube de gas y polvo en rotación, todos los objetos que se formaron a partir de este material tienden a orbitar alrededor del Sol en el mismo sentido que lo hacía esa nube primigenia. Asimismo, las órbitas de los planetas están todas más o menos sobre el mismo plano porque la esa nube se fue «aplanando» con el tiempo debido a su propia rotación, formando un disco.

Teniendo esto en cuenta, el origen de algunos centauros es incierto porque sus órbitas están tan inclinadas que dan vueltas alrededor del Sol siguiendo una trayectoria perpendicular al resto de los planetas. Incluso los hay que tienen órbitas retrógradas (en sentido contrario a los demás). Este tipo de parámetros orbitales indican que a los centauros les ha debido ocurrir algo bastante inusual a lo largo de su historia.

Aunque aún no existe un consenso, la explicación más sencilla es que los centauros son objetos del cinturón de Kuiper o del disco disperso cuya órbita ha sido perturbada por la gravedad de otros cuerpos celestes. Si nos adentramos en un terreno más teórico, hay quién ha llegado a proponer que ese cuerpo celeste sería el hipotético «Planeta 9» .

Sin embargo, un estudio publicado en mayo de este mismo año sugirió que algunos centauros podrían provenir de lugares muchísimo más lejanos.

Habitantes interestelares

Los centauros tienen órbitas tan inestables que terminan siendo expulsados del sistema solar o chocando con el Sol en cuestión de millones de años. Por tanto, en principio, los centauros que observamos hoy en día tuvieron que adoptar sus órbitas en tiempos relativamente recientes y las abandonarán en el futuro cercano (en términos astronómicos).

Ahora bien, las autoras del estudio en cuestión se propusieron averiguar si estos objetos podían llegar a tener órbitas más estables de lo que parece tomando como referencia al centauro Ka’epaoka’awela. El método consistía simular un millón de clones virtuales de este objeto con sus parámetros orbitales actuales y «rebobinar» el tiempo hacia atrás para ver cómo se comportaba cada uno de estos clones. De esta manera, simularían todos los posibles caminos que podrían haber llevado a Ka’epaoka’awela hasta su posición actual.

En su simulación, los objetos permanecían en órbita una media de 6 millones de años. Más o menos la mitad del millón de clones terminaban sus vidas estrellándose contra el Sol y el resto eran expulsados al espacio interestelar, pero, curiosamente, 46 de las instancias de Ka’epaoka’awela conseguían mantenerse en órbita desde el momento en que terminaron de formarse los planetas del sistema solar, hace unos 4500 millones de años.

Este resultado sugieren que existen órbitas extremadamente inclinadas que son estables a largo plazo, por lo que algunos centauros podrían encontrarse en una configuración similar a la actual mientras el sistema solar se estaba formando. Si ese fuera el caso, estos centauros estables no se podrían haber formado a partir del mismo disco rotatorio de gas y polvo que el resto de los cuerpos del sistema solar. En su lugar, se trataría de cometas o asteroides que fueron expulsados de otro sistema planetario y que acabaron siendo capturados por el campo gravitatorio de nuestra estrella hace miles de millones de años.

Como todo campo de la ciencia poco explorado, la idea de que los centauros provienen de otros sistemas solares tiene sus detractores y está muy lejos de ser demostrada. Aun así, entre esta hipótesis y la existencia de visitantes interestelares como los cometas Oumuamua y Borisov, los interesados en la exploración espacial podemos recuperar un poco de esperanza: aunque nunca pisaremos un mundo de otro sistema solar, tal vez podamos lleguemos a ver cómo alguna sonda robótica recupera y estudia alguno de estos fragmentos de mundos tan increíblemente lejanos que han llegado hasta nuestro vecindario cósmico.

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