Leyenda de la mujer loba ( la mala madre)
La Sombra en el Espejo: La Leyenda de la Mala Madre En los tiempos…

La Sombra en el Espejo: La Leyenda de la Mala Madre
En los tiempos donde los pueblos aún se rodeaban de bosques cerrados y secretos antiguos, vivía una mujer cuya belleza era tan deslumbrante como peligrosa. Se decía que su piel era de porcelana y sus ojos de un verde hipnótico, pero tras esa fachada de ángel se escondía un alma marchita por la vanidad. No amaba a nadie más que a su propio reflejo, el cual consultaba obsesivamente durante horas, ignorando el paso del tiempo y las necesidades de su hogar.
Con engaños y caricias calculadas, cautivó a un hombre trabajador y noble. Él, cegado por el brillo de su rostro, no vio la oscuridad que latía en su pecho. Se casaron y, con el tiempo, llegaron dos hijos. Pero la maternidad, lejos de ablandar su corazón, fue vista por ella como una carga que marchitaba su juventud y una distracción para sus caprichos.
El Hogar de la Indiferencia
Mientras el marido se doblaba la espalda en el campo, la casa caía en el abandono. El polvo cubría los muebles, el hambre rugía en el estómago de los pequeños y los harapos eran su única vestimenta. Si el esposo se atrevía a reclamar, ella desplegaba su arsenal de seducción: una sonrisa ensayada, una mirada lánguida o un abrazo de seda bastaban para que el hombre olvidara el caos y la desidia.
Sin embargo, el odio de la mujer hacia su propia sangre crecía. Veía en el llanto de sus hijos un insulto y en sus juegos una molestia insoportable.
El Acto Imperdonable
Una tarde de invierno, mientras la mujer fingía ocuparse de la cocina por mera obligación, el estruendo de cerámica rota quebró el silencio. El hijo menor, debilitado por la falta de alimento, había tropezado, rompiendo la vajilla que ella tanto apreciaba. En ese instante, algo dentro de ella terminó de romperse. No hubo gritos, solo una calma gélida y una idea monstruosa que germinó en su mente: si los hijos eran una carga, los convertiría en un «servicio».
Con una frialdad inhumana, cometió el acto más atroz que la tierra ha presenciado. Preparó un guiso espeso, sazonado con especias para ocultar el horror, y esperó a que su esposo regresara bajo la luz de la luna.
«Come, esposo mío», susurró con una voz dulce que escondía el filo de un puñal. «Hoy he preparado algo especial para que recuperes tus fuerzas».
El Hallazgo y la Maldición
El hombre, agradecido, comenzó a comer con avidez. Pero al fondo del plato, el metal de la cuchara chocó con algo sólido. Al levantarlo, el horror le heló la sangre: era el pequeño dedo de su hijo menor. El silencio que siguió fue sepulcral.
— ¿Qué es esto? —preguntó él, con la voz quebrada por el presentimiento. — Sigue comiendo —respondió ella, mientras se cepillaba el cabello frente al espejo sin siquiera mirarlo—. Se portó mal, así que decidí que fuera útil por una vez. Lo he guisado para ti.
La naturaleza misma reaccionó ante tal blasfemia. Un trueno seco sacudió la casa y un viento helado apagó las velas. La mujer empezó a retorcerse; su piel de porcelana se cubrió de un pelaje rudo y ceniciento, sus dedos se alargaron en garras curvas y su belleza se fundió en un hocico hambriento. Sus gritos de vanidad se transformaron en un aullido desgarrador que erizó la piel de todo el valle.
El Eterno Aullido
Desde aquella noche, se dice que la Mujer Loba vaga por los senderos oscuros. Está condenada a buscar eternamente lo que ella misma destruyó, pero su maldad no ha muerto. Los lugareños cuentan que, cuando la luna está en cuarto creciente, se la puede ver acechando en las sombras de los pueblos.
Busca niños que caminan solos o que han sido descuidados por sus padres. No los busca para amarlos, sino para saciar un hambre que nunca se apaga, llevándoselos hacia la espesura del bosque donde los gritos se pierden para siempre.

