El arca de Noé escrito siglos antes de la biblia

En noviembre de 1872, un hombre llamado George Smith estaba ordenando fragmentos de tablillas de arcilla en el Museo Británico.

No era un académico de formación. Había sido grabador de billetes. Pero sabía leer cuneiforme mejor que casi nadie en Inglaterra.

Las tablillas venían de Nínive, de la biblioteca del rey asirio Asurbanipal, y llevaban años guardadas sin que nadie les prestara demasiada atención.

Hasta que Smith leyó un pasaje sobre un hombre que construye un barco, suelta pájaros para saber si ha bajado el agua, y se posa en una montaña.

Se dice, según una anécdota que recogió años después Wallis Budge, que se quedó tan conmovido que empezó a quitarse la ropa, sin darse cuenta de lo que hacía.

Es una historia que quizá se exageró con los años. Lo que sí es real es lo que ocurrió el 3 de diciembre de 1872, cuando presentó su hallazgo ante la Sociedad de Arqueología Bíblica. Había un relato del diluvio, escrito siglos antes de que existiera la Biblia tal como hoy la conocemos.

La tablilla XI de la Epopeya de Gilgamesh cuenta la historia de Utnapishtim.

Un dios, Ea, le avisa en secreto de que los dioses van a destruir la humanidad. Le ordena construir un barco. Utnapishtim lo hace, lo llena con su familia y con animales, y sobrevive a una tormenta tan terrible que los propios dioses se asustan de lo que han desatado.

Cuando el agua baja, el barco se posa en el monte Nimush. Utnapishtim suelta una paloma. Después una golondrina. Después un cuervo, que no regresa.

Entonces sale y ofrece un sacrificio.

Y el texto dice algo que los lectores de la Biblia reconocen de inmediato. Los dioses, que llevaban días sin comer, huelen el aroma del sacrificio y se reúnen alrededor, como moscas.

Ahora abre el Génesis.

Noé construye un arca. Sobrevive al diluvio. El arca se posa en los montes de Ararat. Suelta un cuervo, después una paloma. Sale, ofrece un sacrificio, y el texto dice que Dios aspiró el aroma agradable.

Los estudiosos llevan más de un siglo debatiendo qué significa esa cercanía.

Pero hay algo que la tablilla de Gilgamesh no explica. Por qué los dioses quisieron acabar con el mundo.

Esa respuesta la da un texto todavía más antiguo, el Atrahasis, que se conserva en copias de hacia el siglo XVII a. C.

Allí la razón es sorprendente.

Los humanos se multiplicaban. Hacían ruido. Y el dios Enlil, agotado, no podía dormir. Primero mandó una plaga. Luego una sequía. Y cuando nada funcionó, decidió enviar el diluvio.

El ruido de la humanidad, convertido en motivo de castigo.

Otro dios, Enki, avisa al héroe Atrahasis, hablándole a través de una pared de cañas para no romper el juramento que había hecho a los demás dioses.

Y el patrón se repite, con variaciones, en tradiciones que parecen no tener nada que ver entre sí.

En la India, el texto llamado Shatapatha Brahmana cuenta cómo Manu salvó a un pequeño pez, que luego creció hasta ser enorme, le avisó de una inundación y remolcó su barco hasta una montaña. En tradiciones posteriores ese pez pasó a ser una encarnación del dios Vishnú.

En Grecia, Zeus decide castigar a la humanidad por la impiedad de Licaón. Deucalión y su esposa Pirra se salvan en un arca y repueblan el mundo lanzando piedras por encima del hombro.

En el Corán, Nuh construye un arca por orden de Dios. Uno de sus hijos se niega a subir, y el arca se posa sobre el monte Yudi.

Y entonces, en 2014, apareció algo que volvió a sacudir el tema.

El asiriólogo Irving Finkel, del Museo Británico, publicó una tablilla de casi cuatro mil años, conocida como la Tablilla del Arca. Contiene instrucciones precisas para construir el barco. No era alargado, como en la imaginación popular. Era redondo, como una gigantesca cesta cubierta de betún.

Y Finkel interpretó que el texto dice que los animales entrarían de dos en dos.

¿Cómo explicar tantas coincidencias?

Hay varias hipótesis.

Una sostiene que en Mesopotamia hubo inundaciones reales, devastadoras. El arqueólogo Leonard Woolley, en los años veinte, halló una gruesa capa de limo en Ur y pensó que había encontrado el diluvio bíblico. Hoy los especialistas creen que esa capa fue una inundación local, y hay otras en ciudades como Shuruppak.

Otra hipótesis, más discutida, propone que la inundación del mar Negro en el Neolítico dejó una memoria colectiva. Es una teoría que muchos geólogos no aceptan.

Y una tercera, la más aceptada entre los historiadores de las religiones, sugiere que los autores bíblicos conocieron las tradiciones mesopotámicas, posiblemente durante el exilio en Babilonia, y las reelaboraron con su propia teología.

Pero ninguna explica por qué la India, Grecia o el mundo islámico también tienen su diluvio.

Quizás porque el agua, que da vida y la quita, es el lenguaje más universal para hablar de un castigo y de un nuevo comienzo.

O quizás porque algunas historias viajan más lejos de lo que creemos.

La respuesta sigue abierta.

Y cada vez que alguien abre una tablilla polvorienta en un museo, puede cambiar un poco.

Fuentes: Epopeya de Gilgamesh, tablilla XI (ed. A. R. George, The Babylonian Gilgamesh Epic, Oxford University Press, 2003); Atrahasis (W. G. Lambert y A. R. Millard, Atra-Hasis: The Babylonian Story of the Flood, Oxford, 1969); George Smith, The Chaldean Account of Genesis (1876); Irving Finkel, The Ark Before Noah: Decoding the Story of the Flood (Hodder & Stoughton, 2014); Génesis 6-9; Shatapatha Brahmana I.8.1; Ovidio, Metamorfosis I, y Apolodoro, Biblioteca I.7.2; Corán, suras 11 y 71; Leonard Woolley, Ur of the Chaldees (1929); William Ryan y Walter Pitman, Noah’s Flood (1998), junto con las críticas a su hipótesis.

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