DISCURSO DE JOHN F. KENNEDY VS LA ELITE ILUMINATI (LE COSTÓ LA VIDA)

Sugerimos que cuando lea una nota de este blog (sea subida de otro sitio o escrita por nosotros) ponga en práctica el consejo de San Pablo dado a los tesalonicenses que presentamos a continuación: 1Tesalonicenses 5:21 Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente , retened lo bueno; 5:22 absteneos de toda forma de mal. 

 _____________________________ 
John F. Kennedy

La misma palabra “secretismo” es repugnante en una sociedad abierta y libre; nosotros somos gente que por nuestra herencia e historia nos oponemos a las sociedades secretas, a los juramentos secretos y a los procedimientos secretos. Hace mucho que decidimos que los peligros de una excesiva ocultación, sin garantías de hechos pertinentes, superaban con creces los peligros que son citados para justificarlo. 

Inclusive hoy en día no hay gran mérito en oponerse a la amenaza de una sociedad cerrada al limitar la arbitrariedad de sus restricciones.

Inclusive, hoy en día, no hay gran valor en asegurar la supervivencia de nuestra nación si nuestras tradiciones no sobreviven con ella. 

Y hay un gran peligro en que una necesidad anunciada de incrementar la seguridad sea tomada a cargo de aquellos ansiosos por expandir su significado al límite mismo de la censura oficial y la ocultación. No pretendo que se permita hasta el límite que está en mi control. Y ningún oficial de mi administración, sin depender de su rango, alto o bajo, militar o civil, debe interpretar mis palabras de esta noche como una excusa para censurar la información, contener la disidencia, encubrir nuestros errores u ocultarle a la prensa y al público los hechos que merezcan conocer.

Pero sí le pregunto a cada editorial, a cada editor y a cada periodista de la nación que reexamine sus propios estándares y que reconozca la naturaleza del peligro de nuestro país.

En tiempo de guerra, el gobierno y la prensa han tenido la costumbre de unirse en el esfuerzo basado principalmente en la autodisciplina, para prevenir filtraciones no autorizadas al enemigo. 

En tiempos de “peligro claro y presente”, las cortes han retenido los privilegios de los derechos de La Primera Enmienda deben ceder espacio a la necesidad pública de seguridad nacional.

Hoy en día no se ha declarado la Guerra y, a pesar de la dureza del esfuerzo, quizá nunca se declare según las formas tradicionales. 

Nuestra forma de vida está amenazada. 

Aquellos que hacen de sí nuestro enemigo, están avanzando por todo el globo. La supervivencia de nuestros amigos está en peligro. Sin embargo, no se ha declarado ninguna guerra, no hay tropas avanzando sobre fronteras, no se han disparado cohetes.

Si la prensa está esperando una declaración de guerra antes de que se imponga la autodisciplina propia de condiciones de combate, entonces, yo sólo puedo decir que nunca ha habido una guerra que planteara una amenaza mayor a nuestra seguridad. Si están esperando que surja un “peligro claro y presente”, entonces, solo puedo decir que el peligro nunca ha estado más claro y su presencia nunca ha sido más inminente.

Se necesita un cambio de perspectiva, cambios en las tácticas, un cambio en misiones —por parte del gobierno, de la gente, de cada hombre de negocios o líder laboral, y de cada periódico. 

Y es que nos vemos enfrentados por una conspiración monolítica y despiadada que, alrededor del planeta, se apoya, principalmente, en métodos de encubrimiento para expandir su esfera de influencia—a través de infiltración en lugar de invasión, subversión en lugar de elecciones, intimidación en lugar de la elección libre, guerrillas nocturnas en lugar de ejércitos diurnos.

Es un sistema que ha reclutado una vasta fuente de recursos humanos y materiales tejiendo una madeja impenetrable, una máquina altamente eficiente que combina el ejército, la diplomacia, la inteligencia, la economía, la ciencia y las operaciones políticas.

Sus preparaciones son ocultas, no se publican. Sus errores son enterrados, no aparecen en titulares. Sus disidentes son silenciados, no celebrados. No hay gasto que se cuestione, no hay rumor que se imprima, no hay secreto revelado. Gestiona la Guerra Fría, en pocas palabras, siguiendo una disciplina que recuerda a los tiempos de guerra y que ningún sistema democrático esperaría o desearía igualar.

De cualquier forma, todas las democracias reconocen las restricciones necesarias de la seguridad nacional— y la pregunta permanece; se debe observar más estrictamente estas restricciones si queremos oponernos a ese tipo de ataque de la misma forma que nos oponemos a una invasión exterior?.

Y es que la verdad respecto a este tema es que los enemigos de esta nación han alardeado abiertamente de adquirir a través de nuestros periódicos información que no habrían conseguido sino a través del pago a agentes, quienes la habrían conseguido por medio del robo, del soborno o del espionaje; que los detalles de la preparación secreta de esta nación para contrarrestar las operaciones enemigas encubiertas han estado disponibles a todos los periódicos, tanto amigos como enemigos, que el tamaño, la fuerza, la localización y la naturaleza de nuestras fuerzas, armamento y nuestros planes y estrategias para su uso, han sido publicados por la prensa y por otros medios de comunicación a un nivel suficiente como para satisfacer a cualquier poder extranjero.

Este hecho en al menos un caso, la publicación de los detalles concernientes a un mecanismo secreto a través del cual los satélites podían ser seguidos, exigió que se dieran alteraciones; lo que conllevó un considerable gasto de tiempo y dinero.

Los periódicos que publicaron estas noticias eran leales, patrióticos, responsables y estaban bien intencionados. Si hubiéramos estado sometidos a una guerra abierta, indudablemente no habrían publicado semejantes datos. Pero, sin que estemos en una guerra abierta, reconocen únicamente las tesis del periodismo y no las de la seguridad nacional.

Mi pregunta esta noche es si no se haría necesaria la adopción de medidas adicionales.

Ésa pregunta la deben responder únicamente ustedes. Ningún oficial público debe responderla por ustedes. Ningún plan gubernamental debe imponer sus restricciones sobre su voluntad. Pero yo estaría faltando a mí deber para con la nación si considerando todas las responsabilidad que ahora recaen sobre nosotros y contando con todos los medios con los que contamos para responder a esas responsabilidades, no destacara este problema ante ustedes, y no les urgiera a que lo consideraran en toda su extensión.

En muchas ocasiones anteriores, he dicho —y sus periódicos lo han dicho en repetidas ocasiones—que hay momentos que apelan al sentido de sacrificio de todos los ciudadanos y a su autodisciplina.

Se hace una llamada para que cada ciudadano sopese sus derechos y comodidades con el bien común. 

En la actualidad, no puedo creer que esos ciudadanos que sirven al negocio de la prensa se consideren a sí mismos exentos de esa llamada.

No tengo la intención de establecer una nueva Oficina de Información de Guerra para controlar la corriente de información.

No sugiero ninguna forma novedosa de censura o nuevos tipos de clasificación de seguridad. 

No tengo una respuesta sencilla para el dilema que les he presentado, y si la tuviera no trataría de imponérsela. Pero, invito a los profesionales del periodismo y de la industria de este país a que reexaminen sus propias responsabilidades, que consideren el grado y naturaleza del peligro presente, y que consideren el deber de la autolimitación en respuesta a ese peligro que se blande sobre nuestras cabezas.

Todos los periódicos se pregunta a sí mismos, con respecto a cada historia: “Es noticia?” Todo lo que les sugiero es que añadan la pregunta: “¿Es en el interés de la seguridad nacional?” Y espero que todos los grupos en los sindicatos de América, entre los hombres de negocios y los oficiales públicos, a todos los niveles, se hagan la misma pregunta con respecto a sus esfuerzos, y que subordinen sus acciones a exactamente los mismos parámetros.

Y en el caso de que la prensa americana considerara y recomendara la asunción voluntaria de nuevos pasos en la maquinaria, puedo asegurarles que cooperaremos de todo corazón con esas recomendaciones.

Quizá no haya recomendaciones. Quizá no hay respuesta al dilema con el que se enfrenta la sociedad libre y abierta en una guerra fría y secreta.

En tiempos de paz, cualquier discusión sobre este tema, y cualquier acción resultante, son ambas dolorosas y no tienen precedentes. Pero este es un tiempo de paz y peligro que no conoce precedente histórico.

Es la naturaleza sin precedentes de este desafío lo que demanda su segunda obligación; una obligación que yo comparto: informar y alertar, con la seguridad de que los americanos conozcan todos los hechos con los que necesiten contar, y también que los entiendan; sus los peligros, las propuestas de nuestro programa y las opciones con las que contamos.

Ningún presidente debe temer una estrecha observación pública de su programa. Ya que de esa estrecha observación surge el entendimiento; y de ese entendimiento surge el apoyo o la oposición, y ambos son necesarios. 

No pido que sus periódicos apoyen a la administración, sino que les pido su ayuda en la enorme tarea de informar y alertar a los americanos. Ya que tengo total confianza en la respuesta y dedicación de nuestros ciudadanos cuando estos están bien informados.

No sólo no podría eliminar la polémica entre sus lectores, sino que le doy la bienvenida. Esta administración trata de ser franca en relación a sus errores; y es que como dijo un sabio:

“Un fallo no se convierte en error hasta que no se le ha negado la corrección”. 

Es nuestra intención aceptar toda la responsabilidad por nuestros errores y esperamos de ustedes que los señalen cuando nosotros los pasemos por alto.

Sin debate ni crítica no hay administración ni país que puede tener éxito y ninguna república puede sobrevivir. 

Ésta es la razón por la que el legislador ateniense Solon decretó que sería crimen el que cualquier ciudadano se encogiera de hombros frente a la polémica. Por ello es por lo que nuestra prensa fue protegida por La Primera Enmienda –el único negocio en América específicamente protegido por la Constitución-;

No precisamente para que deleitara o entretuviera, ni para que enfatizara lo trivial y lo sentimental, y no para que simplemente “diera al público lo que éste quiere”; sino para informar, para provocar, para reflejar, para pronunciar nuestros peligros y nuestras opciones, para indicar nuestras crisis y nuestras oportunidades, para liderar, moldear, educar y, a veces inclusive, agitar la opinión pública.

Esto implica una mayor cobertura y análisis de las noticias internacionales— ya que no se trata más de algo lejano y extranjero, sino cercano y local. Implica una mayor atención para mejorar el entendimiento de las noticias al igual que mejoras en su transmisión. Implica, finalmente, que el gobierno, a todos los niveles, debe cumplir con su obligación de proveerles con la mayor cantidad de información posible fuera de los estrechísimos límites de la seguridad nacional; lo que es nuestra intención.

Ya en el siglo 17, Francis Bacon se pronunció sobre las tres invenciones que estaban en ese momento transformando el mundo: el compás, la pólvora y la prensa escrita. Ahora, los enlaces entre naciones primeramente forjados por el compás han hecho que seamos ciudadanos del mundo, las esperanzas y amenazas de unos pasan a ser las esperanzas y amenazas de todos. En la tentativa de conseguir que vivamos juntos, la evolución de la pólvora, en sus últimas consecuencias, ha alertado al hombre de las terribles consecuencias de su fracaso.

Así que es de la prensa escrita; como registro de los hechos del hombre, el guardián de su consciencia, su mensajero de nuevas—de quien esperamos fortaleza y resistencia, confianza en que, con su ayuda, el hombre será lo que debe ser por nacimiento: libre e independiente.