El misterio de las puertas interdimensionales

El misterio de las puertas interdimensionales

 

El misterio de las puertas interdimensionales es uno de los temas más controvertidos de la investigación paranormal. Cualquier teoría que ha intentado responder el tema se ha encontrado vacía de recursos ante la nula base científica que la apoyaba. No obstante, el fenómeno es real…

El misterio de las puertas interdimensionales

 

Para quien no lo sepa, una puerta interdimensional es aquella que nos conduce a otra dimensión o plano, a aquellos mundos invisibles que nos rodean pero que nuestros sentidos no perciben. Mundos, por otra parte, tan cercanos a nosotros que incluso se entremezclan con el nuestro.

Precisamente en esas mismas puertas interdimensionales, que algunos han denominado “malditas” se ha querido ver la vía de entrada y de los OVNIS que sobrevuelan nuestros cielos. Como si esas naves procedieran realmente de esos mundos invisibles. Por tanto, cabría la posibilidad de que el secreto de su desplazamiento de lejanas galaxias estuviera relacionado con las puertas interdimensionales, que éstas actuaran como enlace entre su mundo y el nuestro, con lo que evitarían el interminable tiempo que debería transcurrir en un viaje sideral de esas características. Asimismo, tal teoría respondería a su paso fugaz, que apenas es percibido por nuestros ojos, ayudado por esos caminos dimensionales que ellos conocerían perfectamente. Se trataría, en suma, de su fuerza motriz o desplazamiento.

Por otra parte, quien tiene la desgracia de caer en uno de esos túneles invisibles no vuelve generalmente al mundo tridimensional, es decir, al nuestro, sino que se pierde en los confines de una tierra sin tiempo…

La desgracia historia del pequeño Oliver

Cerca del pueblo de South Bend (Indiana), en los Estados Unidos, Tom Lerch, su familia y sus amigos de la vecindad se encontraban reunidos en la gran cocina de la granja para celebrar la Nochebuena de 1890. Poco antes de las once de la noche, la señora Lerch pidió a su hijo Oliver, de 11 años, que fuera al pozo a buscar agua, dándole para ello un cubo vacío. El pequeño salió abrigado con una bufanda, ya que empezaba a helar en ese crudo invierno. No habían transcurrido diez segundos desde el momento en que cerró la puerta, cuando Oliver gritó pidiendo socorro desde la oscuridad. Los asistentes a la fiesta se sobresaltaron y un miedo paralizante los ató a sus respectivas sillas. Casi al unísono pensaron que un lobo había atacado a Oliver, pero una vez fuera vieron que sus sospechas eran injustificadas: ni lobo, ni… niño. Sin embargo, aún quedaba lo peor, los desesperados gritos del niño desgarraban la fría noche pero eran localizables. La oscuridad enturbiaba aún más la tarea por dar con la pista de Oliver…hasta que alguien dijo:

“Escuchad, parece como si viniera de nuestras cabezas”. Efectivamente, las voces del muchacho surgían del cielo negro y él seguía invisible para sus familiares:

-¡Socorro!. ¡Me han cogido!. ¡Socorro…!, gritaba desde no sé sabe dónde el pequeño Oliver.

Las llamadas de auxilio continuaron rascando el aire durante cerca de un minuto, pero iban disminuyendo de intensidad, como si el niño ascendiera… Estupefactos, los presentes no reaccionaron hasta que uno de ellos decidió seguir las huellas del niño. En la nieve fresca, las huellas eran normales y demostraban que el niño se había dirigido hacia el pozo. Pero a una veintena de metros de la casa y a una docena del pozo, las huellas cesaban bruscamente, como si el niño hubiera sido levantado de la tierra. Se encontró el cubo dos metros más allá. La investigación no dio ningún resultado positivo.

La puerta del diablo

El 23 de marzo de 1957, el niño de 8 años de edad Thomas Browman se hallaba con otros seis miembros de su familia realizando una pequeña excursión por un bosque situado en la Puerta del Diablo, cerca del Parque Nacional de Angels, en California. El pequeño se había adelantado a los demás, correteando y pasando las ramitas del sendero que todos estaban siguiendo, sin dar la menor muestra de nerviosismo o inquietud, sino de forma placentera y juguetona. Al cabo de unos segundos, los demás componentes del grupo familiar llegaron al mismo sitio y doblaron el recodo que previamente había recorrido Thomas. No cabían en su asombro. ¡El niño no estaba en ninguna parte!.

Unas horas después de desaparecer el pequeño, toda la zona estaba siendo registrada a fondo por más de cuatrocientos voluntarios acompañados de perros adiestrados, patrullas en todo-terrenos y batidores experimentados en tales búsquedas. Se examinaron escrupulosamente una y otra vez las grietas, las fallas, los hoyos y agujeros en los que el niño pudiera haber caído. Se recorrió en todos los sentidos la senda por la que había pasado primero el chiquillo y luego el resto de la familia. Ni los más hábiles guardas del bosque encontraron indicios de que el muchacho desapareciera de modo normal en aquellos parajes. Además, los helicópteros de la policía también intervinieron en la infructuosa investigación.

Los analistas más experimentados comprobaron que era fácil ver que el niño no había resbalado, cayendo fuera del sendero. No había ninguna señal de rocas o piedras desplazadas, o de arbustos o malazas pisoteados, ni siquiera de ramas rotas que indicasen un accidente de cualquier tipo.

Los familiares, por otra parte, declararon lo siguiente: “Sólo íbamos unos pasos detrás de él y con toda seguridad habríamos oído sus gritos de haber ocurrido algún incidente extraño.”

Alguien recordó que el muchacho pudo haber sufrido un percance imprevisto, con la sorpresa consiguiente de que evitara incluso sus gritos de socorro. “Estábamos tan próximos que habríamos asistido a esa presunta caída”, respondió sin vacilar.

¿Y si no hubiese sido una simple caída?. Lo cierto es que la búsqueda intensiva duró toda una semana, pero no se halló rastro del desdichado menor. No había otra salida, aquel chiquillo había sido arrebatado de la tierra por una fuerza invisible u desconocida. De esta manera, el pequeño Thomas Brown había aumentado la lista de los desgraciados niños que se habían desvanecido en la región de la Puerta del Diablo desde la mañana del 5 de agosto de 1956, cuando Donals Lee Baker y Brenda Howell desaparecieron misteriosamente en el Parque Nacional de Angels.

El ESPELUZNANTE CASO DE CHARLES ASHOMORE

Un caso clásico en el tema de las desaparicionespresuntamente provocadas por las puertas interdimensionales es el de Charles Ashmore. Este joven de 16 años, natural de Quincy, Illionois, desapareció de la granja de sus padres una tarde de noviembre de 1878, cuando fue solicitado en busca de agua –al igual que el pequeño Oliver-, pero nunca regresó. El padre del adolescente, Christian Ashmore, y su hija mayor, Marta, salieron en busca de Charles cuando su ausencia se hizo preocupante. Había nevado un poco y la nieve dejaba toda claridad las huellas del muchacho.

Después de recorrer la mitad de la distancia hacia el pozo, el padre se detuvo y levantó la lámpara para hallar algún rastro de su hijo. Curiosamente, allí terminaba con brusquedad la última de las huellas de Charles. A partir de ese lugar, la nieve esta impoluta, sin rastro alguno del chico. Además, las últimas señales eran claramente visibles, incluso con las marcas de los clavos en sus botas.

El asombrado padre trazo un amplio círculo en torno a las huellas, a fin de no destruirlas. Luego anduvo hasta el pozo, siguiéndolo su hija con los ojos desorbitados por el terror. El brocal del pozo estaba cubierto por la nieve caída desde unas horas antes. No había huellas que se alejasen en ninguna dirección. La luz matutina no reveló nada más.

Al parecer, el joven Charles Ashmore se había disuelto en la nada. O hacia otra dimensión. Cuando la madre de Charles, según se dice, fue al pozo cuatro días más tarde, regresó a casa presa de histerismo. Aseguró haber oído la voz de su hijo llamándola y, por eso, dio varias vueltas alrededor del pozo buscándolo, pero la voz del joven parecía moverse con ella.

Era perfectamente audible e identificable, pero no consiguió localizarla y cayó exhausta por el cansancio y la emoción. Duraría varios meses después de la desaparición de Charles, se asegura que su voz fue oída a intervalos irregulares por los miembros de su familia y los vecinos.

Todos afirmaron que provenía de una gran distancia, aunque nadie logró determinar con seguridad su dirección ni su localización. ¿Fue arrastrado aquel joven a otra dimensión.

En tal caso, él y su madre al buscarlo, pudieron ocupar al mismo tiempo aunque existiendo simultáneamente en dos planos de realidad muy distintos y separados. Obviamente, durante algún tiempo debió de quedar una grieta, de lo contrario nadie habría percibido la voz de Charles.

Tal vez una fisura fue todo lo que quedó de la abertura primitiva, lo bastante grande como para tragarse a Charles, junto al cubo de agua. Es decir, una puerta interdimensional. Y por triste que sea la idea, es posible que el joven se asomase a ese resquicio clamando en vano para que alguien acudiese en su ayuda.

PUERTAS INTERDIMENSIONALES EN ESPAÑA

Según algunos investigadores del fenómeno, son diversas las puertas o pasos interdimensionales a otros planos que existen en España. Sobre todo en la cornisa cantábrica y la zona mediterránea.

Éste fue el caso de la catalana Roser Castellvi , que traspasó uno de esos túneles cerca de la localidad de Vilafranca (Tarragona) en octubre de 1990, pero tuvo la suerte de explicar su vivencia, que catalogó de alucinante, ya que realizó un kilometraje en un tiempo imposible, después de pasar por debajo de un puente y aparecer en otro más alejado de su recorrido.

También en la montaña de Montserrat (Barcelona) se conoce algún episodio de parecida, naturaleza, de personas que desaparecen en otra dimensión desconocida. Los hechos parecen apuntar que el fenómeno tiene visos de realidad.