Leyenda: “La hija de la luna”
Hace muchos, muchísimos siglos , vivía un anciano leñador , el cual estaba muy triste porque los dioses no le habían mandado un hijo. El y su mujer habitan solos en una mísera cabaña , sin otra esperanza que la de trabajar de sol a sol, hasta que les llegara su última hora.
Un día, que como de costumbre se hallaba en el bosque y estaba derribando un árbol de bambú con su hacha , vio una luz blanca y diáfana desprenderse del tronco. Asombrado se quedó ante tal fenómeno , y más aún cuando la parte superior del árbol cayo al suelo y en la cavidad del tronco apareció, en medio de una luz intensa, una niña bellísima, que le tendió los brazos.
-Será mi hija- dijo el hombre, estrechándola contra su corazón. El cielo me la envía.
Y con aquella dulce carga regresó a su casa. La alegría de la mujer fue indescriptible, de tan grande, y los dos ancianos, cuyas vidas tenían finalmente un objeto y podían dar salida a la ternura y el amor que encerraban sus corazones, adoptaron a la milagrosa niña.
Desde aquel día el anciano, cada vez que derribaba un árbol, hallaba dentro del tronco piedras preciosas y oro en abundancia. Tanto que en tres meses se hizo riquísimo. Adquirió un magnifico coche y unos caballos estupendos e inició una nueva vida de comodidades y lujos.
Entre tanto, la misteriosa niña crecía y ada día era más hermosa. Su rostro emanaba una claridad que inundaba la casa de una suave luz , tanto que aún en el corazón de la noche , allá donde la niña aparecía , hubiérase dicho que reinaba el día. Por esta extraordinaria virtud fue llamada rayo de Luna.
La fama de la belleza de la muchacha habíase esparcido por todo el Japón; y llegaban de todas partes caballeros, gentilhombres, príncipes, pretendientes a su mano. Pero rayo de Luna no quería siquiera verlos y declaraba a sus padres adoptivos que se sentía tan feliz a su lado que por todo el oro del mundo no les dejaría para seguir a un hombre. Mas, entre tanto, poco a poco, Rayo de Luna se hacía cada vez más diáfana estaba cada vez más triste, y una noche el padre la encontró junto a la ventana mirando fijamente la luna que resplandecía en el cielo, y llorando.
-¿Qué te pasa, hijita mía?- díjole el anciano con ansiedad. ¿No eres feliz aquí con nosotros ? ¿Deseas algo?
-No, padre mío; soy muy feliz y lloro precisamente porque debo decir adiós a tanta felicidad. Habéis de saber que yo soy hija de la luna y un tiempo habité allá arriba, en el plateado planeta que ilumina vuestras noches. Pero cometí un grave pecado, y entonces me condenaron a vivir durante veinte años en la tierra. He aquí por qué me encontrasteis en la cavidad de un tronco. Ahora los veinte años han pasado y desgraciadamente mañana por la noche vendrán a recogerme.
Al oír tales palabras , al anciano leñador se le oprimió el corazón. ¿Cómo podría vivir ahora sin rayo de luna? Comunicó la triste noticia a su mujer, y ambos lloraron amargas lágrimas durante toda la noche y el día siguiente.
Llegó la noche fatal. La luna llena se alzó en el cielo, iluminando el mundo adormecido bajo su diáfana luz. Un solemne silencio reinaba en la naturaleza. De pronto, una nube se desprendió del disco de plata y aproximose rápidamente a la tierra, agrandándose a sus vistas. En poco tiempo el cielo se oscureció completamente, y la inmensa nube fue a posarse sobre la casa donde habitaba rayo de Luna. En medio de la nube había una carroza de plata tirada por espléndidos caballos alados; en la carroza se sentaban numerosos caballeros suntuosamente vestidos. Uno de ellos se apeó del carruaje y quedando suspendido en el aire, gritó con estentórea voz:
-Hija de la luna, ha llegado el momento de subir de nuevo a tu reino .
Al conjuro de estas palabras, las puertas de la casa se abrieron solas, y apareció Rayo de Luna en todo el esplendor de su belleza. Abrazó a su padre, y a su madre, que la seguían sollozando ; luego subió rápidamente a la carroza. Esta se puso en marcha, dejando tras de sí una estela luminosa, y subió rauda hacia el cielo, donde pronto desapareció.

El Cuento de la Princesa Kaguya: La Luz que Vino del Cielo
Hace muchos siglos, en los tiempos en que los dioses aún susurraban entre las hojas de los bosques, vivía un anciano cortador de bambú llamado Sanuki no Miyatsuko. Su existencia era un ciclo eterno de esfuerzo y silencio; él y su esposa habitaban una humilde cabaña, consumidos por una tristeza que el tiempo no lograba borrar: la falta de un hijo que heredara su amor y diera sentido a sus últimos años.
I. El Milagro en el Bosque de Bambú
Una mañana de bruma espesa, mientras el anciano se internaba en el corazón del bosque, un fenómeno extraordinario detuvo su hacha. Uno de los tallos de bambú emitía una luz blanca, pura y diáfana, que parecía brotar de su propia esencia. Con manos temblorosas, el leñador derribó el árbol.
En el interior de la cavidad, envuelta en un aura incandescente, descansaba una niña diminuta y bellísima, de apenas unos centímetros, que le tendió los brazos con una confianza celestial.
—»Serás mi hija» —susurró el hombre, protegiéndola entre sus manos como si fuera el tesoro más frágil del mundo—. «El cielo ha escuchado mi llanto».
Al regresar a casa, la alegría de su esposa fue tal que sus arrugas parecieron borrarse. Adoptaron a la niña con una ternura infinita, bautizándola con el tiempo como Kaguya-hime, que significa «Princesa de la Luz Resplandeciente» o, como algunos la llamaban, Rayo de Luna.
II. La Abundancia y el Resplandor
La presencia de la niña trajo consigo una bendición mágica. Desde aquel día, cada vez que el anciano cortaba un bambú, encontraba en su interior pepitas de oro y piedras preciosas. En apenas tres meses, la miseria fue sustituida por la opulencia: adquirieron carruajes magníficos, sedas orientales y una mansión que rivalizaba con los palacios imperiales.
Sin embargo, lo más extraordinario era la propia Kaguya. A medida que crecía, su belleza se tornaba inhumana. Su rostro emanaba una claridad tan suave y potente que incluso en las noches sin luna, la casa permanecía iluminada como si el mediodía reinara en sus estancias. Su fama cruzó montañas y mares; príncipes y guerreros llegaban de todos los rincones del Japón para pedir su mano, pero ella los rechazaba a todos. Su único deseo era permanecer al lado de los ancianos que le habían dado un hogar.
III. La Tristeza del Astro Plateado
Con el paso de los años, una melancolía inexplicable comenzó a consumir a la joven. Kaguya pasaba las noches junto a la ventana, con los ojos anegados en lágrimas, mirando fijamente al disco lunar. El anciano, con el corazón encogido por la ansiedad, le preguntó finalmente: —»¿Qué te aflige, hija mía? ¿Acaso nos falta algo para hacerte feliz?»
Con voz quebrada, la princesa reveló su secreto: —»Padre mío, mi alma se desgarra porque debo decir adiós. Yo no pertenezco a este mundo. Soy una hija de la Luna, habitante del Reino Celestial. Hace veinte años cometí una falta contra las leyes de mi pueblo y fui condenada a vivir en la Tierra para aprender sobre la mortalidad y el amor. Ese tiempo ha expirado. Mañana, cuando la luna sea plena, vendrán a buscarme».
IV. El Regreso a la Capital Celestial
El leñador, desesperado, intentó oponerse al destino. Pidió ayuda al mismísimo Emperador, quien envió a miles de guerreros para rodear la casa y proteger a la princesa. Pero contra los poderes del cielo, las flechas humanas son como paja al viento.
Llegó la noche fatal. La luna llena se alzó, inmensa y plateada, bañando al mundo en un silencio solemne. De pronto, el cielo se abrió y una nube luminosa descendió sobre la residencia. En medio de ella aparecieron caballos alados tirando de una carroza de plata, escoltada por seres celestiales con vestiduras que no parecían tejidas por manos mortales. Una voz estentórea y musical resonó en el aire:
—»Princesa Kaguya, el tiempo de tu exilio ha terminado. Es hora de regresar al Reino de la Pureza».
El Adiós Eterno
Las puertas se abrieron por una fuerza invisible. Kaguya apareció con un resplandor que cegó a los guardias. Antes de partir, abrazó a sus padres adoptivos, quienes sollozaban desconsolados en el suelo. Les entregó una carta de despedida y el Elixir de la Inmortalidad, pero el anciano, al ver partir la carroza hacia el firmamento, sintió que de nada le servía vivir para siempre si su luz se había apagado.
La carroza ascendió rauda, dejando tras de sí una estela de polvo de estrellas que iluminó el cielo nocturno hasta que desapareció en el centro del astro plateado. Dicen que el anciano leñador quemó el elixir en la cima de la montaña más alta para que el humo llegara hasta su hija. Esa montaña es hoy el Monte Fuji, y su nombre deriva de la palabra «inmortalidad» (fushi).
Significado de la Leyenda
Esta historia es una metáfora sobre la impermanencia (Mono no aware), un concepto clave en la cultura japonesa. Nos enseña que las cosas más bellas y puras son a menudo transitorias, y que el amor, aunque sea breve, es capaz de transformar una vida de miseria en una de riqueza espiritual eterna.
