La enigmática colección del Padre Crespi: «Un Museo de Vestigios Atlantes»

la enigmatica coleccion del padre crespi un museo de vestigios atlantes

la enigmatica coleccion del padre crespi un museo de vestigios atlantes

Hace más de diez años, mientras escribía un artículo, me reencontré con una antigua leyenda. Fue así como el misterio de Tayos, que Erich von Däniken hizo famoso en su obra “El oro de los Dioses” en 1972, uno de sus éxitos de ventas iniciales, irrumpió nuevamente en mi vida. Ese libro, que lo lanzó a la fama mundial, desató una acalorada polémica que persiste hasta hoy. La publicación de fascinantes imágenes en color, donde von Däniken exhibía exquisitas piezas de un museo salesiano en Ecuador, de procedencia histórica indeterminada, captó la atención internacional.

La denominada Colección Crespi dejó sin aliento al mundo, comenzando su legado como uno de los tesoros más impresionantes de Sudamérica.

Les extiendo la invitación a sumergirse en los detalles de una de las narrativas más cautivadoras en el ámbito de los enigmas

Carlos Crespi Croci, y un museo de película

Carlos Crespi Croci, y un museo de película.

Invito al lector a conocer pormenores, de una de las historias más llamativas en cuanto a misterios.

El Salesiano Rebelde

Durante mis días en el Colegio San Ambrosio, una siesta me llevó a una visión: enfrentado por el maligno que intentaba capturarme y por el Salvador que me señalaba un sendero distinto con su cruz. Me contemplé ataviado de clérigo y con barba, ascendiendo a un antiguo púlpito rodeado de una muchedumbre deseosa de escuchar mis palabras. Curiosamente, el púlpito estaba en una choza, no en una iglesia. Al despertar, algunos compañeros que aún no dormían escucharon mi sermón y al día siguiente me relataron el suceso. – Padre Carlos Crespi.

Temprana fotografía de Carlos Crespi, retratado en 1926

Temprana imagen de Carlos Crespi, retratado en 1926.

Carlos Crespi Crocce vio la luz un 29 de mayo de 1891 en Legnano, Milán (Italia). Proveniente de una extensa familia, a sus 15 años solicitó unirse como novicio al Colegio Salesiano de Turín. En su periodo formativo, se instruyó en filosofía, ciencias naturales, matemáticas y música.

El Instituto Cornelio Merchán Tapia, que desde 1936 hasta 1962, fue sede del Museo Crespi

El Instituto Cornelio Merchán Tapia, que desde 1936 incluso 1962, fue sede del Museo Crespi.

En 1923, llegó junto a un grupo de salesianos a Ecuador, lugar que se convertiría en su hogar permanente. Se asentó en Cuenca, en la provincia de Azuay (sureste), y estableció su centro de operaciones en la Iglesia María Auxiliadora. Su contribución a la zona fue colosal:

Erigió puentes, senderos, pequeñas escuelas para los niños de los colonos y posteriormente creó talleres de carpintería y mecánica.

Introdujo la electricidad a zonas remotas, y también exploró el mundo del cine, creando documentales. Una de sus primeras obras fue ‘Los invencibles Shuaras en el Alto Amazonas’, en 1927, exhibida en diversas ciudades de Ecuador y Europa, lo que le permitió recaudar fondos para proseguir con su labor altruista.

Este incansable clérigo tenía un interés casi oculto para muchos ecuatorianos: la Arqueología, pasión que le venía desde sus días universitarios en Milán, antes de unirse a los Salesianos. Se dice que Carlos Crespi empezó a organizar su renombrado Museo en 1931, aunque hay quienes mencionan 1935. Este último año podría ser el correcto, ya que coincide con la creación del Instituto Cornelio Merchán Tapia en Cuenca, donde Crespi dedicaría gran parte de su esfuerzo, sobre todo en la educación.

Instantánea de Crespi captado, contemplando con ojos pensativos, su inclasificable colección

Instantánea de Crespi captado, contemplando con ojos pensativos, su inclasificable colección.

Una hallazgo fortuito durante las excavaciones para construir el grandioso Instituto Merchán Tapia, encendió su deseo de tener una colección de artefactos arqueológicos, inspirándose en el Museo Egipcio de Turín, uno de los más destacados de Italia.

Así, Crespi comenzó una recolección ambiciosa, con la comunidad indígena como principal colaboradora. No serían los únicos; contribuciones también llegarían de agricultores locales, coleccionistas, artesanos y buscadores de tesoros, además de las adquisiciones personales de Crespi, tanto compras como descubrimientos en sus exploraciones. Crespi aprovechó su pasión arqueológica ante la apatía oficial, que mostraba poco interés en preservar el legado indígena. La colección fue cobrando vida y creciendo rápidamente. No obstante, pronto surgieron problemas debido a la falta de espacio y al limitado tiempo que Crespi podía dedicar, restringido por sus obligaciones sacerdotales que le impedían supervisar adecuadamente las piezas.

Enigmáticas piezas Crespi, captadas en los setenta

Enigmáticas piezas Crespi, captadas en los setenta.

Crespi emprendió una acumulación sistemática que carecía de clasificación y datación precisas. No se realizó un estudio detallado que proporcionara información exhaustiva sobre los objetos. A pesar de ello, el Museo comenzó a llamar la atención y se convirtió en tema de conversación local por los artefactos exhibidos, que no concordaban con las culturas tradicionales conocidas en Ecuador y el resto de Sudamérica. En esa época, Crespi empezó a desarrollar una teoría personal sobre una antigua globalización precolombina que habría tenido un intenso intercambio en el pasado americano, con el Medio Oriente, Asia y África como algunos de sus principales ejes.

Que un sacerdote compartiera estas ideas abiertamente fue considerado provocativo, especialmente por los historiadores locales, ya que una América interconectada contradecía la noción de un pasado aislado. Otros, como el Vaticano, también mostraron su descontento ante la osadía de Crespi. Las consecuencias de sus acciones no se hicieron esperar.

El extraño incendio del Museo Crespi. Atentando contra el lado incómodo de la Historia

El museo arqueológico resistió valientemente el siniestro. El espléndido salón de los metales, las estelas con inscripciones milenarias y cientos de piezas cerámicas, sumando un total de 5.000 objetos, se preservaron intactos en una sala de concreto reforzado. El museo de rocas también se mantuvo casi en su totalidad, aunque algunos monolitos de gran peso se fracturaron tras el fuego: el fragmento final se resguarda en un parque y ya está en proceso de restauración, gracias a la generosa contribución del señor Di Capúa. Se ha montado un museo provisional y las incontables piedras salvadas se exhibirán para el 10 de agosto.

Imágenes del incendio que en 1962 hiciera arder al hermoso edificio, Instituto Cornelio Marechán Tapia. ¿Fue obra de un atentado?

Imágenes del incendio que en 1962 hiciera arder al hermoso edificio, Instituto Cornelio Marechán Tapia. ¿Fue obra de un atentado?

En resumen: se rescató por completo el vasto museo de cerámica y oro, así como el museo de pinturas artísticas y esculturas, que permanecen intactos. El museo de cobre y cerámica selecta también se salvó, al igual que el 80% del museo de pinturas del pasillo, quedando solo por reparar algunos monolitos de gran masa. El museo orientalista se libró de las llamas, aunque el agua dañó muchas aves y otras fueron sustraídas tres días después del incendio en una minga. Las pinturas de menor valor se perdieron en el fuego, pero eran de poco valor ya que, tras 25 años de exposiciones en el Teatro, si alguna pintura destacaba, la retiraba de los pasillos y la almacenaba en un depósito especial que quedó intacto.

Sin embargo, ¿fue solo la hostilidad anticlerical la que provocó el devastador incendio, supuestamente obra de activistas comunistas según algunos, o debemos atribuir la tentativa de destrucción a algo más oculto? ¿Se había convertido el Museo en un desafío para ciertos intereses históricos arraigados? Antes de estos eventos, ya se habían intensificado los hurtos esporádicos. Podríamos considerarlos actos de coleccionistas privados, deseosos de adquirir este material controvertido.

Crespi sosteniendo famosa plancha de estilo hindú, grabada con 52 símbolos. Sin dudas, uno de los objetos más icónicos del desaparecido Museo

Crespi sosteniendo famosa plancha de estilo hindú, grabada con 52 símbolos. Sin dudas, uno de los objetos más icónicos del desaparecido Museo.

Otros reportes investigados por esta autora indican la posibilidad de una conspiración interna de los salesianos, aunque parezca contradictorio. Descartando esta teoría, surgen las preguntas: ¿quiénes y por qué? Preguntas sin duda incómodas. Lo que es seguro es que después de estos hechos, Carlos Crespi tomó medidas para proteger su tesoro inestimable, depositando los objetos más valiosos (aquellos hechos de metales preciosos, como el oro) en cajas fuertes bancarias. También surgieron réplicas que confundieron a los expertos, llevándolos a calificar esas piezas como “meras baratijas”, sin saber lo errados que estaban.

Vestigios Atlantes en los Andes

Quedé maravillado ante la vasta colección de reliquias. Se destacaban varias series de lo que parecían ser resplandecientes armaduras incaicas de ceremonia, acompañadas de cascos dorados de diseño caldeo y placas de oro grabadas con un alfabeto lineal, que el profesor Barry Fell identificó más adelante como protofenicio.

 

El conde italiano Pino Turolla, quién legó un informe muy negativo sobre el Museo Crespi, durante su visita en la década del 60'

En el suelo, se acumulaban de manera desordenada escudos rojos de cobre, numerosas piezas de cerámica, láminas y rollos de metal plateado, algunos recubiertos de oro, mecanismos insólitos y ruedas, tubos de latón singulares sin roscas. Entre el oro, se dispersaban placas con imágenes de dinosaurios. “Parece el tesoro de Midas abandonado en la selva”, pensé.

La fascinación por lo que vi motivó a Wingate a extender su visita en Ecuador, regresando al museo en tres ocasiones adicionales. Además del ataque sufrido por la colección en 1962, Wingate se hizo eco de otro incendio en 1974, sin mencionar los robos esporádicos.

Aunque Crespi restó importancia a los daños en su colección debido a estos incidentes, confesó a Wingate que algunos tesoros sí se vieron afectados, lo que disminuyó su valor y causó un deterioro notable. También mencionó que, para proteger el patrimonio, las piezas más valiosas se habían trasladado a la caja fuerte de un banco. Esto resultó en la creación de duplicados de los originales, lo que más tarde generaría confusión.

Sobre los orígenes del tesoro, Wingate recopiló lo siguiente:

La recordada visita del estudioso norteamericano al Museo Crespi en los setenta, Richard Wingate uno de los grandes atlantólogos de su época

La recordada visita del estudioso norteamericano al Museo Crespi en los setenta, Richard Wingate uno de los grandes atlantólogos de su era.

Padre Crespi y sus colaboradores indígenas describían los lugares de origen de los artefactos como enormes pirámides, templos y vastas ciudades abandonadas. Hablaban también de impresionantes túneles sagrados y cavernas. Según ellos, las ciudades aún resplandecían con una luz azulada. Los túneles eran tan amplios que podrían albergar una locomotora, y las entradas y paredes eran tan lisas como el cristal, según relatos nativos. Crespi también incluía a los Tayos en estas descripciones.

En sus conclusiones, Wingate sugirió que muchos de los tesoros podrían estar relacionados con el legado de la Atlántida, incluso mostrando vestigios de tecnología avanzada. Estas afirmaciones se basaban en escritos teosóficos y en las profecías de Edgar Cayce.

Enormes tiras de aluminio que Richard Wingate localizara dentro del Museo ¿Evidencias Atlantes?

Colosales tiras de aluminio que Richard Wingate localizara en el interior del Museo ¿Pruebas Atlantes?

Uno de los hallazgos más sorprendentes en su libro era la descripción de largas tiras de metal, denominadas “serpientes de aluminio”, inéditas en otros registros de la colección y recuperadas de la selva con ayuda indígena. Wingate vinculaba este material con un antiguo texto de Annie Besant y C.W. Leadbeater, “El Hombre. De dónde y cómo vino ¿A dónde va?” de 1913.

Narra Wingate:

En aquellos tiempos remotos, los pobladores del Perú no dominaban el arte de dorar como lo conocemos, pero poseían una destreza excepcional en la forja de láminas metálicas anchas y finas. No era inusual encontrar templos cuyas paredes estaban enteramente cubiertas con láminas de oro y plata, de seis milímetros de grosor, que se adaptaban a los complejos relieves de la piedra con la facilidad del papel, convirtiendo estos lugares sagrados en auténticos almacenes de riquezas incalculables desde nuestra perspectiva actual.

 

Estas imágenes de un continente perdido, relacionado con el tesoro de Crespi, también resonaron en János Móricz, quien enlazó sus hallazgos en la Cueva de los Tayos con la hipótesis de la Atlántida, tal como lo expuso en una entrevista antigua de 1978, diciendo:

Tras numerosas observaciones y persistentes estudios del sistema de túneles, he concluido que hay un mundo subterráneo en el corazón de la cordillera de los Andes. Este sistema cuenta con múltiples entradas; algunas bloqueadas, otras accesibles, ofreciendo numerosos caminos hacia su interior. En algún lugar, bajo tierra, yacen artefactos y reliquias de un pasado lejano. Hablo de una era mucho más antigua que la de los gigantes, miles de años atrás. Hay carros de combate en ciertos puntos, vestigios de culturas ancestrales y objetos que evocan vívidamente lo que sabemos sobre la Atlántida.

Durante mi profunda investigación de casi diez años, descubrí pistas intrigantes sobre el origen de ciertos objetos del polémico Museo Crespi, encontrándome con sorpresas inesperadas.

 

Carlos Crespi, apóstol de los pobres. El santo de Cuenca

Carlos Crespi, apóstol de los pobres. El santo de Cuenca.

La Sombra de Lemuria

En 2009, descubrí el portal Ancient Treasures Hunter, creado por el investigador estadounidense Steve Shaffer, y allí me topé con artefactos inéditos de la colección Crespi. Las fotografías revelaban objetos con grabados que evocaban culturas oceánicas, y venían acompañadas de esta descripción:

 

Inquietantes grabados que fueran retratados por el célebre ufólogo, Wendelle Stevens. ¿Restos de Lemuria?

«Las imágenes presentadas son parte de una extensa colección de Cuenca, Ecuador, recopilada por indígenas locales y entregada al Padre Crespi. El sacerdote poseía una habitación repleta de objetos dorados de variadas formas y tipos, incluyendo estatuas, discos solares, vasijas, ollas, platos y figuras recubiertas de oro. Muchos artefactos provenían de cuevas y ruinas de un templo antiguo en la zona parroquial. En Paute, durante la construcción de una carretera, se descubrió por accidente un gran santuario en una cueva. Una excavadora abrió un hueco en la colina, revelando la entrada. Dos hombres entraron para explorar y no regresaron. El sacerdote fue alertado y sugirió ventilar la cueva durante un día. Al día siguiente, él y algunos trabajadores entraron en busca de los desaparecidos.

Para su asombro, dentro de la cueva hallaron un santuario que albergaba tesoros de una civilización olvidada. Descubrieron Tikis gigantes tallados en guayacán, grandes vasijas de barro y botellas de arcilla. Bajo capas de guano de murciélago, encontraron tabletas de oro macizo, con grabados en alto relieve. Estas placas, pulidas a un lado con palos de guayacán, tenían un acabado casi joyero. El reverso mostraba oro sin refinar. Las placas, algunas incrustadas con rubíes, zafiros y esmeraldas, pesaban entre treinta y cincuenta libras. Las escenas grabadas sugerían una civilización pacífica y desconocida, con estilos de vida y vestimenta distintos a cualquier sociedad conocida.»

El hallazgo ocurrió en el cantón de Paute, a unos cuarenta kilómetros de Cuenca, un lugar de asentamientos significativos de la etnia Cañaris. Sin embargo, los artefactos parecen no relacionarse con las culturas locales, dejando su origen en misterio. ¿Un tesoro enterrado, pero por quién? En busca de más información, contacté a Shaffer, quien me informó que las fotografías provenían del coronel Wendelle Stevens, visitante del museo en los años 70.

Al oír el nombre de Stevens, recordé al contactado suizo Billy Meier, a quien Stevens, un oficial de la USAF y posterior ufólogo, había apoyado. Stevens, apasionado por los OVNIs, viajó por el mundo investigando el fenómeno. Aunque sus exploraciones en la selva ecuatoriana tuvieron poca cobertura mediática, algunos detalles ya eran conocidos.

En el año 2013, se lanzó la obra póstuma “El Tesoro de Hitler en el Mundo Antiguo”, en la que Stevens relata sus investigaciones en la región de los Shuar. Revela que su curiosidad comenzó con la leyenda del tesoro de Atahualpa, lo que me hace recordar a János Móricz, quien pasó tres años, de 1972 a 1975, intentando rastrear el esquivo botín inca. Durante ese tiempo, Stevens se vinculó con el Museo Crespi y eventualmente se convirtió en uno de los escasos investigadores que presenció la colección perdida. No obstante, su libro se inclina hacia la teoría nazi, sugiriendo una conexión con ciertas actividades del museo, basándose en su examen de la galería de arte que Crespi también albergaba, la cual él sospechaba contenía obras originales sustraídas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y luego llevadas a Ecuador.

Esta suposición se encontraba en desacuerdo con la opinión de especialistas, quienes afirmaron que dichas obras eran réplicas hechas por artistas de Quito. Wendelle también insinuó audazmente que Crespi podría haber sido un Hitler disfrazado, una idea que no merece mayor atención.

Apartando estas excentricidades, lo que sí es evidente es que la colección documentada por Stevens presentaba piezas auténticas, distantes de los objetos sin valor despreciados por los críticos. Algunas de las fotografías mostraban auténticos fragmentos históricos, organizados en trípticos que más tarde se desmontaron, transformándose en placas individuales. Personalmente, estas reliquias me sugieren una conexión con la mítica Lemuria, otro continente aún no reconocido en la historia, que podría formar parte de este descubrimiento en Sudamérica. Sin embargo, esto es solo una hipótesis preliminar.

Carlos Crespi en plena obra sacerdotal, su enigma continúa

Carlos Crespi en plena obra sacerdotal, su enigma continúa.

Réquiem para la Colección Crespi

En 1972, la publicación de “El Oro de los Dioses” por Erich von Däniken sacudió al mundo, atrayendo aún más la mirada hacia el Museo Crespi y sus enigmáticos tesoros. La sucesión de visitantes notables no cesó, y el asombro ante la colección persistió. Sin embargo, tras el deceso de Carlos Crespi en 1982, su herencia cayó en el olvido, dando inicio a un tortuoso interrogante sobre el destino final de las reliquias, cuyas huellas se desvanecían. A pesar de los presagios, desentrañar la ubicación de aquellos objetos, capturados en innumerables fotografías, se tornó en una misión casi detectivesca. Informes iniciales revelaron una significativa transacción por parte de los Salesianos al Banco Central del Ecuador, que adquirió una porción de la colección por una suma considerable.

Sorprendentemente, esta transacción ocurrió en 1980, dos años antes del fallecimiento de Crespi. Rumores circulaban sobre la resignación del sacerdote ante su destino, agobiado por una enfermedad mental que mermaba su claridad. El caos reinante en la colección llevó a medidas extremas, incluyendo el descarte de objetos considerados irrelevantes, que acabaron como desechos. Algunas piezas fueron incluso fundidas.

La trama se espesó con la entrada de coleccionistas privados, deseosos de poseer el botín. A pesar de que algunos expertos argumentaban que se trataba de sofisticadas falsificaciones de artesanos locales, en 1968, el arqueólogo ecuatoriano Pedro Porras Garcés examinó la colección para verificar su autenticidad.

Porras Garcés declaró:

“Las estelas y tabletas inscritas no parecen ser meras falsificaciones. Es importante destacar la proporción de objetos genuinos, que, una vez distinguidos de las imitaciones, resultan extremadamente interesantes por su rareza y calidad.”

Este esfuerzo por validar la autenticidad del museo tuvo un precedente en 1965, cuando se envió una carta a la OEA (Organización de los Estados Americanos), solicitando expertos para evaluar la colección. La misiva, redactada por el historiador ecuatoriano Tomás Vega Toral, expresaba:

Una vieja imagen del Museo Crespi, cuando aún funcionaba

Una vieja imagen del Museo Crespi, cuando incluso funcionaba.

“Estos descubrimientos están prácticamente ocultos y pasan inadvertidos, como se evidencia al visitar el museo. Si el veredicto de los expertos es favorable, podríamos considerar proporcionar apoyo financiero para construir, si no un edificio completo, al menos un amplio salón en la misma Casa Salesiana, donde se pueda organizar, según criterios técnicos de clasificación, los miles de valiosos objetos arqueológicos.”

A pesar del interés legítimo en la colección por parte de las autoridades y aquellos comprometidos con su preservación, la muerte de Crespi sepultó cualquier esfuerzo por continuar las investigaciones sobre los artefactos. En las últimas décadas, los investigadores que intentaron localizar la colección perdida se encontraron con un muro de silencio.

Ni los Salesianos ni las autoridades del Banco Central mostraron disposición para resolver las incógnitas surgidas tras la muerte de Crespi y la dispersión de su valioso tesoro. Solo en años recientes han surgido algunas revelaciones.

Anuncio realizado por las autoridades del Ecuador, con planes para el restablecimiento, de la desaparecida Colección Crespi. Fecha estimada 2020

Anuncio realizado por las autoridades del Ecuador, con planes para el restablecimiento, de la desaparecida Colección Crespi.

En mi indagación personal, descubrí que un conjunto de objetos de la colección Crespi fue enviado desde Ecuador para ser expuesto en Europa a principios del 2000, con la autorización del Banco Central, que según un testigo clave, mostró poco interés en conservar dichos ítems. Otro relato inquietante reveló que los salesianos usaron algunas piezas Crespi para reparaciones. A pesar de estas narrativas, hay esperanza en un proyecto actual que busca restaurar el esplendor de la colección restante, apuntando al año 2020 como momento decisivo. El autor de estas líneas aguarda con expectativa ese acontecimiento.

Conclusión Carlos Crespi Croci: ¿Héroe o Villano? Carlos Crespi Croci, venerado por su labor y por fundar el famoso museo, está siendo reevaluado en Ecuador, especialmente por ciertos grupos indígenas. Se le acusa de apropiarse indebidamente de artefactos de la etnia shuar para una exposición en Turín, Italia, que nunca fueron devueltos. Esta controversia se remonta a 1923, cuando Crespi comenzó su misión evangelizadora en la selva, recopilando material para una Exposición Misionera Internacional organizada por el Vaticano en 1924 en Turín. Se cree que Crespi llevó consigo artefactos arqueológicos de los shuar, que nunca regresaron a sus propietarios originales.

En Turín, sede clave de la congregación salesiana, surgen más informes. Michael Palomino, investigador independiente, en 2012 compartió que un sacerdote salesiano le confesó que su orden había trasladado las piezas más valiosas del Museo Crespi a Turín, dejando al Banco Central del Ecuador con artefactos de menor valor.

Fotografía que retrata la Exposición Misionera Internacional, llevada a cabo entre 1924-26. Turín, Italia. Aquí la sala indígena, en primer plano, el fundador de la orden salesiana, Don Bosco

Imagen que retrata la Exposición Misionera Internacional, llevada a cabo entre 1924-26. Turín, Italia. Aquí la sala indígena, en primer plano, el fundador de la orden salesiana, Don Bosco.

Palomino también denunció al entonces alcalde de Cuenca y al Ministerio de Cultura del Ecuador de complicidad en estas operaciones dudosas. Esto plantea la pregunta: ¿Fue la verdadera misión de Carlos Crespi en Ecuador, bajo el auspicio del Vaticano, buscar evidencia de una historia prehistórica americana aún por descubrir?

Autor MundoOculto.es