No hay progreso sin duda

Nos han enseñado a aceptar la ciencia como una verdad absoluta, como un dogma incuestionable que solo unos pocos tienen el derecho de interpretar. Nos repiten una y otra vez: «Confía en la ciencia», pero ¿desde cuándo la verdadera ciencia exige fe ciega? La esencia del método científico es la duda, la prueba, la refutación, la constante búsqueda de respuestas. Sin cuestionamiento, lo que llamamos ciencia no es más que un discurso impuesto.

Si observas la historia, verás que muchos de los avances más importantes surgieron porque alguien desafió el paradigma aceptado. La ciencia avanza no porque la sigamos sin preguntar, sino porque quienes se atreven a desafiarla descubren nuevas verdades. Pero hoy, si dudas de lo establecido, si exiges evidencia más allá de lo que los medios y las instituciones presentan, te llaman negacionista, conspiranoico, enemigo del progreso.

¿Y si el verdadero enemigo del progreso fuera precisamente ese pensamiento rígido que nos exige obediencia sin análisis? ¿Cuántas veces nos han presentado un «consenso científico» que con el tiempo se derrumba, revelando que lo que creíamos cierto era solo una narrativa conveniente? Aceptar la ciencia sin cuestionarla no es ciencia, es programación.

La pregunta no es si confiamos en la ciencia, sino si confiamos en quién la controla, en quién decide qué es verdad y qué no. Y si no se puede cuestionar, entonces no es ciencia… es ideología disfrazada de conocimiento.