Nos ridiculizaban. Nos llamaban locos, paranoicos, fantasiosos.
Nos usaban como chistes en los medios; nos desacreditaban con «expertos» a sueldo.

Pero ahora… ya no se ríen.

Ahora nos censuran, nos persiguen y nos demonizan con más fuerza que nunca.
Cierran canales, eliminan cuentas, crean leyes para castigar la “desinformación”.

¿Por qué tanto esfuerzo en silenciar a quienes, supuestamente, solo dicen tonterías?