Reemplazable en el trabajo. Pero nunca, nunca en casa.
Soy reemplazable. Lo sé.
En la oficina, soy solo otro nombre en un Excel. Si mañana me enfermo, si caigo, si me rompo… alguien ocupará mi silla antes de que borren mi tarjeta del sistema.
Pero en casa…
En casa no hay reemplazos.
No hay otro que sepa leer el silencio de mis hijos.
No hay suplente para mis abrazos.
No hay copia de seguridad para las risas en la cena, ni un robot que sepa cómo consolar a quien amo cuando el mundo pesa.
¿Y sabes qué me aterra?
Que el sistema lo sabe.
Que nos quieren tan ocupados “rindiendo”, “produciendo”, “no fallando” que olvidamos que nuestra verdadera vida empieza cuando salimos del trabajo.
Nos alimentan mal, nos enferman con estrés, nos distraen con pantallas y luego nos culpan cuando el cuerpo colapsa.
Nos venden la idea de que somos importantes para la empresa…
Pero en el fondo, todos lo sabemos:
Un trabajador enfermo es un costo. Un padre enfermo es una tragedia.
Por eso abro los ojos.
Porque nadie va a cuidar de mí si yo no lo hago.
Porque no quiero que mis hijos recuerden un fantasma en el sofá, o peor… una ausencia en la mesa.
Reemplazable en el trabajo.
Pero nunca, nunca en casa.

