Relato: Olvido
Tres astronautas regresan de una misión espacial rutinaria. Durante el reingreso a la atmósfera, atraviesan una extraña nube de gas interestelar que no había sido detectada por los instrumentos.
Fin de la misión
Después del aterrizaje, la cápsula Daedalus fue recibida con vítores. Los tres tripulantes —el comandante Luis Mendoza, el ingeniero de vuelo Iván Reyes y la astrobióloga Sofía Contreras— habían completado con éxito su misión de cartografiar una región inexplorada del cinturón de Kuiper.
Durante la reentrada, los sensores apenas captaron una anomalía: una nube de gas interestelar, con trazas de isótopos que no coincidían con nada en los registros. Duró unos segundos. No hubo alarma. Solo una nota de pie de página en el informe de vuelo.
Tres días después del regreso, Iván desapareció.
Luis se enteró una mañana, cuando fue a llamarlo para una entrevista programada con la NASA. El número no existía. Pensó que era un error técnico. Después intentó escribirle por mensajería interna, pero su nombre no aparecía en el sistema. Ni su correo. Ni su habitación en el alojamiento del centro espacial. Ni siquiera una mención en los documentos de misión.
—¿Quién es Iván? —preguntó Sofía, con el ceño fruncido.
—Nuestro compañero —respondió Luis, intentando mantener la calma—. El ingeniero. Estaba con nosotros.
Sofía lo miró como si le hablara en otro idioma. Luego se rió, nerviosa. Pensó que era una broma de mal gusto.
—Luis… Solo fuimos tú y yo. ¿Te sientes bien?
Luis se sintió mareado. Fue al archivo central. Buscó informes de vuelo. Fotos. Grabaciones. En ninguna aparecía Iván. Donde recordaba haberlo visto —de pie junto al módulo, en la ceremonia de bienvenida, en la cápsula— ahora solo estaban él y Sofía. Los recuerdos empezaban a quebrarse en su propia mente. Dudaba de sí mismo. Pero una cosa era cierta: lo había conocido. Lo había tocado. Habían compartido el encierro del espacio.
Y ahora nadie sabía que Iván Reyes había existido.
Pasaron los días. Luis se volvió un hombre paranoico, exhausto, obsesionado con encontrar pruebas de Iván. Hasta que una madrugada, sonó su comunicador personal. Era un mensaje de voz.
—Luis… soy Sofía. Necesito hablar contigo. En persona.
Se encontraron en una cafetería vacía cerca del centro espacial. Ella llevaba ojeras profundas, y temblaba. En las manos, sostenía un cuaderno.
—Recordé algo —dijo, sin rodeos—. Al principio era solo un sueño, pero después… Empecé a recordar su cara. A Iván.
—¿Entonces tú también lo recuerdas?
—Sí. Pero me está costando mantenerlo en la mente. Como si alguien lo borrara cada vez que cierro los ojos.
Luis abrió su libreta. Ella abrió la suya. Dibujos, frases sueltas, cronologías. Unían recuerdos como si fueran fragmentos de un rompecabezas. Descubrieron algo crucial: justo antes de atravesar la nube, Iván dijo algo en voz baja, que ninguno de los dos había registrado en ese momento.
“¿No sienten que esto no debería estar aquí?”
Comenzaron a revisar todos los datos disponibles: telemetría de la cápsula, registros de radiación, campos magnéticos, anomalías gravitacionales. Muchos archivos estaban vacíos. Otros, modificados. Incluso algunos se reproducían con errores imposibles, como voces distorsionadas diciendo frases que nunca grabaron.
—La nube nos hizo algo —dijo Sofía—. No físicamente, sino a nivel existencial. Como si nos hubieran recodificado.
Luis la miró.
—¿Recodificado?
—Nos están borrando, Luis. De los recuerdos. De la realidad. Primero Iván. Luego…
Ella no terminó la frase.
Pero no duró mucho. Cuatro días después de esa noche, Sofía también desapareció.
Luis la buscó. Llamó a su familia. La madre juró no tener hijos. Su despacho en el centro de investigación estaba vacío. Ya no había rastros. En los informes de misión, ahora figuraba como único tripulante.
Luis comenzó a grabarse. Guardaba notas escritas a mano, enterraba memorias USB en lugares secretos. Hablaba en voz alta solo para dejar constancia de sí mismo.
—Soy el comandante Luis Mendoza. Volvimos tres. Éramos tres. Yo no estoy loco.
Una noche, se encerró en su habitación con los documentos, las grabaciones que había logrado mantener offline. En una de ellas, un video de la cápsula en la que estaban los tres astronautas durante el almuerzo espacial riendo y hablando: ahora únicamente le muestra a él.
Al día siguiente, al intentar reproducirlo de nuevo, el archivo aparecía corrupto. Solo estática.
Qué está ocurriendo
Luis ya no dormía. Comenzaba a olvidar cosas simples: fechas, rostros, palabras. Pero no olvidaba a Sofía ni a Iván. Cada noche, sentía que se deslizaba un poco más hacia el olvido. No el suyo, sino el de los demás sobre él.
Fue al despacho del director de operaciones y le exigió una reunión.
—No hubo ninguna misión tripulada reciente, Mendoza —dijo el director, con gesto cansado—. Solo tú estuviste en órbita.
—¡¿Cómo que solo yo?!
—No hay registros de más personal. ¿Está todo bien contigo?
Luis rompió el silencio con una frase que nadie entendió:
—La nube… Nos tocó a los tres. Y ahora nos está borrando.
Esa misma noche, escribió una carta a mano. La escondió en un compartimiento secreto del traje espacial con el que volvió a la Tierra. Era un intento desesperado de dejar una huella fuera del sistema, del alcance de esa niebla cósmica que no solo borraba cuerpos, sino memorias.
Luego encendió la cámara.
—Si estás viendo esto… si hay alguien que todavía pueda recordar, aunque sea un segundo… mi nombre es Luis Mendoza. No estoy loco. No estoy solo. Estuvimos allá arriba. Había tres. La nube nos tocó. No sé qué es. Pero hace algo con el tiempo. Con la conciencia. No nos mata. Nos borra.
Miró a la cámara. Parpadeó.
Y desapareció.
A la mañana siguiente, el traje espacial del comandante Mendoza estaba vacío en el laboratorio. Nadie lo notó. Nadie sabía que alguien lo había usado. Y en el compartimiento oculto nunca hubo nada.
El mundo siguió. Y nunca hubo una misión llamada Daedalus.
Pero muy lejos, entre los ecos del gas interestelar que flotaba aún en la atmósfera superior, una débil señal seguía repitiendo un mensaje en bucle:
“Éramos tres. No estamos locos.”

